Blog de Regina Salcedo Irurzun

domingo, 22 de marzo de 2020

RELATOS PARA LA CUARENTENA: SUSANA VALLEJO

Me apetece traeros este relato de Susana Vallejo porque, además de ser genial, capta muy bien esa aparente normalidad o cotidianidad que acaba  envolviendo los apocalipsis reales (y donde pone apocalipsis, léase pandemias, guerras, hambrunas, crisis climáticas, económicas, etc). Quizá aquí resida el arma de doble filo, en nuestra capacidad de adaptarnos a cualquier situación  que, como contrapartida, también hace que nos cueste mucho aprender las lecciones importantes del pasado (acordaos del típico: "Por lo menos con Franco...").

GRACIA

 (Susana Vallejo)


Gracia se quitó los zapatos de tacón y suspiró aliviada.

Soltó los tirantes del vestido y dejó que resbalase hasta sus pies. Era verde, del mismo color de una de aquellas viejas botellas de vidrio que guardaba su abuela en la despensa. El tejido configuró un paisaje plagado de valles y colinas aterciopeladas sobre la parda moqueta.

Apagó el vestido que al momento se convirtió en un campo yermo, seco y árido. Buscó el cargador y lo dejó enchufado sobre el galán de noche.

Cuando Pablo salió del lavabo, la encontró con el camisón ya puesto y las piernas en alto. Con aquel gesto extraño que hacía tiempo había aprendido a reconocer como suyo: las nalgas pegadas a la cabecera de la cama y las piernas extendidas sobre la pared.

—¿Duelen?

Gracia asintió.

—Opérate.

—Ni loca.

Ya lo habían comentado otras veces. Rosa María lo había hecho. Y Patri también. Pero ella no quería ni oír hablar de inyectarse silicona en las plantas de los pies.

—Entonces no te quejes.

—No me quejo. —Ella estiró los dedos.

Pablo se sentó a su lado, sobre la cama. Le cogió un pie, lo acercó hacia él y lo masajeó.

—Si te operases, no te molestarían los tacones.

—Ya. —Ella dejó escapar el monosílabo sin ganas.

—Podemos hacerlo. Tenemos el dinero…

—No es por el dinero.

Le alteraba pensar en que un bisturí podría abrir su carne, aunque fuese un simple corte, de apenas un centímetro, para introducirle una almohadilla de silicona. Sólo imaginar la herida abierta, la sangre brillante, la carne viva, el olor del desinfectante de la clínica… Sólo de pensarlo, se mareaba.

Pablo le acarició la parte superior del pie, desde los dedos hacia el tobillo. Luego se ocupó de la planta y aplicó más presión a su masaje. Acabó chupándole el dedo gordo.

—Mmm… Ha sido una cena muy agradable —murmuró ella.

Él soltó el pie.

—La carne estaba buenísima.

—Muy tierna. Al punto.

—He repetido dos veces.

Gracia sonrió.

—Puig no suelta prenda. Mira que le he insistido para que me pase el nombre de su contacto, pero… no sé dónde puede conseguirla.

—Patri no lo sabe. Yo también se lo he preguntado varias veces. Es su marido quien se ocupa de eso.

—Algún día lo descubriré.

Pablo desapareció por la puerta del baño.

—Mañana iré a ver a mi abuela. —Gracia alzó la voz para que él la oyese.

—No tengo manera de convencerte para que no lo hagas, ¿verdad? —Él asomó la cabeza desde el dintel.

—Tengo que ir al entierro de Vane. ¿Lo entiendes?

—Claro que lo entiendo. Pero ten cuidado, por favor. Y dale un beso a tu abuela de mi parte.

—Ja, ja. Claro que sí… Seguramente me quedaré a dormir con ella.

—Me lo imaginaba.

No volvieron a mencionar el tema, pero cuando apagaron las luces, Pablo la abrazó.

—Gracia, en serio, ¿tendrás cuidado?… Ayer oí que otra vez había revueltas en la ciudad. Mencionaron L’Hospitalet, Sants, Poble Nou… Han sacado a los antidisturbios.

—Es mi barrio. No te preocupes.

—Me preocupo porque te quiero. Buenas noches, princesa.

—Bona nit, Pablo.

Cuando Gracia se despertó, él ya se había ido a trabajar. Ella remoloneó en la cama un buen rato antes de levantarse. Luego se duchó. No quería oler a nada, de modo que eligió el agua sin perfumes ni colores. No se secó el pelo. Se lo recogió en una coleta cuando aún estaba húmedo. Buscó la ropa interior más sencilla que tenía y se encaramó en un taburete para alcanzar la caja que guardaba en la parte más alta del armario. De ella sacó unos pantalones vaqueros, unas viejas zapatillas deportivas, una camiseta blanca, muy amplia, y una mochila verde caqui.

Cuando se abrochó los tejanos, sonrió. Había ganado un par de kilos.

Aun sin maquillaje, resplandecía.

Antes de salir, pasó por la cocina. Cogió un paquete del frigorífico y lo guardó en una fiambrera plateada. Luego lo metió en la mochila. En la tableta central escribió un mensaje para la chica: «Limpiar la terraza y encerar. Recoger los tomates. Repasar el baño de arriba». Cuando estaba a punto de irse, garabateó un «¡Gracias!» que se quedó flotando unos segundos en la pantalla antes de desaparecer con un bip.

Gracia se aseguró de cerrar la puerta con varias vueltas y cogió la bicicleta para ir a la estación.

Sólo funcionaba una de las máquinas automáticas expendedoras de billetes. Rebuscó las monedas que necesitaba y que había repartido por diferentes bolsillos de los pantalones y miró los paneles para saber cuándo llegaría el primer tren con destino a Barcelona. Todos estaban apagados.

Cuando era joven, los Ferrocarriles de la Generalitat pasaban las horas pares y solo quedaban unos minutos para las doce. Pero ahora, probablemente, ya no sería así.

Se sentó en un banco oxidado del andén y se dispuso a esperar. Su abuela le había contado que durante el Pico pasaba un tren cada cinco o diez minutos. Para ella una frecuencia de dos horas ya constituía todo un éxito.

Cuando llegó a la estación de Sants caía ya la tarde. Se encaminó a la explanada de la salida junto a un par de decenas de pasajeros. Gracia respiró el aire de la ciudad.

Olía a alcantarilla y a humedad. A basura. A sudor. Las eternas obras que amenazaban la estación se habían paralizado hacía decenios y, con el tiempo, las vallas y los andamios habían desaparecido. Los vecinos habían tapado algunos baches con maderos, ladrillos o con cemento. Todo ello configuraba un pavimento irregular. Gracia sorteó los obstáculos y comenzó a caminar junto a otra mujer que parecía que llevaba su misma dirección.

Cada vez que volvía al barrio sentía un arranque de rara nostalgia. Había soñado con dejar Sants durante años, abandonar la miseria y huir a la montaña. Pablo se convirtió en su salvoconducto para conseguirlo, y ahora que tenía todo lo que había soñado, al volver allí, al sortear los baches y las grietas, y al plantarse delante de las viejas barricadas de la calle Vallespir, se sentía en casa. En su verdadero hogar.

Se acercó hasta la entrada.

Junior se encontraba allí. Como siempre. Una estatua de ébano descansando sobre una desvencijada silla de madera. Los tonos descoloridos del cojín sobre el que se sentaba hacían juego con su camiseta. El vigilante la reconoció.

—¡Gracia! ¡Cuánto tiempo sin verte! Estás guapísima.

—Tú sí que estás guapo, Junior.

Su cabello negro, tan negro como su piel, hacía años que aparecía cubierto de canas. Y su cuerpo fibroso ya sólo era el de un anciano que, simplemente, se conservaba bien.

—¿Cómo está Kevin?

—Allá está. —Hizo un gesto hacia el otro extremo de la calle, hacia la salida del barrio a la calle Berlín—. La artrosis le está matando.

—¿Y mi abuela?

—¡Cómo va a estar! Como siempre. La vieja Gracia es dura como una roca, pero la procesión va por dentro. Lo de Vane ha sido un duro golpe, aunque supiésemos que tarde o temprano ocurriría. Al menos no sufrió.

A Gracia se le escapó una sonrisa.

—¿Y qué tal el barrio?

—Tranquilo. Muy tranquilo. Mienten en las noticias… Hubo revueltas en L’Hospitalet, pero no aquí. Hace años que no nos metemos en nada.

Gracia suspiró.

—Me alegro de verte, Junior.

—Y yo, nena.

Le hizo un gesto de despedida con la mano y se internó en Vallespir.

Los árboles dibujaban sombras que bailaban sobre un asfalto plagado de cicatrices. Recordó cómo, de niña, bajaba aquella calle con su traqueteante monopatín y aquel mismo Junior, entonces un hombre atractivo, maduro y musculoso, le gritaba que un día de esos se rompería la crisma. En aquellos días todavía circulaban algunos vehículos. Ella se apartaba de la calzada para dejar pasar a los híbridos e incluso, a veces, algún coche de gasolina. Ahora se podía pasear tranquilamente por el medio de las calles y los árboles se habían convertido en los dueños y señores de Vallespir. Algunos habían crecido hasta superar las casitas de dos y tres pisos, tan propias del barrio, y sus ramas arañaban las fachadas de los edificios e invadían las terrazas abandonadas.

Reconoció allá, aparcado un poco más arriba, el híbrido de Kevin junto a algunos huevos.

Gracia esquivó una bicicleta que bajaba hacia la estación y se internó en una calleja flanqueada por casitas bajas cuyas fachadas estaban pintadas con colores brillantes. Cada vez que volvía con su abuela, encontraba algún detalle diferente; un edificio tapiado, un muro derruido, una fachada repintada con algún color sorprendente.

Allí, como los girasoles, las casas buscaban la luz. Las fachadas estaban recubiertas por paneles solares en la parte superior. En la calle Badalona ya no había árboles, tan sólo algunos bidones, pintados de colores y lunares, en los que los vecinos habían plantado laureles, ficus y alguna buganvilla.

Según se acercaba a la calle Miguel Ángel, su sonrisa se fue haciendo más y más amplia. Vane había muerto. Y ella volvía a su hogar.

Ya podía reconocer cada fachada descolorida. La casa rosa de Meritxell, la amarilla de Pau… No estaba el limonero de Sergi. Su muerte dejó a los vecinos sin limones.

Gracia buscó una calleja y luego otra y otra más.

Desde lejos distinguió varias bicicletas aparcadas a la altura de la casa de su abuela. Cuando llegó hasta la puerta, tomó aire. La madera estaba seca y la pintura verde, más amarillenta. Llamó con la aldaba y esperó respuesta. Pegó la oreja a la puerta y escuchó un runrún lejano.

Volvió a llamar con más fuerza. Tuvo la sensación de que si golpease con un poco más de energía, aquella madera seca se astillaría y la aldaba se hundiría en ella como un cuerpo en un viejo colchón de lana.

Enseguida sintió unos pasos que se arrastraban al otro lado de la puerta.

