Blog de Regina Salcedo Irurzun

jueves, 19 de marzo de 2020

RELATOS PARA LA CUARENTENA: WELLS TOWER


Este relato de Wells Tower nos muestra la turbia y compleja relación de un hijo con su padrastro. Una relación  sustentada en la violencia, violencia palpable, y sobre todo, violencia latente en forma de tensa amenaza, de leopardo fantasma. Nos cuenta también que no hay  lugar en el mundo (por mucho que uno se esconda en el monte o en un búnker apocalíptico) a salvo de esa violencia, porque, desgraciadamente, todos la llevamos con nosotros.


LEOPARDO
de Wells Tower


Buenos días.
No has dormido bien. No abras los ojos. Saca la lengua. Busca la pequeña calentura que tienes en el labio superior. Reza para que se haya curado durante la noche.
No ha habido suerte. Ahí sigue, la notas áspera cuando la rozas con la lengua, aunque es muy pequeña: el diámetro es menor al de la goma de un lápiz, pero parece mucho mayor. Tu madre dice que es un hongo, y siente menos pena por ti de la que debería.
Su sabor es mejor que su aspecto. Ese hongo recuerda a una hamburguesa minúscula, llena de grietas, marrón, justo en el centro de la pequeña zona aflautada entre el tabique nasal y el labio superior. Ayer, en el comedor, Josh Mohorn señaló aquel parecido en una mesa llena de amigos tuyos. Algo doloroso, teniendo en cuenta lo mucho que te gustaría ser Josh Mohorn.
Él se volvió hacia ti y te dijo:
- Eh, Yancy, ¿me harías un favor?
- Dime . respondiste, emocionado por el infrecuente placer de que Josh te hiciera caso.
-¿ Te podrías sentar ahí?- te pidió, señalando el otro extremo de la mesa - . No puedo comer viéndote esa puta hamburguesa en la cara. - Hasta tú tuviste que admirar la sucinta poesía de esa frase, que enseguida propició que todo el mundo se burlara de ti y te llamara "Burger king" o "Hamburguesa" o "vacuno", unos nombres que perduraron el resto del día y con los que seguramente te darán la bienvenida hoy al llegar al colegio. Tienes once años, la edad en que nuestras esencias empiezan a revelarse, irremediablemente, a uno mismo y al mundo. Del mismo modo que Mohorn es irremediablemente un as del fútbol y un as de la moda de cabello esponjoso y mocasines blancos de ante, tú eres un chico irremediablemente aquejado de hongos.
Hoy no vayas al colegio. Di que estás enfermo.
Tu madre entra para despertarte. Cuando está en casa siempre lleva unos vaqueros manchados de pintura y camisetas viejas a través de cuyas mangas deformadas le sueles ver el vello de las axilas. Pero esta mañana se ha vestido para ir al trabajo: lleva una blusa de satén azul y unos pantalones blancos y ajustados, prendas que apuntan a una vida secreta.
- No me encuentro bien - le dices.
- ¿Te duele algo? ¿La tripa?
- Sí. -respondes.

