Blog de Regina Salcedo Irurzun

viernes, 25 de abril de 2014

INVASORA





Me empeñaba en entrar

como viento del norte,

como ariete seguido por sus tropas,

como una anochecida.



Ahora que al fin descanso,

que te velo la espalda,

tú sales;

no haces más que salir

cargada de mazorcas,

de luz nueva.


sábado, 19 de abril de 2014

SUPERVIVIENTE




Olvidas cada día por qué la amas,

por qué vuelves a alzarte malherido,

el pecho desgarrado de un zarpazo

y esparcido en el barro

ese ramo de lirios y de calas

que dejaste crecer desde tus dedos.

Esta noche sin luna y sin estrellas

nace la duda oscura de si puede siquiera

llamarse amor a esto. Si no es más que un aullido,

la inercia del columpio que desciende,

la inagotable sed cosida a tus pupilas,

el rayo que penetra hasta la tierra.

A veces te preguntas, roto como un tejido,

si compensa su abrazo furtivo e imprevisto,

ver su cuerpo desnudo temblar ante tus ojos

con la belleza intacta del rocío,

la promesa fugaz de una sola palabra,

escoltada de agujas y aún no pronunciada.





jueves, 10 de abril de 2014

VACANCIAS, de Pablo Miravet





No nos engañemos; los poemas de Pablo Miravet requieren una lectura (e incluso una relectura) atenta y concentrada. Exigen un tipo de lector dispuesto a colaborar, a reflexionar, a detenerse, requerimientos que hoy en día, en una sociedad cada vez más adormecida y perezosa, no son precisamente los que triunfan.

Pero tras el esfuerzo –que deberíamos empezar a recuperar como algo positivo y enriquecedor– encontramos gratas recompensas como estas:

El envidiable manejo que Miravet hace del lenguaje, preciso y meditado al milímetro. Es difícil encontrar una palabra que no esté justificada y esa exactitud confiere a los poemas un gran poder expresivo y evocador.

Son además poemas que proponen ideas, enfoques novedosos donde hay una visión del mundo lúcida y muy personal y, sin embargo, no resultan sentenciosos, tienen la suficiente apertura como para dejar que el lector elabore sus propias interpretaciones. Esto le otorga al libro una virtud importante, es de esos textos que parecen inagotables.

Incluso el ritmo, que al principio puede resultar chocante y algo áspero, consigue que el autor no caiga en una música complaciente y repetitiva. Miravet se lo pone difícil a sí mismo y huye de los caminos transitados y cómodos. Busca el ritmo propio y natural para sus versos únicos y también en esto demuestra una honestidad y un compromiso con la escritura admirables.

Hay un cambio importante a partir del poema Hombre pequeño (uno de mis favoritos), de pronto, parece que escribe un autor diferente, más cercano e íntimo, de pronto aparece un yo bastante tímido y disimulado, menos intelectual aunque no por ello menos inquisitivo y brillante.

Hay imágenes muy potentes y originales que acaban conformando un mundo reconocible y particular: sobremesas, cafés, cigarros, playas, ciudades, tráfico, papeles, autores y libros…

Recorre el libro una constante sensación de derrota o desencanto del mundo, del ser humano pero que no llega a caer en la autocomplacencia porque también está salpicado de destellos de amor (o de deseo de amor y reconciliación) con las cosas, los seres cotidianos. También a veces son la ironía y la autocrítica las que evitan ese escollo.

Esa distancia intelectual no se siente como la voz de alguien que juzga y se eleva por encima de lo que observa sino como la de alguien sensible, sabio, de una altura moral demasiado (auto)exigente para una realidad cada vez más “vergonzosa”. Hay mucho dolor escondido en esos versos como para que se produzca el desapego que cabría esperar de un pedante que simplemente despotrica contra el mundo.

En conclusión y para no alargarme demasiado: un libro deslumbrante y difícil en el mejor sentido de la palabra. Una verdadero diamante en bruto en un mercado cada vez más vacío de contenidos, un poemario que nos redime también como lectores.


Vacancias, Pablo Miravet,
Madrid, Editorial Celesta (Colección Piel de sal), 2014





martes, 8 de abril de 2014

CÚPULA DE AIRE





Olvidamos lo cerca que respira el hocico del frío. Lo próximo que está
el aullido del hambre. Lo quebradiza que es esta capa de hielo sobre la que nos deslizamos encima de la muerte.

Olvidamos que somos unos recién llegados a este tiempo benigno, a esta pradera verde que se alza y sustenta en los exhaustos huesos de toda nuestra estirpe: sobre sus pies descalzos, sus muertes infantiles, sus azadas sin vuelo.

Sería suficiente con girar la cabeza. Todavía se funden con nuestra propia sombra. Pero no nos volvemos, cerramos los oídos. Olvidamos
para dar consistencia a la blanda creencia del por siempre, al cristal irrompible de esta cúpula de aire.

Y una vez mutilados, profanados, nos mentimos: juramos que no vimos las señales, juramos que creímos imposible que los dientes salvajes de estos lobos continuasen siendo los mismos de hace siglos.