—Soy yo, abuela —gritó.

La puerta se abrió rechinando y una anciana le abrió los brazos.

—¡Mi niña! ¡Cielo! —La abrazó y Gracia se dejó arropar por un manto de rancia humanidad. El olor de su abuela era el mismo de aquella casa, algo agrio y húmedo. Yeso y papel viejo. Y, por encima de todo, lejía y desinfectante. El eterno olor a desinfectante.

—Déjame que te mire. Estás guapísima…

Entró en la casa y respiró hondo de ese algo indescriptible que era el olor de su hogar.

—¿Cómo estás, abuela?

Su mirada estuvo a punto de desbordarse.

—Hecha una mierda —susurró—. Pasa, anda… Voy a echar tanto de menos a Vane… Ya la estoy echando de menos. —Su voz se rompió en las últimas sílabas.

—Te he traído… —Gracia sacó la fiambrera de la mochila.

—Qué bien —la interrumpió—. Anda, ponlo en la nevera.

Gracia fue hacia la cocina evitando mirar la primera puerta pintada de verde. Allí el olor a lejía era más fuerte. Guardó el recipiente en el frigorífico y vio cómo Carol, la vecina, salía de su antiguo dormitorio.

Dio unos pasos hasta llegar al umbral de su vieja habitación.

Afortunadamente ya no se parecía en nada al lugar que guardaba en su memoria.

Ahora había una cama muy baja y Vane reposaba sobre ella. Su abuela la había vestido con un vestido hippie de flores y una chaqueta de punto. Tenía la nariz afilada, como todos los muertos, y la piel mucho más arrugada de lo que ella recordaba.

Ya no era Vane. Nunca más. Sólo un cadáver que aún no había empezado a apestar. Habría que llevárselo pronto.

Gracia sintió que se le humedecían los ojos. Una lágrima pugnaba por escapar. Pensaba que Vane no representaba nada para ella y, sin embargo, ahora, una zozobra repentina le humedeció la mirada.

—Ay, mi niña.

La abuela la abrazó de nuevo. Y compartieron el llanto y los sollozos. Ahora, por primera vez, la abuela no era el muro de fortaleza que la consolaba de niña; su cuerpo temblaba tanto como el suyo propio. Cuando emergió de entre sus brazos, sin saber bien cómo, se encontró con que alguien le había puesto una infusión en la mano.

Se enjugó las lágrimas y se sentó en una de las sillas que quedaban libres. Contempló la taza que contenía aquella agüilla amarillenta. Era una taza blanca, un modelo eterno, que recordaba desde siempre en casa de su abuela. Aquella taza tenía más años que ella.

El primer sorbo le quemó los labios. Sabía a hinojo y a dolor de barriga. Cuando le venía la regla, cuando se le retorcían las tripas hasta exprimirla, su abuela le preparaba una de aquellas infusiones.

Dio otro trago, con cuidado para no quemarse. Y obró la magia de frenar definitivamente sus quedos suspiros.

Alrededor los vecinos hablaban de Vane: de cuando llegó al barrio con su aura de artista, de lo bien que cosía, del abrigo que le hizo a Carol y del vestido de boda de su hija.

Gracia contempló la colcha sobre la que descansaba el cuerpo. Vane la había confeccionado a partir de viejos retales con técnicas de patchwork. Ahora descansaba sobre su propia obra.

Cuando apuró la infusión, se levantó y descubrió sobre una mesa un bol de chucherías. Gominolas de colores semiocultas tras una ensalada de tomates, una tetera y varias botellas de vidrio verde rellenas de refrescos caseros.

Buscó a su abuela y la reprendió con la mirada.

«¡Azúcar!»

Ella se encogió de hombros.

Carol se le acercó y le preguntó por Pablo, por la salud y por la lluvia que parecía inminente, pero no acababa de llegar. Gracia la atendió y contestó distraída a las conversaciones en las que se vio involucrada:

—«Me alegro de verte.»

—«Estás guapísima.»

—«No somos nada.»

—«¿Cómo va la vida en el campo?»

—«¿Y tu marido?»

—«La vida sigue.»

Le sorprendió la alegría que la invadió al reencontrarse con algunas caras familiares y se preguntó por las circunstancias de todas aquellas mujeres a las que no conocía. Arrastrarían historias que podía, y no quería, imaginar. Muchas mujeres. Mujeres de Sants que llegaban a la que había sido su casa, abrazaban a su abuela y después de un par de palabras amables y de tomarse una infusión, la abrazaban y besaban de nuevo, para luego marcharse con una sonrisa triste hendida en la cara.

—Dimitri ha llegado —gritó alguien.

Cuando los de los muertos entraron, los presentes, como un grupo de palomas nerviosas, se revolvieron y se abrieron formando un pasillo.

Un par de hombres con camisetas negras, cargando con una caja, se dirigieron hacia la habitación de la puerta verde, la que olía a desinfectante, como si ya conocieran el camino.

—No, está aquí. —Gracia salió a su encuentro y les señaló su antiguo dormitorio—. Esta vez es aquí.

Tomó a su abuela de la mano y se la apretó con fuerza.

Cuando metieron el cuerpo en el ataúd, sintió cómo su abuela se envaraba. Los más viejos murmuraron unas oraciones.

Dimitri y su compañero esperaron junto a la puerta con la cabeza baja, cumpliendo con su papel de respetuosos profesionales de la muerte.

A la salida, la gente flanqueó al ataúd hasta el final de la calle. Gracia y su abuela marchaban las primeras. Cuando depositaron la caja sobre el carro, se abrazaron. Casi era de noche. Las sombras del crepúsculo empezaban a mezclarse con las de los hombres, en esa extraña hora del día en la que la vista ha de adaptarse a la nueva oscuridad.

Gracia sintió temblar el cuerpo de su abuela

—Lo siento —le susurró al oído.

—La voy a echar tanto de menos.

No quería verla llorar. No por ella.

—Nos vamos ya —le dijo Carol a su espalda—. Ahora tienes a tu nieta. Me alegra mucho volver a verte, Gracia.

Regresaron a la casa mientras se encendían las primeras luces tras las ventanas de los vecinos. Pálidas y temblequeantes se convirtieron en miradas lánguidas abiertas en fachadas aparentemente muertas.

En la cocina, un último grupo comentaba las revueltas de L’Hospitalet.

—Son los jóvenes. Por lo de los recortes en el racionamiento. Dicen que se montó una buena.

—Sacaron a los antidisturbios. Los empujaron hasta Badal. Casi llegan a nuestro barrio.

—Hace siglos que no entran en el barrio.

—No se atreverán.

Gracia se acercó a ellos buscando algo para comer.

—He oído que incumplen la ley Bermúdez. No hacen sonar el primer aviso. Arrasan con todo.

—Aquí no vendrán. No pueden pasar. Sólo conseguirían llegar hasta la estación.

Gracia cogió unos trocitos de patata cocida y buscó alguna salsa picante.

Los vecinos se repartieron en grupos aún más pequeños y enseguida se fueron despidiendo.

Cuando por fin se encontraron solas, Gracia apagó las velas y encendió la luz del recibidor que le pareció, como siempre, escasa.

—Ya barreré yo.

—Pues yo recojo esto.

—Lo que ha sobrado lo llevaré al cine.

—¿Cine? ¿Seguís con eso?

—Pasado mañana haremos una sesión especial. En recuerdo de Vane. Con dos de sus pelis favoritas.

Gracia sonrió. Todavía organizaban sesiones dobles en el barrio.

—¿Y llevarás chucherías?

—Claro.

Recordó el sabor de las gominolas en la oscuridad. Nunca le habían sabido tan buenas como cuando las devoraba viendo las viejas películas en el garaje de Sergi.

—El azúcar es un veneno. Y a tu edad…

—Es en tu mundo en el que está prohibida. —La abuela la interrumpió riendo—. En el mío es casi el único vicio que aún nos podemos permitir. Toma una.

Le alcanzó una gominola que Gracia engulló.

—Ayúdame, anda.

Su abuela cogió un retrato de Vane. Era una foto retocada que siempre había estado en el dormitorio. De esas que se habían puesto de moda a principios de siglo, en sepias y rosados, imitando los tonos de una fotografía del XIX. Vane aparecía increíblemente joven. Gracia nunca había visto su sonrisa tan radiante.

—¿Lo tienes que hacer ahora?

La abuela se encogió de hombros.

—¿Por qué no? Es mi tradición, una manía de vieja como otra cualquiera.

Lo llamaba el muro de los muertos. Como los romanos, a la entrada de la casa colgaba los retratos de los antepasados y familiares fallecidos. Los lares, los llamaba. «Los espíritus del hogar», le decía de pequeña. «Los que estuvieron antes que tú y que yo, los que nos hicieron, a los que llevamos en nuestros corazones y en nuestros cuerpos. Porque compartimos su ADN, su forma de mirar, de sonreír…» Y ella, entonces una Gracia niña, contemplaba embobada aquellos rostros que la miraban sonrientes desde marcos de colores imposibles.

Allá estaba su madre, a la que apenas recordaba. Era una foto de colores desvaídos. En ella, una chica, más joven que ella ahora, una increíble belleza clásica adornada con una melena castaña, se carcajeaba de algo o de alguien. Su madre no se parecía en nada a Gracia, que en cambio había salido a su abuela: morena y de rasgos duros. Sus labios gruesos despertaban la imaginación libidinosa de los hombres, y la nariz, tan chata, pasaba desapercibida entre unas gruesas cejas. Gracia compartía con su abuela un cuerpo plagado de curvas, la belleza gitana de sus rasgos marcados y su nombre.

Cuando Gracia dejó la casa de su abuela, Vane llegó para ocuparla. Y hoy, Vane se había ganado un lugar definitivo en la pared de la entrada.

La abuela clavó una araña en el muro y Gracia insertó en ella el retrato. Lo enderezó.

Las dos permanecieron unos segundos contemplando la galería.

Su abuelo, al que no conoció, era un chico jovencísimo vestido de militar. Su bisabuela y su bisabuelo también posaban, en blanco y negro, vestidos de boda a la puerta de una iglesia. Los ojos de su tatarabuela eran los de una niña con cara de muñeca de porcelana y ropa de domingo. La tía Pili, Josep, Meri, Carme… Todos los retratos vigilaban sus pasos y las observaban desde sus miradas muertas y sus sonrisas congeladas en el tiempo.

—¿Quieres un hinojo? —Gracia buscó los ojos vivos de su abuela—. Me voy a preparar uno.

—Sí, pero ponme azúcar de verdad, no una de esas mierdas.

—¿Te puedo pedir un favor? Vamos a tomárnoslo a la terraza, anda. Como cuando era pequeña.

—Es la mejor hora para subir. —La abuela sonrió.

Ascendieron por las estrechas escaleras hasta la azotea. Era de noche y las luces mortecinas del barrio dejaban ver un magnífico cielo estrellado. Y luego estaba el silencio. El bendito silencio. El omnipresente zumbido de los viejos paneles solares buscando la luz enmudecía de noche. Olía más a ciudad que nunca.

