LAS EXTRAORDINARIAS AVENTURAS DE ADÈLE BLANC-SEC 3
Norma Editorial, 2012
Yo dediqué un relato entero a la boca de Adèle Blanc-Sec.
Era un homenaje a su boca y por extensión a toda ella y sus folletinescas historias.
Historias llenas de toda clase de monstruos y villanos. Historias también repletas
de calles, avenidas, bares, parques, tejados, edificios, hogares, puentes y
cloacas de París. No hay París más parisino, misterioso y sugerente que el de
Tardi. Eso siempre me ha molado, es un placer recorrer esta ciudad con él y
disfrutar con cada uno de sus detalles (además te ahorras el frío y los
parisinos).
Estaría bien dedicar un día a describir en profundidad el hermoso y decimonónico París de Tardi acompañándolo con sus coloridos dibujos (lanzo la idea a ver si alguien menos vago que yo se anima, o, espera, si buscáis en google seguro que ya hay algo hecho al respecto). Es un topicazo como una gárgola de Notre Dame pero aun así diré que París es un personaje más en las historias de Blanc-Sec y, como todos ellos, es un personaje de trazo enérgico, con mil máscaras, luces, sombras y también ironía, humor negro o disparatado a veces, y mucha, mucha fantasía.
Bueno, venimos a parar… que me compré hace poco el último número de esta saga que desde 1976 ha ido publicándose con cuenta gotas. El último número, el octavo, creo que salió en 1999 o alrededores (no me hagáis mucho caso), es decir, que hacía un porrón de tiempo que no sabíamos nada nuevo de la gordi semi alcohólica y bastante borde de la Blan-Sec y por eso yo (y supongo resto de seguidores) le tenía muchas ganas.
Antes de seguir aclararé para los herejes que no conocéis estos cómics que las aventuras de Adèle son una especie de parodia de los folletines detectivescos y de aventuras, un Scooby doo de principios de siglo XX con más mala leche y más calado, donde su autor disfruta sacando y entrecruzando docenas de personajes y de sub tramas que al final, cómo no, confluyen igual que en un baile creando un círculo perfecto. Tardi siempre ha sabido orquestar todo este follón de elementos con la maestría de un gran director, siempre bordeando los límites de la confusión y la sobredosis de enrevesamiento. Siempre ha sabido jugar como ninguno con los excesos, aprovecharse de ellos sin sufrir sus zarpazos.
Hasta ahora. ¡Dios mío de mi vida y de mi corazón! ¡Qué bodrio de historia! ¡Qué despropósito! Si no fuera porque sus dibujos son tan excelentes como de costumbre podría cogerse el libro y con muuuucho cuidadico tirarlo a tomar por culo. Sí, así es. Me cuesta decir esto de uno de mis grandes autores franceses pero no me queda más remedio.
Uno inicia la lectura del cómic y siente como si tuviera que recoger llaves del suelo en una habitación llena de prometedoras puertas cerradas. “Vale –se dice- es normal en esta clase de historias empezar sembrando interrogantes, acumular cierto grado de caos e incertidumbre”. Entonces te dedicas con amor y fe ciega a etiquetar esas llaves con cuidado; pones nombres a los numerosos personajes que van apareciendo, vas hilando las distintas tramas, etc, etc. Pero ocurre que se suceden las páginas y tú continúas acumulando llaves y más llaves y todavía no has abierto una jodida puerta y llega un momento en que se te empiezan a escurrir las llaves de las manos y ya no te quedan ni pegatinas ni putas ganas de seguir intentando clasificarlas.
Puertas cerradas demasiado tiempo para luego dar paso a un cuarto de las escobas desordenado y oscuro. Un cúmulo de decepciones. En definitiva una ausencia total de historia, de objetivo, de todo!
Tardi parece haberse propuesto en este libro superar al
propio Tarantino y abusa de los flashbacks, del cruce de historias y personajes
de tal manera que uno se agota rápidamente.
Porque no hay tiempo para crear una continuidad, los saltos son
demasiado frecuentes, dos viñetas y hop, a otra cosa, mariposa. No hay tiempo
para que la historia haga progresos, coja cuerpo, se asiente (si por lo menos
la historia fuera buena…).
Para más Inri, Tardi decide sembrar los bocadillos de texto con un enjambre de asteriscos que te obligan a ir al final de la página para leer aclaraciones que son siempre la misma: *Véase Adèle y la bestia, *Véase Todos los monstruos, *Véase Adèle y su puta madre! ¡Por dios bendito, Tardi! ¿Qué esperas, que leamos este nuevo cómic con los otros ocho al lado y vayamos buscando a cada paso el personaje correspondiente? ¿O crees que somos tan, tan frikis que nos conocemos de memoria los tres mil personajes que has ido creando desde el 76? (que los habrá, eso seguro). Supongo que en su momento te parecería buena la idea de hacer un refrito de sabor nostálgico con todos los personajes secundarios de la saga pero, ojo, los refritos, las salsas sirven para acompañar a un primer plato, por sí solas no alimentan ni tienen fundamento.
En fin, una calamidad. Una calamidad que ni siquiera se cierra. Y el resto de las historias que acompañan al libro (y que no son de la señorita Blanc-Sec) tres cuartos de lo mismo. La única que se salva es El demonio de los hielos.
Si os gusta Tardi os recomiendo que os compréis este último libro en sueco o en cualquier otro idioma que desconozcáis. Así la mierda de historia no os impedirá disfrutar de unas ilustraciones maravillosas.
Esperemos que Tardi después de este patinazo recupere su buen hacer porque da la impresión de que este es un libro hecho por compromiso, sin ganas; vamos, que el tío se dijo: “Voy a sacar cualquier cosa para que estos putos fans de la Blanc-Sec dejen de darme la murga”.