Los tejados y las azoteas que las rodeaban formaban un mar rojizo y brillante. Decenas de paneles ya no reflejaban el cielo, velados por la pátina del tiempo. Quedaban lejos los años en que todos se movían al unísono, olas de espejo, buscando la luz del sol y reflejando su brillo. Ahora muchos permanecían varados. Unos pocos seguían bailando de día y otros contemplaban inertes el lento peregrinar de sus vecinos.

Gracia se asomó a los muros buscando los detalles que configuraban los hitos de su mapa personal. La chimenea blanca, la campana de Anna, el huerto de Pere… La granja de gatos de Toni ya estaba abandonada. Hacía años que desaparecieron los maullidos de los sabrosos mininos.

—Echo de menos las noches aquí, contigo, abuela.

La anciana se dejó caer en una silla. Callaba lo mucho que añoraba a su niña salvaje de melena oscura y ojos de estrellas con la que compartía conversaciones y noches de hinojos y poleos. Esta otra Gracia, la de la montaña más allá de Sant Cugat, tenía otra mirada, velada por la indiferencia. Como si el resplandor del dinero de los padres de Pablo hubiese acabado cegándola.

—¿Cuánto tiempo te vas a quedar?

—Pensaba volver mañana por la tarde, para llegar a casa antes de que sea de noche. Yendo hacia allá, puedo salir más tarde.

—Ay. Tus visitas son un visto y no visto.

—Mi vida está con Pablo.

—Ya lo sé, niña.

Una mancha negra ocultó la luna.

—Son nubes de lluvia.

—Hace meses que no llueve. Ojalá se llenara el depósito.

Gracia se descalzó.

—¿Te duelen los pies?

—Son estas zapatillas… Si llevo mucho tacón, me duelen. Pero si voy tan plana como ahora, también… ¿Habrá problemas mañana para marcharme?

La abuela meneó la cabeza.

—No estoy segura. Ya no estoy al tanto de lo que pasa como antes. Preguntaré a Carol. Su hija está metida en todo eso ahora. Hace tiempo que no hay revueltas. Sólo los de L’Hospitalet continúan la lucha.

Gracia caminó por la terraza descalza. Ese silencio era sobrecogedor. A veces una voz más alta que otra llenaba de ecos los patios durante un segundo, pero luego se sumía en el mutismo de una ciudad muerta.

—Abuela, cuéntame sobre cuando Barcelona brillaba de noche.

La cara de la abuela se iluminó con una sonrisa.

—Cuando tu madre era niña, de noche, todas las calles estaban iluminadas, incluso las más estrechas y pequeñas. Barcelona desprendía tanta luz que no podían verse las estrellas.

Gracia, como siempre, intentó imaginar un cielo sin estrellas.

—Debía de ser hermoso.

—Psé. Era práctico. Recuerdo haber visto en internet imágenes del mundo en tres dimensiones desde el espacio. Todas las ciudades destacaban en la oscuridad como si fueran joyas… Era hermoso desde el cielo, sí. ¡Y las farolas! Había farolas en todas las calles, ¡en todas! Y semáforos que regulaban el tráfico, encendiéndose y apagándose de día y de noche.

—¡Qué suerte haber vivido en el Pico!

—No te creas. Suerte fue la de mis padres, que nacieron en la posguerra de la Guerra Civil, la española. Nacieron con el hambre y la miseria y vieron crecer el mundo entero. La ciencia, los aviones, los viajes, los ordenadores, tiendas repletas de todo, ¡de todo lo que no necesitábamos! Había cuatro carnicerías en Vallespir. Carne de vaca, de ternero, de cerdo, de caballo… Todo fue muy rápido. La caída del Pico nos sorprendió a todos. Sabíamos que no podía durar, y sin embargo… nos pilló por sorpresa. —La abuela hizo una pausa—. Cada vez quedamos menos de la época del Pico. Ya sólo nos queda ir cuesta abajo.

Dio un sorbo a la bebida.

—Los padres de Pablo se han puesto la Red.

—¿Y para qué la usan? ¿Se mandan fotos de gatitos?

—¿Qué?

—No me hagas caso.

—Es para su trabajo. Yo no sé bien de eso. Pero ya la tienen.

—Serán de un nivel tres, supongo. ¿Sabes que yo también tuve internet? No la Red esta de los cojones que no es ni red ni nada, sino acceso libre a internet… No supimos lo que teníamos, hasta que lo perdimos. Como todo.

La mirada de su abuela se perdió entre los tejados.

—Gracia —le dijo—, ¿te apetece aguardiente de Dimitri?

—¿Tienes?

—Guardo algo. Un poco. De cuando me paga en especie. Creo que tenemos algo que celebrar: estamos juntas de nuevo. Una noche al menos.

—¿Lo guardas donde siempre?

—En la nevera. Abajo.

—¡Voy!

Gracia desapareció por entre las escaleras. La anciana se quedó mirando la estela de la sonrisa que dejó tras ella.

Los dientes de Gracia eran como los de su madre. Los de su hija. Ella sí que había intentado combatir contra todo. Era joven, rebelde, luchadora y estúpida. Y tenía los mismos genes de mierda de su marido; ese rostro clásico, esa salud que sin medicinas minó la gripe. Cuando era niña, cuando el Pico, estuvieron los tres juntos en Londres, un fin de semana largo. Volaron en avión. Porque entonces los aviones rayaban el cielo. Como los pájaros. Fue cuando había gorriones y palomas. Quién le iba a decir a ella que acabaría añorando aquellas ratas voladoras.

La abuela volvió a sentarse reviviendo su pasado.

Su niña, la niña más bonita del mundo, se quedó embarazada de un imbécil de pelo largo y rastas.

Pero su niña le dio a Gracia. Una nieta preciosa que resultó ser su propio retrato.

Y luego se quedaron las dos Gracias solas tan pronto. Sin marido, sin hija. Y el mundo se fue a la mierda y ella siguió adelante, como una roca, tirando de esa criatura de ojos brillantes que el destino le había puesto a su lado.

Disfrutó tanto de la infancia de Gracia. Tanto. Sin hija, su nieta no fue una alegría, fue lo único, lo que la empujó a seguir adelante en los días oscuros de después del Pico. Durante la cuesta abajo… Y cuando conoció a Pablo y se casó y se fue, entonces llegó a su vida Vane. Por sorpresa. A su edad. Quién se lo hubiera dicho. La vida te sorprende cuando menos te lo esperas.

Cuando su nieta volvió, traía dos tazas llenas de un líquido transparente. Hubiese dado lo que fuera por un cubito de hielo.

—Ahora estarás acostumbrada a otras bebidas más finas.

—Me gusta el aguardiente de Sants. —Se sentó junto a ella y brindó. El sonido seco de las tazas resonó entre los patios—. Anda, cuéntame más historias de cuando mamá era pequeña. De cuando el Pico…

La abuela dio un sorbo al aguardiente. Le quemó la lengua y le acarició la garganta. Su corazón estalló en llamas. Cerró los ojos y recordó a su marido y a ella misma juntos los dos en aquella misma terraza. Su hija dio allí sus primeros pasos.

—Había niños. Muchos niños. En la calle te cruzabas con madres que paseaban a sus bebés en cochecitos. Había escuelas y colegios, y tantos niños que no era fácil conseguir plaza en el que te interesaba. Todo eso parecía importante entonces. Recuerdo los cochecitos especiales para gemelos ¡e incluso para trillizos! que no cabían por la acera. Y, huy, había todo tipo de objetos para ellos: que si chupetes con forma de personajes de dibujos animados, bañeritas, sillas ergonómicas… Ah, y otras sillitas especiales para los coches. —Cerró los ojos y la imagen de un Seat León amarillo le quemó como el aguardiente. Tomó otro trago—. Había tantos coches que en esta misma calle no se podía aparcar. Si no tenías un garaje, podías estar toda una hora dando vueltas por el barrio hasta encontrar aparcamiento. Y eran tantos los coches que el aire se llenaba de polución, las cortinas se ponían negras y cuando te limpiabas la cara con un algodón, salía todo sucio. Ay, aquella bendita contaminación. ¡Y el agua! Siempre había agua en el grifo. Todo se limpiaba y se lavaba con agua…

La grabación de las campanas de la iglesia arrancó doce tañidos a la noche.

Gracia dio un sorbito a su taza y su abuela se bebió casi la mitad de lo que le quedaba de un solo trago.

—Teníamos de todo lo que no necesitábamos. Supongo que pusimos en peligro al planeta y se vengó. La gripe terminó con la mayoría; tu abuelo, tu madre…Ya antes había empezado la cuesta abajo; la crisis de principios de siglo, los recortes, el lento declinar del estado del bienestar, la nueva realidad, el final del Pico… Pero no nos dimos cuenta. Nadie quería darse cuenta…

»Luchamos y perdimos.

Gracia acercó su taza a la suya.

—Por los barrios.

—Por los barrios de las ciudades y sus gentes.

Brindaron. La abuela apuró su taza. Gracia disfrutó del sabor a adolescencia que le calentó las tripas.

—Cuéntame de Junior y de Kevin. Y del abogado, ¿cómo se llamaba? ¿Fran?

—Francesc murió. Ahora tenemos a Ricardo. No es tan bueno. Siempre está en la puerta de la avenida del Brasil. Kevin se divorció…

La abuela pasó a contarle las últimas noticias de la gente del barrio. De los muertos, los cambios, las múltiples enfermedades y las pocas alegrías. Gracia se dejó llevar por el runrún cálido de la voz de su abuela. Le importaba poco lo que decía, pero le gustaba estar allá, acariciada por la brisa nocturna y por su voz.

Cuando el aguardiente se convirtió en el recuerdo de un vapor cálido en el estómago, continuaron charlando, simplemente disfrutando de su mutua compañía. Y sólo cuando la noche se hundió aún más en la oscuridad y sus ojos luchaban por continuar abiertos, decidieron irse a dormir. Sólo entonces, bajando a oscuras por las escaleras, la abuela se atrevió a preguntar:

—¿Pablo te hace feliz?

Gracia asintió, pero su abuela no pudo ver el gesto.

—Es un cielo.

En otros tiempos le hubiera preguntado si lo quería. Si había aprendido a quererlo. Pero estaba convencida de que la respuesta era un «no» y prefería no oírlo.

Gracia rebuscó en el armario una colcha y se acostó en el sofá. Su abuela la arropó como cuando era pequeña.

—Bona nit.

—Buenas noches, mi niña.

Pensaba que tardaría en dormirse, pero el sueño se apoderó de ella enseguida. Su cerebro reconoció el olor del hogar y la colcha deshilachada por el tiempo, y su conciencia, sencillamente, se deshizo y se dejó mecer por el pasado.

Se despertó de repente.

Algo la había arrancado del sueño. Le costó recordar dónde estaba y le sorprendió descubrir que eran las voces de su abuela las que la habían despertado.

—Voy entonces —cuchicheó al teléfono—. Sí, enseguida. Id hirviendo agua… No, sacadla de allí… Limpia la mesa como te dije. Consigue luz. Pídesela a Norton.

Gracia se incorporó.

—¿Qué? ¿Qué es? —preguntó con temor.

—Un parto —dijo su abuela mientras encendía un flexo que derramó una luz temblona y mate sobre las baldosas.

—¡Un parto! ¿Quién? ¿Cómo?

—La hija de Seve. ¿Te acuerdas de Seve? Y hay más esperando. El año pasado… —Sonrió—. El año pasado fue increíble. Como si de pronto todo volviera a florecer. Como en los viejos tiempos. ¿Te lo puedes creer…? Y ya se ha puesto de parto. Es un poco pronto.

Gracia recordó a la hija de Seve. Era más joven que ella. Unos cinco años. Y sería madre. Podría ser madre. Ya. Así. Esta noche.

—Vane ya no está… —Su abuela la interrogó con la mirada.

—Hay toque de queda. Las revueltas…

—Hace años que no entran en el barrio… Es un parto, Gracia. Un niño al que he seguido mes a mes. Un niño, una vida nueva.

Gracia bajó los ojos y se perdió en la contemplación de las rosas desvaídas que formaban un camino serpenteante a lo largo de la colcha.

—Vane no está —repitió la abuela.

—Iré —decidió—. Claro que iré.

La abuela dejó escapar un suspiro.

—Lo tengo todo preparado.

—No lo dudo. Siempre tienes todo preparado.

Gracia se estiró antes de levantarse del sofá.

La abuela se dirigió a la habitación de la puerta verde que olía a desinfectante. Cuando la abrió, los efluvios casi la hicieron vomitar. Seguía odiando aquella habitación. Su olor. Su frío suelo y sus paredes. El instrumental. El brillo de la silla metálica cortando el aire de las tardes que podían haber sido tranquilas. El eco de los gritos ahogados en el balde lleno de agua. La sangre roja, bermeja, rosada y granate resbalando en lenguas grumosas a lo largo de la silla y por el suelo. Odiaba limpiar la sangre que olía a vida, a muerte y a metal. Metal y sangre brillantes.

Cuando la abuela salió de la habitación, cargaba con un maletín.

—¿Estás preparada? —preguntó a Gracia mientras guardaba la botella de aguardiente en una bolsa.

—No. Pero ¿qué más da?

Al pasar por el muro de los lares tocó el marco desgastado de una mujer de pelo blanco.

Ella. Su tatarabuela. La primera de todas. En Madrid. En Cuatro Caminos. La partera. La comadrona. La innombrable. La que llegaba a las casas de los pobres a ayudar a morir y a nacer a otros pobres que continuarían arrastrándose entre la miseria. La que fue madrina de decenas de niños que nunca tuvieron padrinos, que ni siquiera tuvieron padres. La que colocaba sus cuerpos muertos en ollas de barro porque no había dinero para ataúdes. La que enseñó a su hija. Y esa hija a la suya. Y cuando llegó la siguiente generación, llegó una hija que pudo estudiar medicina y poner nombres latinos a todo lo que ya sabía. Y entonces llegaron los hospitales y la asepsia y la anestesia. Y una generación después, aquí estaban de nuevo, recorriendo un barrio a oscuras y pisando los ecos de la miseria. Mujeres. Cadenas de mujeres ayudando a mujeres, generación tras generación.

Gracia cargaba con la bolsa y una linterna que apenas merecía ese nombre. La abuela conocía cada irregularidad del asfalto, cada bache y cada adoquín descabalado de la acera. Gracia sólo recordaba que en aquella esquina se formaba un charco cuando llovía y que el agua podía llegar a cubrirle los tobillos.

Recorrieron la calle Miguel Ángel acompañadas tan sólo por el rumor de sus pasos. Guardaban silencio, como siempre habían hecho en sus salidas nocturnas. Atentas a los ruidos, las patrullas y los perdidos. Un ojo de luz tenue barría el suelo.

Cuando era pequeña ella no tenía miedo. Era su barrio. Su oscuridad. Su vida.

Luego fue cuando empezó a temer a las sombras. Y después… Ya no pudo hacerlo más.

Los árboles de Vallespir susurraban en el lenguaje de las hojas y del viento contándose secretos. Secretos de generaciones de mujeres arropados entre lágrimas y sonrisas. Su abuela le contaba que su bisabuela había visto plantar aquellos árboles que ahora se aferraban a la tierra que se ocultaba debajo de la capa de asfalto y de cemento.

Se adentraron en la calle Robreño y Gracia tuvo que colocarse detrás de su abuela para no tropezar. Siguió sus lentos, pero seguros pasos.

Gracia no reconoció la casa, pero supo que se acercaban por los gruñidos que se abrían camino en la noche.

La abuela llamó un par de veces a una puerta de plástico y enseguida una mujer castaña de mediana edad asomó la cabeza.

—Llevaba todo el día con contracciones —les espetó sin darles tiempo a decir nada—. Ahora ya está dilatando. Ha empezado de repente. Te hemos avisado enseguida.

Gracia y su abuela entraron al portal.

—Dilatada… ¿Cuánto?

La mujer castaña lo dibujó con un gesto de la mano.

—¡Pues vamos!

Subieron hasta el primer piso. La humedad se filtraba desde el suelo y arrancaba jirones de cal y pintura a las paredes. Aquel edificio supuraba años. Se caía a pedazos.

—¿Cada cuánto tiempo son las contracciones?

—Hace un rato, cinco minutos, pero de repente… Ha sido de repente. Menos de dos minutos. Creo que está a punto de nacer.

Entraron en la casa.

La hija de Seve estaba incorporada sobre la mesa de la cocina. Apoyaba la espalda sobre unos cojines. Solamente vestía una camiseta que en algún momento había sido azul oscura. La cocina olía a desinfectante. Y quizá, debajo de aquel olor penetrante que forzaba el olfato de Gracia y le hacía revivir viejas pesadillas, se distinguía un cierto olor a sofrito.

La chica gritó de pronto y la abuela se aproximó a ella. La examinó.

—Ya corona.

Gracia evitó mirarla directamente. Se dirigió hacia la pila.

—¿Hay agua?

La mujer castaña no tuvo tiempo de contestar. Gracia abrió el grifo y observó cómo salía un agua limpia y cristalina. Suspiró y se lavó las manos a conciencia, respiró hondo y se volvió hacia la chica.

La examinó dejando el corazón a un lado. Con mente analítica. Agradeció que la hubiesen depilado completamente el pubis. La carne abierta mostraba parte de una cabeza que luchaba por salir. La presión, dentro de su cuerpo, marcaba un bulto redondo y pequeño.

—Puja ahora… No, ahora no… ¡Ahora…! —La voz de su abuela era profunda. Fingía calma y cubría su voz con un halo de tranquilidad—. Vas a tener que empujar más.

La chica pujó y la cabeza asomó un poco más. Un borbotón de sangre acompañó el movimiento y tiñó la mesa de granate.

—Vas bien —la animó la abuela.

Gracia se colocó junto a la chica. Miró a su abuela buscando en sus gestos indicios que la guiasen en sus próximos movimientos.

—Ya estás a punto. No te queda nada —mintió con voz tranquilizadora—. Un esfuerzo más.

Gracia observó cómo la chica hacía fuerza justo cuando su abuela le indicaba que lo hiciese. Y cómo su vientre hinchado acompañaba sus movimientos. El futuro se abría paso entre la carne y la sangre, como siempre lo había hecho.

A un gesto de su abuela, se dirigió hacia la mujer castaña que observaba esperanzada a su hija.

¿Cuántas miradas como aquella se había encontrado?

—Necesitaremos un par de cordones. ¿Los tienes preparados?

La mujer desapareció en el pasillo y en ese momento la hija de Seve gritó aún más. Retrocedió sobre sus pasos para encontrarse con la cabeza de su futuro nieto ya fuera del cuerpo de su hija.

Un charco denso y borboteante resbalaba sobre la mesa de la cocina.

—Ya casi está fuera. Se ha desgarrado. No es nada… No te preocupes.

Asomó un hombro.

La mujer castaña dejó escapar un gemido y la hija, abierta de piernas sobre la mesa, chilló con todas sus fuerzas.

Gracia ayudó a su abuela a recoger el bebé.

La madre de la parturienta no podía apartar los ojos de la criatura. Su mirada era tan fría como la superficie de la mesa de la cocina de la que seguía chorreando sangre hasta el suelo.

—¿Qué pasa? —jadeó la hija de Seve—. Dime, mamá, ¿qué pasa?

Gracia esperaba la salida de la placenta mientras su abuela hablaba con la mujer castaña.

—¿Quieres enterrarlo? ¿Lo quieres para ti?

La mujer negó con un gesto.

—Llévatelo, llévatelo lejos.

La hija de Seve expulsó la placenta sin un quejido. Tenía en su mirada la misma frialdad que envenenaba los ojos de su madre.

—Lo siento —murmuró Gracia sin que la hija de Seve la oyese.

La abuela envolvió a la criatura en una toalla rosa que en algún momento estuvo adornada con el dibujo de un pato.

—La vida sigue; no lo olvides.

—No es cierto. La vida se paró hace ya tiempo.

La hija de Seve empezó a gemir sobre la mesa.

—¡Llévatelo! —gritó—. ¡¡Llévatelo!!

Gracia se dio la vuelta y se dirigió hacia la pila. Se lavó las manos muy despacio. Respiró hondo. Siendo consciente de cómo el aire entraba en su vientre y salía después, despacio, muy despacio.

—No quiero verlo —escupió la hija de Seve entre dientes—. Llévatelo —repitió.

—Vigila si tiene fiebre. —La abuela se dirigió a la mujer castaña—. Vigila la temperatura. He hecho lo posible, pero… Llámame si notas cualquier cosa fuera de lo normal. Has perdido un nieto, pero sigues teniendo a tu hija. —La criatura entre sus brazos gimió.

Gracia dio la mano a la hija de Seve. La apretó con un gesto que pretendía ser consolador. Ella sabía qué sentía. Lo sabía perfectamente.

El frío de la noche acarició su rostro. Ahora, de pronto, el aire le parecía fresco y puro.

—Era un niño —susurró la abuela.

—Es un niño.

Gracia se atrevió a mirarlo.

Aún estaba envuelto en el unto sebáceo, la sangre de su madre y la vieja toalla del pato. Sus manitas gordezuelas se apretaban en un par de puños fuertemente cerrados.

Las deformidades de su rostro se mezclaban con la sustancia gris y blancuzca que lo recubría.

—¿Vivirá?

La abuela asintió.

—¿Lo quieres?

Gracia observó sus manecitas perfectas, un ojo semiabierto, una fosa nasal en la que aún quedaban restos del cuerpo de su madre.

—No.

La abuela lo envolvió en la toalla. La apretó fuertemente contra su carita.

—¿Cómo es ahora? ¿Vale más muerto o vivo?

—Ya nadie los quiere así —murmuró la abuela sin dejar de presionar—. Los que pagan por ellos vivos, pagan poco. El coleccionista murió hace tiempo.

Hizo un poco más de fuerza. Gracia no oyó ni un ruido. Ni un gemido, ni un suspiro.

Se fue en silencio.

Sólo quedaban los ecos de sus propios pasos sobre el asfalto.

—En casa llamaré a Dimitri.

No cruzaron ni una sola palabra más.

Gracia no podía dejar de pensar en la carne tierna y fresca del bebé. Fetos y recién nacidos constituían la carne más tierna. Lechales y no formados resultaban ser los mejores. Su abuela siempre había sabido ganarse la vida.

Tragó saliva.

Los árboles de Vallespir susurraron a su paso. Al alcanzar la esquina de la calle, se asomaron para comprobar que no hubiera nadie.

—Es raro que haya patrullas. Pero siempre hay que tener cuidado.

A Gracia le recordó cuando era niña y se lo repetía tantas y tantas veces.

«Siempre vigilante. Siempre atenta. Siempre depredador. Nunca presa.»

—Adelante.

Cruzaron Vallespir y continuaron su camino entre las sombras.

Gracia susurró:

—¿Y el degenerao?

—Muerto. También muerto. Ese sí que pagaba bien. Mucho mejor que el coleccionista.

A veces, en sus pesadillas, Gracia se preguntaba si alguna de sus víctimas seguiría con vida.

—Quiero llegar a casa.

—Y yo, mi niña. Y yo.

Cuando por fin alcanzaron la calle Miguel Ángel, la noche parecía aún más densa y oscura.

Gracia abrió la puerta y su chirriar sobresaltó al profundo silencio.

La abuela aún apretaba el bulto envuelto en la toalla contra sí.

—Déjalo en la nevera, por favor.

Gracia lo tomó entre sus brazos, como si se tratase de un bebé sano y vivo, y lo guardó en el frigorífico junto a la fiambrera que había traído a su abuela por la mañana.

—Necesito dormir.

—Buenas noches, mi niña.

Gracia se dirigió hacia el sofá. La nevera zumbaba en un nivel muy bajo. Se envolvió de nuevo en la colcha deshilachada, pero se sentía demasiado excitada como para poder conciliar el sueño. El corazón le latía con rapidez. La cabeza estallaba en imágenes que era incapaz de acallar.

Sólo cuando los primeros rayos de luz comenzaron a asomar a través de los resquicios de la persiana, sintió que la conciencia le abandonaba. Con el día, llegó el descanso.

Cuando se despertó, la luz llenaba por completo el salón.

Su abuela la observó desde la cocina.

—Te he dejado dormir todo lo que necesitabas. Es muy tarde. Dimitri está a punto de llegar.

—Prefiero no verlo.

La abuela asintió.

Gracia se preparó una infusión y cuando escuchó que llamaban a la puerta, subió a la terraza. De día el paisaje era totalmente diferente. El zumbido de los paneles solares que buscaban la luz configuraba un runrún tranquilizador. Dirigió su mirada hasta las nubes y distinguió la forma del rostro de un angelote con las mejillas tan hinchadas que se convirtió, de pronto, en un ser monstruoso y terrible. Le pareció escuchar gritos a lo lejos.

La cabeza de su abuela asomó desde el hueco de las escaleras.

—Ya está. Se lo ha llevado. Tenía mucha prisa. Dice que las cosas se están poniendo feas. Lo de L’Hospitalet ha llegado hasta Badal. Han sacado de nuevo a los antidisturbios.

—¿Cuánto te ha dado?

—Más que por Vane.

A Gracia le apeteció fumarse un cigarro.

—¿Te queda aguardiente?

—Tengo una botella nueva.

El teléfono sonó con un timbre arcaico.

La abuela desapareció tragada por las escaleras.

—¡Es Pablo! ¡Para tiii!

Gracia bajó de dos en dos los escalones.

—Hola, princesa, ¿qué tal?

Gracia hizo un repaso mental de todo lo ocurrido durante el día anterior. Ya formaba parte del pasado. Quedaba lejos. Había que olvidarlo. Enterrarlo junto a la pila de recuerdos guardados en algún cajón de su memoria.

—Bien.

—¿Y tu abuela?

—Como siempre.

—Dale un beso de mi parte. —Pablo rió.

—Claro…

—¿Cuándo vuelves a casa?

—Esta tarde.

—Entonces te estaré esperando… Ten cuidado. Han dicho en las noticias que en L’Hospitalet hay revueltas y decenas de muertos.

—No te preocupes —contestó ella con voz cansada—, esto está tranquilo.

Al otro lado de la línea se oyó un suspiro.

—Tengo una buena noticia. Una sorpresa, princesa. Hablé con Puig por fin. Me lo encontré en la cantina. Había bebido más de la cuenta y, ¡adivina!, me ha pasado el teléfono de su contacto. Ya sé quién le suministra la carne. Es un tal Dimitri. Y… ¡lo he llamado! Me ha dicho que le acaba de entrar una partida fina, fina, fina… y que mañana me la puede hacer llegar. Es cara, pero vale la pena. ¿Qué te parece? —No dio tiempo a que Gracia contestase—. Mañana tendrás una cena como Dios manda. He pensado en organizar algo, ¿qué te parece si aviso a José y a Rosa María?

—No —respondió ella sin ganas—. No me apetece nada. De verdad, Pablo, no te molestes.

—¿Te encuentras bien?

—Perfectamente. Sólo un poco cansada.

—¿Quieres que lo dejemos para otro día?

Gracia cogió aire.

—Sí… Por favor. Otro día…

—De todos modos, te prepararé algo especial. Déjame pensarlo.

—No, por favor; no vale la pena.

—Quiero sorprenderte.

—No me apetece ninguna sorpresa.

—¿Seguro que estás bien?

Gracia asintió con un gesto. Entonces se dio cuenta de que hablaba desde un teléfono sin pantalla ni cámara y que Pablo no podía verla. Se obligó a contestar en voz alta.

—Sí, no te preocupes. Lo único que quiero es un gran abrazo. Que me abraces…

—Cuenta con ello.

La voz de Pablo era inusualmente animada.

Gracia lo colgó enseguida.

—Abuela, Pablo te manda saludos.

—Todo un detalle por su parte.

Gracia dejó su mirada resbalar por la puerta verde de la habitación que olía a desinfectante. Su abuela observó cómo se apoyaba en el velador.

—¿No lo has vuelto a intentar?

Era el tipo de pregunta que nunca le hacía por teléfono. Y que temía decirle en persona. Pero ahora quería saberlo.

—Ya no. Para qué.

La abuela hizo un gesto cansado.

—Nunca se sabe. Hay tantos casos. Cuando parece haberse perdido la esperanza…

—El tratamiento es demasiado caro —la interrumpió—. Ni siquiera los padres de Pablo pueden pagarlo. Y no quiero embarcarme en un préstamo que tenga que pagar mi hipotético hijo o hija. Es absurdo.

La abuela dejó escapar un suspiro.

—Hagamos una cosa: vente al cine conmigo. Vente con nosotros. Durante un rato te olvidarás de todo. El cine sirve para eso, para olvidar. Tengo una bolsa de chuches enorme. El azúcar y la ficción lo curan todo… Tenemos preparada la sesión doble en recuerdo de Vane.

Gracia sonrió a su pesar.

—No, abuela. Quiero volver a casa.

—Esta es tu casa.

—Ya no. No lo es.

La abuela buscó la mirada brillante de su nieta. Pero no la encontró.

sábado, 21 de marzo de 2020

RELATOS PARA LA CUARENTENA: JAVIER SÁEZ DE IBARRA

El relato de hoy nos viene de perlas pues nos enseña cómo podemos convertirnos en obras de arte vivientes. Solo necesitamos una ventana a la que asomarnos, constancia y alguien que nos mire e interprete. ¿Precisamos también de un propósito, de una poética? Leed este interesante cuento y quizás lo resolváis.

UNA VENTANA EN VÍA SPERANZELLA
Javier Saéz de Ibarra


Las acciones vitales son en realidad, formas expresas y expresivas de lo que puede llegar a ser entendido como arte. […] No es preciso transferir a un objeto extraño y exterior a la propia persona las vivencias sensibles o emocionales, porque el arte también puede ser objetivado a través de acciones y movimientos del propio cuerpo, y quien los observa puede captarlos como presencias representativas similares a las que provocan o se experimentan delante de las llamadas obras de arte.
Arnau Puig sobre Esther Ferrer



 LA OBRA VISIBLE QUE HA DEJADO ESTA ARTISTA es de fácil y breve enumeración: apenas unos cuadernos escolares que fue escribiendo de modo desigual hasta poco antes de su fallecimiento, ocurrido a sus setenta y tres años, y en la que no se encuentra otra cosa que recuerdos, vagos de personas, pisos, calles, paisajes que frecuentó, pero apenas nada que sirva para interpretar, mucho menos explicar, el sentido último –si es que cabe esto- de sus acciones; doce pequeños objetos de terracota que algún especialista, es un decir, ha denominado con el sencillo nombre de “esferas” y “polimorfismos”, y algunos correos electrónicos –son escasas las cartas, aunque muchas se han perdido –que unos pocos amigos han conservado y custodian celosamente. Exigua herencia, se concluye, para los estudiosos y curiosos que tratan de satisfacer con ella la sensible pérdida de lo que en realidad importa y no podrá recuperarse nunca.
  Porque la otra obra, la interminablemente heroica, la impar, la invisible en cuanto fugaz, la que, sin embargo, hace que hoy todavía se interesen profesores, críticos de arte, algunas personas allegadas, así como vecinos de escasa formación pero afecto constante, esa sólo se guarda en la memoria viva de unos pocos testigos. En cuanto a mí, vengo a ofrecer el testimonio de una de sus acciones, aun cuando puede discutirse si se trata de una sola, repetida con fidelidad durante cincuenta años, o si hubo, por el contrario, cincuenta acciones diferentes que sólo por la semejanza de la materialidad del gesto pueden confundirse –dejo su elucidación a expertos y filósofos-. Quiero anotar pues, el haberla visto una vez y el hecho, que no estimo meritorio, de haber consagrado parte de mi vida  a reflexionar sobre él e interpretarlo a la luz de mi investigación en torno a los acontecimientos nucleares de su biografía.
  He anotado  cincuenta años, cifra engañosa por rotunda, cuando no es posible registrar el momento en que Petra Menardi comenzó a realizar su acción. Lo esencial, con todo, me parece que reside en el hecho de que durante esa aproximada cincuentena, Petra Menardi se mantuvo fiel a su acto de forma heroicamente consecutiva, para lo que no reparó en enfrentarse a sucesos, emociones, acaso pensamientos, que a otra persona sin el poder de su temperamento le hubieran forzado a desistir.
  En un número hoy salido del anonimato de la Via Speranzella, una entre otras que cuadriculan el barrio napolitano degli Spangnoli, en un pequeño piso de tres  habitaciones situado en la segunda planta, vivió y luchó secretamente, con el secreto que ampara a los pobres, esta mujer, cuya infancia y adolescencia hicieron creer a sus padres que cosecharía múltiples triunfos por su excepcional talento para las artes plásticas. A su servicio dedicaron dinero, que no era el problema, e influencias entre prestigiosas academias y renombrados artistas, los cuales no cesaron de alabar los progresos que iba mostrando año a año, casi mes a mes. En los círculos más exquisitos de Milán, no había cumplido los trece años cuando ya se hablaba de ella con admiración y se resolvían pronósticos sobre el lugar que alcanzaría en el arte italiano cuando, superada su precocidad, llegara a la madurez creativa. Un plan especial de estudios le permitió viajar a los principales museos y pinacotecas del mundo: Madrid, San Petersburgo, París, Amberes, Nueva York… donde aprender de los grandes maestros; acudió  a clases magistrales de pintores reconocidos, invitada incluso a sus talleres, a sus casas; en todas partes era recibida con asombro y generosidad. Se echará de menos en la relación de obras establecida al principio la mención a estas creaciones de la infancia; no hay más fulminante y desgraciada razón que el hecho de que jamás uno solo de sus cuadros fuese vendido, pues la niña insistía tenazmente en conservarlos todos para poseer –se dijo que decía- la secuencia intacta de su “carrera” con vistas a no se conoce qué destino creativo; y a la que la nómina completa ardió en una pira que ella misma compuso en algún lugar costero del mar Tirreno, según fuentes dignas de crédito. Puede llamar la atención, más incluso que el hecho de que su autora los entregara al fuego, que tampoco hubiera regalado una sola de sus obras como obsequio a su padre, su madre o cualquiera de sus tres hermanos. Si, pese a todo, existiera algún poseedor de alguna de sus piezas, hasta el momento, calla.
  Al cumplir los dieciocho años, acabados sus estudios generales, le fue concedida  la afamada beca Pazzi & Harrington para estudiar en Barcelona junto con un selecto grupo de nuevos artistas. Estas jóvenes promesas ampliaban sus estudios de Estética, Filosofía, Literatura, además de recibir clases teóricas y prácticas de dibujo, pintura, escultura, medios audiovisuales. Todos ellos convivían estrechamente en un colegio mayor en el que, por temporadas, residían también algunos de los profesores, de manera que se asegurase una formación continua, rotas las barreras de  aulas u horarios, acercándose al ideal de una vinculación personal  entre maestro y discípulo. En las salas, pasillos, jardines de aquel colegio mayor, Petra Menardi conoció y trató a Octavi Escasany, artista plástico, conocido teórico del “minimalismo móvil”, concepto estético que él mismo acuñó y practicó durante casi una década. Presumiblemente, su relación trascendió del respeto y la admiración mutuas a la necesidad de un intercambio en interpretación mayores; del plano estético se llegó al personal, al pasional, al amoroso; ella fue desatendiendo a los otros profesores, él terminó por descuidar sus obligaciones docentes y, contra la opinión y las presiones del consejo rector, cuando el cuatrimestre del  señor Escasany concluyó, la genial creadora Petra Menardi abandonó el colegio y renunció a la beca por seguirlo. La habitación vacía, en la que había vivido aquellos meses y adonde fueron a buscarla tras apercibirse de su ausencia, sólo descubrió algunos efectos personales de los que había prescindido y enormes manchas sobre la cama, por el suelo y las paredes de pintura roja que ella había derramado directamente de los botes con los que venía trabajando. Resultó como un sello, como un símbolo de la pérdida de la inocencia o, acaso, la metáfora de la sangre o la vida que estaba dispuesta a entregar por nueva pasión que se le ofrecía.
  Apenas es posible reconstruir los años que conducen a la pareja desde aquella elegante zona universitaria barcelonesa por diferentes ciudades de la Europa meridional hasta un barrio humilde, por no llamar deprimido y hasta peligroso, y en él a una calle perdida, y en ella a un piso reducido en el que no había modo de establecer ya no un taller, ni siquiera una sala donde tender las telas o colocar un torno. Además de que para cuando se integraron en el populoso barrio de Los Españoles, ella ya llevaba un crío de un año en sus brazos y, antes de un lustro, habían nacido sus cuatro hijos. La joven, que había estrenado su mayoría de edad con su lanzamiento a una prometedora carrera, acababa a los veintitrés unida a un extravagante artista que la doblaba en años y cuyo declive creativo era más que notable, rodeada de niños que reclamaban todo su tiempo y lejos de unos padres que habían respondido finalmente con la indiferencia a tantas muestras de silencio y desprecio de parte de su hija. La respetable familia se desentendía así de Petra, acaso para forzarla a volver una vez que la aventura con aquel hombre hubiera fracasado; reconciliación que , como sabemos, nunca se produjo.
  Quiero inferir, por tanto, que el primer acto de la artista Petra Menardi lo realizaría hacia los veintitrés años de edad, viviendo todavía con Escasany. Sé lo que esta reconstrucción tiene de ficticio, sé que sólo puede conjeturarse de manera retroactiva a partir de los siguientes: sus repeticiones; pues no hay testimonios directos de él, ni de los que vinieron en los años inmediatos; sin embargo, me autoriza a recogerlo aquí mi esfuerzo por rehacer un itinerario, siquiera en algunos de sus momentos más intensos. Una mañana de julio, la primera mañana de un tres de julio, hacia las once, la joven Petra Menardi abrió la mediana ventana que iluminaba su saloncito y se asomó a la luz de esa bulliciosa Via Speranzella; inspiró profundamente el aire cargado del ruidoso humo del tráfico, el vocerío, los olores de los comercios de aves, cueros y ultramarinos de entonces, y realizó el gesto que luego repetiría con fidelidad insondable durante toda su vida: se desabrochó uno a uno los botones de su camisa, a continuación se la abrió con parsimonia y mostró al aire, al mundo, a nadie en particular, a todo el que en ese momento acertara a mirar hacia lo alto de aquel segundo piso, su pecho izquierdo.
Lo mantuvo exhibido un tiempo impreciso, unos segundos apenas, varios minutos, hasta que lo cubrió delicadamente con esa parte correspondiente de la camisa y volvió a abotonársela. Después, con ambas manos se cubrió el rostro y fue recorriéndolo de abajo arriba hasta alcanzar lo alto de la frente y mesar sus cabellos largos en un movimiento luego descendente hasta por detrás de la cabeza. Dejó un instante colgando sus manos; cerró la ventana, y se retiró al interior de su casa. El gesto inicial había nacido. Sin embargo, ese primer y/o único acto era una verdadera declaración de libertad: ni la modestia de su vivienda, ni los hijos en ese momento como carga de responsabilidades, ni la condena moral y económica de sus padres doblegarían su voluntad de ser. Su cuerpo mostrado se convertía de esta forma en testimonio de su decisión de mantenerse en sí y consigo misma, asumiendo el destino que se  había marcado hasta entonces como el que fuera a depararle el tiempo restante. La joven Petra Menardi había volcado en un gesto de soberanía toda la fuerza de su genio creador, como volcó en aquella habitación de sus dieciocho años la pintura roja con que bautizaba su independencia.
  Es verosímil que no hubiera testigos de ese primer acto del ritual; pero sabemos que siguió repitiéndolo invariablemente cada mañana de cada tres de julio, siempre hacia las once, con independencia del tiempo metereológico, de la vida de la ciudad o de sus circunstancias personales. En cada ocasión era la confluencia de esas coyunturas la que imprimía en su gesto idéntico una identidad particular, de modo que sólo a una mirada superficial había ocurrido lo mismo un año y otro. ¿Cómo interpretar, si no, que realizara la misma acción aquella mañana de sus veintitrés años, cuando vivía con su pareja, el pintor Escasany, y la que ejecutó con firmeza el primer tres de julio en que, abandonada por él, ya se encontraba sola en la casa? Este acto contenía toda la fuerza y la determinación de continuar adelante, criando a sus hijos; su pecho descubierto era la imagen misma de la desnudez, de la pobreza en que había quedado, sin pareja, sin el dinero que de él habría debido recibir, sin protección. El hecho de mesarse los cabellos hacia atrás representaba la obstinación por lavar el rostro de la desesperación y encarar la dureza de la vida de frente.
 Con cada año que pasó, el gesto repetido fue cargándose de sentido: la fidelidad a sus hijos, el aceptar convertirse en una signora más de aquel barrio considerado criminal y excluido de las guías turísticas, la rebeldía frente al norte rico y elegante del que provenía, el desafío de su soledad como hija perdida y como mujer repudiada. Hubo un tres de julio para el orgullo y otro para la denuncia social y otro para la independencia y otro para el puro amor por los actos gratuitos e inútiles de los que se enseñorean sobre su tiempo. Petra Menardi retornaba al gesto idéntico enriqueciéndolo en el abismo del silencio y su propio secreto. Tuvo que saborear la oscuridad en la que trabaja el artista, ajeno a miradas y juicios de otros, solo en la fidelidad del orfebre hacia sí mismo, aceptando la posibilidad definitiva del olvido que concierne a todo creador, y que caracteriza a la condición humana en general. Durante años no tuvo la menor compensación de un aliado, de un testigo, de un discípulo que la comprendiese o alabase, que comentara entre otros lo que había descubierto a su lado. Menardi había abrazado, como a su amante, el anonimato y la desaparición; por eso, cuando vinieron los que querrían hablar de ella, ella ya los había despedido.
  Alguna mañana los vecinos no lo supieron, otra hubo uno que la descubrió y tuvo el azar de volver a verla al pasar el año,  hubo quien lo comentó con su compañero, hubo quien se olvidó y también quienes, difundiendo la noticia del acto, terminaron por convocar, para el siguiente tres de julio, el primer grupo que aguardó expectante desde el medio de la calle que se repitiera la exhibición de Petra en la ventana. La ropa tendida a lo largo de la fachada o el aguacero imprevisto o la interposición de camiones o la simple atracción de un evento deportivo pudieron modificar la percepción de aquel mínimo desnudo; pero los habitantes del barrio degli Spagnoli, los vecinos de Via Speranzella sabían que ese gesto se había hecho, que Petra no había flaqueado en su resolución y , de alguna manera, aunque no supieran entenderlo, comprendían que aquella acción sostenía a aquella mujer y le otorgaba una aureola de autoridad; así presentían que emanaba desde ella para conferirle a todo el barrio un respeto que su mala fama y su miseria le habían arrebatado a los ojos del resto de la ciudad. No negaré que algunos de aquellos curiosos, en número creciente, esperasen en medio de la vía sólo  por el placer bien elemental de contemplar durante un minuto un pecho femenino; pero otros me han declarado con emoción que aquella mujer les mostraba la fragilidad de un cuerpo, un pecho que arrostraba las dificultades que ellos mismos sentían a diario, y una mama que para algunos hacía el recordatorio de una infancia perdida y, con ella, la experiencia de quimeras y sueños que habían perseguido siempre y por los que aún peleaban. En los ojos de cada vecino de Via Speranzella era una mujer distinta la que se desnudaba, un cuerpo diferente el que se aproximaba al suyo para estrecharlo en un momento mágico de unión.
  Petra Menardi conoció a algunos hombres más, las gentes los vieron subir a la casa, entrar en su vida, dejarle la huella de su paso, incluso alguno la de un maltrato físico; el siguiente parecía excluir la mala fortuna y las incomprensiones del anterior, pero el que venía luego no resultaba mejor que quien lo había precedido. La historia amorosa de esta mujer parecía condenada a escribir siempre un mismo capítulo. Y, cargando con eso, ella siguió y siguió desnudando su pecho cada tres de julio, sin que ninguno de ellos osara impedírselo, o al menos sin éxito. Cuánta furia no habría en ella contra aquellos maridos temporales y canallas en cada desnudar de sus dedos para librar cada botón de su ojal, cuánta desesperación en el momento de volverlo a su sitio para irse cerrando la blusa de abajo arriba, en orden inverso, para ir cerrando así su boca tras aquella muestra de protesta.
  Sus cuatro hijos crecieron sin padre, y uno a uno fueron cayendo en las redes que teje un barrio deprimido y desasistido para sus criaturas: la soledad, la impotencia, la ira, la violencia, el crimen, la autodestrucción. El mayor arrastró al segundo, el segundo enseñó el camino al tercero, sólo el magisterio de éste se malogró en su hermanita, la única chica, por la afortunada intervención de sus abuelos. El primero de sus hijos apareció muerto por una sobredosis en un portal cercano; al segundo lo perdió con una navaja en el pecho, el tercero sufrió una larga agonía enfermo de sida antes de maldecir su suerte, a su madre, a los que no le quisieron, al mundo. En cada ocasión, Petra Menardi salió a su ventana. Se abrió la camisa por no rasgarla del dolor por su primogénito;  botón a botón los fue desabrochando tantos como años había sufrido por el segundo; se mesó los cabellos en un largo gesto por el tiempo de amargura que había padecido a causa de su hijo tercero. Para cada uno, un momento de su rito quedaba consagrado, señalado entre otros, como imposible de confundir era cada uno de los chicos que había criado y había dilapidado para la vida sin saber educarlos. Lo comprendían los vecinos, y la esperaron las tres veces en la solemnidad de su silencio en la calle, suspirando, maldiciendo o llorando con ella, derrumbándose o sublevados cuando les abría el pecho y parecía decirles, mirad, he aquí la herida, la llaga tres veces infligida en mi costado.
  Los abuelos aparecieron un día avalados por los jueces para privarla de la custodia de la pequeña. No sé decir si opuso resistencia o fue para ella una liberación, la respuesta de la niña tampoco ha sido registrada. Los que la vieron aquella mañana del tres de julio dicen que nunca su gesto de asomar su cuerpo a la ventana fue tan terrible. Iba abriéndose la blusa como a tirones, un rato largo se mantuvo con la prenda abierta sobre un cuerpo macilento que los sufrimientos estaban empujando a su acabamientos, y un gesto impresionante ejecutó para retirar la parte izquierda de la blusa como si descorriera un telón, como para dejar que las miradas de sus condolidos vecinos pudieran mirar hasta el fondo, sin el menor pudor, la aflicción que ella sentía. Algunos testigos me han dicho que, pasados unos minutos de conmoción, no pudieron impedir su deseo de vitorearla: un estallido de júbilo mezclado con lástima, de compasión asistida de furia se apoderó de hombres y mujeres allí reunidos, que empezaron a llamarla: bella, carina, fiore, incluso, madonna y ¡vergine! Es casi imposible imaginarse la escena en que el prosaísmo de esa calle más bien estrecha, oscura, maloliente se aupaba de pronto sobre sí para gritar, aplaudir, saludar, llorar, con la intención de rendir homenaje a una mujer que vivía entre ellos, precisamente en el momento de su mayor fracaso, del mayor dolor, cuando todos sus deseos y aspiraciones se habían destruido irremisiblemente.
  Aquella casa hoy reconocible de Via Speranzella continuó siendo la residencia de Petra, a quien sus convecinos empezaron a llamar “la dama”; nunca salió de allí. Cada tres de julio las gentes siguieron fieles al ritual, al que acudían por sentimiento, devoción o afecto hacia aquella mujer y con la cual, fuera de aquel momento, convivían con la mayor naturalidad, la familiar franqueza con que los napolitanos se tratan entre sí. Una vez, un equipo de televisión se presentó en la calle para tomar imágenes de la celebridad; eso no debió gustar a un grupo de vecinos que acabó agrediendo a los periodistas y requisó las cámaras; el proyecto quedó en nada, de manera que nunca se tomaron imágenes del evento, como si la calle, el barrio mismo hubieran emprendido un acto de adopción hacia la mujer y rechazaran que su gesto pudiera exhibirse ante ojos foráneos que no sabrían entender su grandeza o lo  malinterpretarían. Es conocido para quienes nos hemos interesado por Petra que, muertos sus padres, un hermanos suyo quiso entregarle el dinero de la herencia que le correspondía y, con ese pretexto, convencerla de que saliese de aquella ciudad en la que no veía expectativa ninguna y, lejos de la cual, su vida pudiera enderezarse. Ella rechazó todas sus palabras. Me pregunto hasta qué punto si porque para una mujer de su temperamento extremo aquello significaría una rendición, o porque era incapaz de entender su vida sin la obra artística que ejecutaba allí.
  Yo vi personalmente a Petra Menardi por entonces; su gesto adusto me pareció que rezaba la voluntaria consagración a un acto especial, no sólo artístico, sino desde luego profundo porque abrazaba su vida entera; nada encontré en él de rutina, de pose, de complacencia consigo misma o con los demás. Sentí que aquel tres de julio estaba empezando una serie nueva, ¡aunque llevaba ya cuarenta años haciéndolo!, sentí también que se me ofrecía a mí, igual que a los demás, la oportunidad de verlo como por primera vez y que lo ponía ante mis ojos para que yo también participase de su mística, siempre que asistiera en silencio, expuesto a su potencia capaz de despertar hondas emociones y asociaciones íntimas que yo no debía declarar a nadie; como tampoco elle revelaba a ninguno de nosotros nada más que la superficialidad del acto que conocíamos de memoria. No diré el grado de revelación que me produjo, ni voy a anotar aquí expresiones retóricas para alimentar una fama que nunca ha buscado o reivindicarme a mí mismo; sólo puedo declarar que no me defraudó y que no voy a olvidarla.
  Cuando ya había cumplido sus setenta y tres años quiso asomarse aquel tres de julio a la ventana; para ello necesitaba ayuda, pues era una mujer anciana que sufría una cadera rota y que, atacada de reuma, hacía ya tiempo que era incapaz de mesarse los cabellos como solía, y sólo con ciertas dificultades se desnudaba sola. Alguna vecina cubría estos menesteres. La expectación era grande, acrecentada de hecho cuando su deterioro físico se había vuelto tan evidente que algunos pensábamos que aquella vez sería la última. He averiguado que cuatrocientas o quinientas personas la esperaban abajo, como las diez o doce ocasiones precedentes; el tráfico se había interrumpido con los vecinos como fiadores del orden, y el silencio expectante se apoderó de la vía habitualmente ruidosa. Algunos comentaban que por fin diría unas palabras de despedida, otros negaban que fuera a variar el rito. Apoyándose en la vecina de al lado y en un miembro del sindicato, Petra se asomó por última vez a la ventana de su casa; fue la mujer quien la ayudó a abrirle la camisa porque a ella le faltaban las fuerzas. Nadie la recibió con vivas ni con aplausos, sino con la unción de los devotos. La vieja dama aparentaba bastantes más años de los que tenía, sus cabellos caían largos y blancos junto a su rostro y su cuello señalados de arrugas, sus manos mostraban manchas prematuras y la torpeza de la vejez; pero llevaba sobre sí la misma camisa blanca de siempre, con su fila de botones abrochados. Su brazo izquierdo tuvo que apoyarlo sobre el del hombre, la vecina le sujetaba el codo derecho por si iba a vacilar mientras se desabrochaba. Dicen que los segundos se detenían en cada gesto; cinco, seis botones tenía acaso su blusa; sus dedos cinco o seis veces hicieron el sencillo acto de localizar el pedazo duro y liberarlo como a un ojo para la visión; en tanto la prenda se iba abriendo, dejando que el calor húmedo de la mañana de estío refrescase una piel ajada. ¿Era el recuerdo de la vida lo que estaba mostrándonos?, ¿era la imagen de la muerte que ha de sobrevivirnos? ¿De qué se trataba en aquellos momentos? ¿Se mostraba la imposibilidad de comprender la gravedad última de cualquier gesto que hagamos, o del hecho incontrovertible de que toda vida consiste en pequeñas y cotidianas acciones? Una mujer que se desviste una y otra vez, porque ha de vivir un día y otro; una mujer que reconoce su cuerpo después de descubrirlo y antes de volver a ocultárselo, ocultárnoslo… ¿porque necesitamos la máscara?, ¿porque acaso es invencible el pudor?, ¿porque no sabemos en realidad nada cierto  de lo que con toda fatuidad llamamos nuestra existencia? Ya se había desabotonado la fila y entonces tenía que mostrar su pecho; y aquella anciana desnudaba su seno arrugado, flácido, verdadero. Se mantuvo un momento así, hasta que sintió que la debilidad vencía sus piernas; tuvo, sin embargo, el vigor de impedir que su compañía la asistiese en la operación de volver a cubrirla. Petra agotó su energía en abotonarse uno a uno los mismos botones, empleando su tiempo en eso, no dejando que ningún otro objetivo se interpusiese; pienso yo que invitando a sus amigos, a sus espectadores a malgastar junto a ella ese tiempo para el recato. Cuando terminó, por fin, no pudo ya realizar el gesto que siempre venía después. Temblaba todo su cuerpo al querer llevar las dos manos sobre su rostro y recorrerlo de abajo arriba, alcanzó hasta la frente y ahí desistió, el dolor de las articulaciones le impedía ostensiblemente acariciar sus cabellos, por detrás como nos había acostumbrado; bajó la mano izquierda y con la otra se tocó el cabello junto a la oreja, no en un ademán de coquetería, sino para esbozar al menos el gesto que fue tan suyo de mesárselo. Esa mano vieja sobre su oreja como una caricia final puso remate a su acción. No dijo nada, sonrió levísimamente a los congregados, o quizás a la ciudad, o a todos, o a sí misma, y dirigió una mirada a sus acompañantes de una forma que podía significar tanto “gracias” como “la obra ha concluido, ayudadme a descansar; y cerrad la ventana”.
  Yo no estuve allí, refiero lo que me han contado; pero declaro que sí soy testigo de su última acción, porque ella no la ejecutó con el fin de que la retuviesen los afortunados que se habían congregado junto a su ventana, tampoco sé si para que alguien, un curioso como yo, un profesor o  un crítico disertaran sobre ella en conferencias y artículos; sino porque la había hecho por sí misma, para sí y para quien ocupase entonces su pensamiento. Debo dejar constancia, de nuevo, del hecho capital, fácilmente olvidable, de que durante varios años nadie supo de su existencia, y que, sin embargo, Petra Menardi ejecutó su acto con fidelidad. Pienso ahora en la suma de todos esos significados, los que le dio, los que le dimos, los que nunca podremos corroborar, los que se nos  han escapado. Pienso sólo en el misterio de aquella sencillez.
 

viernes, 20 de marzo de 2020

RELATOS PARA LA CUARENTENA: CARE SANTOS

Me he acordado de este inquietante, breve y original relato de Care Santos que leí hace unos años sobre el Apocalispis y que nos viene ahora como anillo al dedo. No os destriparé nada. Os dejo solo este pensamiento de la protagonista: He aquí una verdad insoportable: nuestro único papel en la ciudad y en el mundo era evitar el avance de la tierra y la maleza.


POR LAS NOCHES AULLAMOS
Care Santos


   DE MODO QUE ME QUEDÉ A ESPERAR AQUÍ, en la tercera con la setenta y cuatro. Fue después de dar algunas vueltas por las calles colindantes. No me agradaba la idea de vivir a la intemperie. Es absurdo, ya lo sé, pero el apego por ciertos lugares permanece intacto. Especialmente por aquellos que nos traen buenos recuerdos. Para mí, la esquina donde estuvo J.G. Melon’s, la mejor hamburguesería del mundo, según decían algunos, es uno de esos lugares. Fue aquí donde Ian me pidió que me casara con él, apenas unas horas antes del apagón. Habíamos pedido dos beiconburguers y dos raciones de patatas fritas. Teníamos planes. Ian había visto una casita que alquilaban a buen precio en Brooklyn, junto a otra que ocupaban catorce mexicanos (de la  misma familia). No descartábamos tener hijos ( a Ian le gustaban mucho) e incluso habíamos hablado de ello en serio. Es extraño, aún me entristece pensar en estas cosas, ya tan lejanas. Rápidamente aparto los pensamientos negativos y me digo: Lo que no tiene remedio sólo es una pérdida de tiempo.
   No sería tan descabellado que Ian regresara. Creo que otros lo han hecho. Él, después de todo, tiene más motivos que muchos. Yo soy un buen motivo, o por lo menos lo fui, un rato antes del apagón. No se me despintan de la memoria sus ojos húmedos. Nunca nadie me mirará como tú lo haces, le dije, antes de que la frase cobrase  un sentido macabro. Hace meses que pienso seriamente en la posibilidad de un reencuentro y me resigno a perder la esperanza. Aunque cada vez quedamos menos. Y el reconocimiento no es posible cuando no ves al otro, cuando la comunicación se reduce a algunos suspiros y jadeos. Estamos forzados a vivir en un mundo de sombras invisibles, donde a los demás sólo puedes presentirlos, lo mismo que ellos a ti. Es cierto que, desde que aprendimos a hacerlo, nos escuchamos, pero nuestros sonidos conocen una gama muy limitada. Sólo los más afortunados logran gemir. El resto, jadeamos, o emitimos algún que otro suspiro o –eso es lo que hace la mayoría, por lo que sé- nos limitamos a respirar un poco más fuerte de lo que habríamos hecho antes. Es por eso que nuestro lenguaje resulta caótico, inquietante, una dramática vuelta al comienzo. En realidad, nunca terminas de acostumbrarte.
   No es que pretenda ser optimista a pesar de todo, pero algo me dice que Ian es una de las presencias que siento a todas horas alrededor, en este lugar que algún día fue tan especial. Ahora, los matorrales cubren las máquinas y las paredes comienzan  a desconcharse. En el suelo se han abierto grietas donde explota la vegetación y el techo está devastado por las goteras. Cualquier día, los pisos superiores se desplomarán sobre los de abajo y todo se reducirá a escombros. En la calle, allí donde los vehículos se detuvieron, ya no quedan más que hierros oxidados. El asfalto resulta casi invisible bajo la tierra y la hierba. Incluso han comenzado a crecer los árboles que nacieron en mitad de la tercera avenida.
   He aquí una verdad insoportable: nuestro único papel en la ciudad y en el mundo era evitar este avance.
   Todavía escucho jadeos, pero ya no a todas horas, como al principio. Tampoco oigo a los demás arrastrándose, sigilosos, entre la maleza, como antes sobre los cristales rotos. A veces me parece que me cruzo con alguien, que hay un ser muy cerca que puede presentirme, como yo a él, pero entonces procuro permanecer quieta, a la espera, observando las calles invadidas. A veces le oigo seguir su camino, y otras pienso que han sido sólo imaginaciones mías. La incertidumbre me acompaña a todas horas.
   Al principio los oía por todas partes pero poco a poco comenzaron a desaparecer. Me inspiraban terror. Luego, tal vez me acostumbré a ellos. La resignación es triste y silenciosa. No fue fácil asumir que la ciudad había dejado de pertenecernos.
    No tengo muy claro cómo pudo ocurrir. Fue de pronto, en una noche lluviosa. La ciudad que nunca descansaba se detuvo en un instante, como un enorme engranaje que se atasca. Como si alguien acabara de apagar el interruptor del mundo.
   Clic.
    Los coches humearon aún unas horas más, con los limpiaparabrisas en marcha, marcando un compás macabro; los semáforos continuaron cambiando del rojo al verde, del verde al ámbar, del ámbar al rojo, en una secuencia estúpida: Walk. Don’t walk. Nadie atiende las órdenes. Los relojes marcaron un poco más el tiempo en el lugar donde ya nadie los necesitaba. Hubo cláxones accionados por el peso de algún cuerpo inerte. También sirenas aullando en las calles desiertas, hornos que terminaron su cocción, electrodomésticos cumpliendo su programado cometido, cadenas de montaje fabricando productos que antes de estar acabados ya eran inútiles, aviones que continuaron planeando, ascensores subiendo y bajando, convoyes del metro que siguieron su ruta interminable, cargados de cadáveres desplomados.
   A un observador poco meticuloso podría haberle dado la impresión de que la ciudad continuaba viva. Pero sólo se trataba de un espejismo. En cuestión de horas, apenas un par de días, todo enmudeció. Se agotó el combustible de los depósitos, nadie dio cuerda a los mecanismos antiguos, no hubo quien se ocupara de  recargar las baterías. Cuando las centrales eléctricas comenzaron a claudicar, como gigantes, una tras otra, el mundo dejó de ser obra nuestra.
   Poco a poco, fueron callando las sirenas, los motores, los disparos, la música, las alarmas, los traqueteos… Al último latido de vida mecánica siguió un silencio desolado.
   Siempre estuve aquí, detrás de todo, parecía decirnos aquella horrible quietud.

  No fue divertido comprobar que las cosas no se parecían a lo que nos habían dicho. Nosotros, pobres criaturas aferradas a cuatro paredes, no disponíamos de la movilidad que siempre atribuimos a los seres incorpóreos. Ni siquiera éramos ágiles en los desplazamientos, de modo que más de cuatro escalones ya eran para nosotros un obstáculo insalvable. Estábamos, pues, condenados a vagar por terrenos llanos, lo cual en una ciudad como esta resultó un verdadero inconveniente. Y si nuestro peregrinaje por calles que ya no se parecen a las de antes resultaba penoso, no quiero ni imaginar lo que fue de todos aquellos que se quedaron apresados en pisos altos, o en el subsuelo o en el mirador del Empire State. Si no supiera con certeza que la ciudad enseguida se llenó de lobos, pensaría que eran los atrapados quienes aullaban a la Luna desde que se ponía el sol hasta bien entrado el amanecer.
   Fueron ellos, los lobos, los que se adueñaron de todo. Se podría decir que ahora son los verdaderos dueños de la ciudad. Su llegada fue casi inmediata, pero sucedió a la de las ratas y los insectos. En los primeros días, no era raro tropezar en mitad de la calzada con un coche invadido de roedores excitados por la abundancia de comida. Y eso que al principio las ratas debieron lamentar nuestra desaparición (les proporcionábamos tanto alimento, tanta distracción…) pero pronto supieron verle las ventajas. Aunque la mayor suerte correspondió a los insectos. Anulada la feroz resistencia con la que siempre nos opusimos a su avance, lo devastaron todo. Calculo que los siete millones de volúmenes de la Biblioteca Pública debieron de quedar reducidos a polvo en sólo siete días. Y en sus escalinatas anidaron los buitres.
   Pero ¿qué son un montón de libros al lado de los puentes de  hierro, de las moles de hormigón, de los rascacielos que se precipitaron al vacío? Poco a poco los oímos caer, uno por uno. Primero cedieron los cristales. Luego, las carcasas de hierro y hormigón. La ciudad entera comenzó a  corroerse. La gangrena del óxido lo invadió todo y pudo mucho más que la piedra. Durante un tiempo regresó el ruido: el desplome de las estructuras que un día levantaron los  humanos, orgullosos. Luego, nada. De día, viento y follaje. De noche, los lobos aullándole a la Luna.
   Y nosotros, los fantasmas, aterrados, escuchando.

   Escucho la voz de Ian que me dice al oído: Nunca debimos hacerlo, nunca debimos ser tan arrogantes. Levantar esta ciudad sobre un bloque de piedra, a quién se le ocurre.
   Estamos en nuestra mesa de J. G. Melon’s. Él lleva una chaqueta nueva, un regalo mío de cumpleaños. En la mesa languidecen nuestras hamburguesas poco hechas, junto a las dos raciones de patatas. Tras el mostrador, el camarero da cuerda a un viejo reloj mientras consulta el tiempo exacto en su teléfono móvil. Al otro lado de los ventanales circulan taxis a toda prisa, en dirección al centro de la ciudad. Sus  ocupantes desconocen que se acaban de convertirse en comida para ratas. Los semáforos iluminan la noche con su cielo de luces verdes, naranjas y rojas. Falta muy poco para que comience el reinado del silencio.
   La lluvia ha comenzado a caer.
   Ian pregunta:
   ¿En qué piensas, si puede saberse? Estás muy callada.
   Estoy demasiado conmocionada para contestar.
   Oigo jadeos y suspiros junto a mi oído. No entiendo lo que dicen, pero son tan nítidos como la conversación de la mesa de al lado.
   Me pregunto por qué él no los oye. Por qué sólo yo.
Siento pánico a sobrevivir, a quedarme sola. No quiero ser distinta.
   Ian sonríe, feliz con nuestros planes de futuro. No sabe que el futuro acaba de convertirse en un abismo.
   Escucho, lejano, el primer aullido. Se acercan.
   La lluvia deja de caer.
   Clic.
   Quiero decírselo:
   No te separes de mí, por favor. Quédate conmigo.
   Él se levanta para ir al baño. No oye los aullidos.
Tampoco los jadeos.
   Digo, imploro:
   Si pasa algo y tenemos que separarnos, te estaré esperando aquí hasta que regreses.
   Él se aleja riendo, como si le acabara de gastar una broma.