- Vaya por Dios - comenta ella-. Espero que no hayas pillado el virus ese que tiene todo el mundo.
- No sé lo que es- continúas, respirando de manera superficial-. Pero me duele.
Ella te coloca la mano en la frente y la deja ahí. Tiene el dorso frío y seco. Siempre le has adorado esas manos: dedos largos y finos, uñas limpias y curvadas que no necesitan esmalte. En el nudillo del dedo índice de la derecha se le ve un punto rojo y perfecto, como un sello de calidad del fabricante. Te mete los dedos para tocarte el pecho. Tienes la piel resbaladiza por el sudor. Has dormido, como siempre, con la ropa con la que vas al colegio, vaqueros y una cazadora, entre el caos crujiente de los libros y revistas que forman montones en tu cama. El año que viene cumplirás doce años, pero sigues disfrutando del sueño profundo e imperturbable de un niño pequeño. Podrías descansar plácidamente durante ocho horas en una caja.
Los dedos de tu madre te rozan el esternón, cosa que te incomoda. Hace poco te han aparecido en esa zonas unos granos enormes y dolorosos. Notas cómo palpitan, humillados y avergonzados, cuando tu madre los toca. Esa parte de tu cuerpo constituye una fuente de preocupación, en parte porque, hace unos años, una niñera te dijo que durante la pubertad a todos los chicos les nace un punto débil en el pecho, como la fontanela de los bebés, y que se puede matar a alguien dándole un puñetazo en ese sitio. Esa niñera era muy mentirosa, ahora te das cuenta, incluso más que tú. Te contó que en Florida había una raza de payasos asesinos que llevaban cuchillos de cocina y que te perseguían si cometías algún pecado. También afirmaba que los médicos practicaban abortos haciendo que el niño naciera y después metiéndolo en un cubo y dejando que llorara hasta la muerte. Pero no estás del todo seguro de que mintiera en eso del punto débil. Esa idea te fascina. Te revuelves para apartarte de la mano de tu madre.
- ¿Qué, quieres quedarte en casa?
Traga saliva otra vez. Cierra los ojos.
- No sé. Igual sí.
- Bueno.
Te da un beso y se pone de pie, agachando la cabeza para no chocarse con la litera superior, en la que guarda mantas y cajas con cosas suyas. Hace bien en tener cuidado. Hace poco te diste un golpe tan fuerte contra esa litera que la vista se te nubló y viste una luz blanca e intensa. Llevado por la rabia, atacaste a la cama con tu navaja y le infligiste heridas menores e insatisfactorias. Las pequeñas mellas y agujeritos del bastidor constituyen un deprimente recordatorio de un ataque absurdo.
En la estantería de detrás de tu cabeza está el radiocasete que te regaló tu padre por tú décimo cumpleaños. Tienes montones de cintas con tus canciones favoritas grabadas de la radio, por lo que todas ellas empiezan unos segundos tarde, pero no te importa. Te gustaría escucharlas, pero oyes a tu padrastro deambular por la cocina. Está montando un estrépito con los cacharros y dando patadas a las cosas, con tanta fuerza que supones que lo hace a propósito. No tocas el radiocasete porque no quieres que sepa que estás despierto.
Tu madre y él viven en medio de ocho hectáreas de un bosque tupido. Tu  padrastro se cree una especie de pionero socialista y no tiene un trabajo normal. está demasiado ocupado cuidando de los tres huertos enormes del terreno y partiendo troncos para el horno de leña de cuya compra convenció a tu madre. Lo que más valora es el esfuerzo: y en cuanto te descuidas aparece y te endilga una escoba o te da un cubo de ropa mojada para que la tiendas, o te manda a buscar leña o limpiar un lavabo o a cavar una zanja Su frase más característica es "Tengo una tarea para ti", y a veces la imitas para que tu madre se ría.
Pasas el dedo pulgar por la carne blanca y blanda del antebrazo, que aún tienes decolorada por una tarea que te viste obligado a hacer el verano pasado. Tu padrastro te obligó a desbrozar casi media hectárea llena de madreselva, maleza y enredaderas en las que quería erigir un cobertizo. Cuando ibas por la mitad y él y tu madre habían salido, rociaste aquellos matojos con decapante y les prendiste fuego Te cercioraste de tener cerca la manguera, pero las llamas no se descontrolaron. En una hora de incendio terminaste con el trabajo de tres días. Pero te quedaste impregnado de humo, y dos días después te salió una urticaria monstruosa. Te aparecieron ampollas en las manos, el cuello y los párpados. Luego se abrieron y se endurecieron configurando una multitud de joyitas marrones. El médico dijo que podrías haber muerto si hubieras tragado el humo. Al enterarte lamentaste no haber inspirado un par de bocanadas: no tantas como para diñarla. Pero te gustaba la idea de tener que pasar una temporada en una cámara de oxígeno por culpa de una tarea que tu padrastro te había encomendado.
Si le respondes que no cuando te ordena que lo dejes todo para hacer un recado, eso se llama "insolencia". "Estoy harto de tu insolencia", declara; también dice: "Estoy hasta los huevos de tu insolencia". Es un hombre delgado y frágil con gafas de montura metálica, pero ni su escasa corpulencia ni su forma de hablar, como si fuera un matón de película de tres al cuarto, disminuyen el miedo que te inspira. Te ha abofeteado unas cuantas veces. Hace poco, tu padre vino a recogerte y tu padrastro se peleó con él. Lo tiró al suelo, cogió una piedra del tamaño de un balón de fútbol e hizo el ademán de tirársela a la cabeza. Pero la soltó y se rió. A partir de entonces, durante muchos años, cuando pienses en tu padre, esa imagen de él , agazapado en el jardín, tapándose el cráneo con las manos para protegerse a la desesperada del impacto de la piedra, aparecerá de forma invariable. Cuentas los días que te faltan para cumplir dieciséis años. edad en la que has decidido arbitrariamente que podrás enfrentarte a tu padrastro en una pelea.




A las doce y media oyes el chirrido de la puerta principal y un portazo, y después el zumbido como de avispón que emite su triturador de hojas al ponerse en marcha. Se ha puesto otra vez a fabricar mantillo, una sustancia que parece apreciar más que la comida o el dinero. Ya puedes salir de la cama sin peligro. Vas a la cocina y te sirves un enorme cuenco de cereales. Te diriges con él al dormitorio de tu madre y de tu padrastro, donde se encuentra el único televisor de la casa. Te alegras un montón al encontrarte con la serie Mi bella genio  en uno de los canales infantiles. Jeannie se ha rebotado porque, como regalo por la pedida de mano, los amigos del capitán Nelson han llenado la casa con obras de arte creadas por un genio pésimo, unas esculturas que emiten un ruido como de tripas. El vientre de Barbara Eden te excita muchísimo. Te sobas en la entrepierna. Casi al instante oyes que el triturador de hojas deja de funcionar. Apagas el televisor, corres a la cocina y te colocas delante de la mesa. Aparece tu padrastro, imbuido de un intenso olor a plantas. En el pecho y en los brazos brillantes se le han pegado hojas y fragmentos de tronco.
- ¿Te encuentras mejor? - pregunta.
- No mucho.
Te pone una mano áspera en la frente. Esa mano desprende un delicioso aroma a gasolina.
- Pues no me parece que tengas fiebre.
- Lo que me duele es la tripa.
- ¿Has vomitado?
- No- reconoces.
- Pues debes de sentirte mejor, de lo contrario no te habrías tomado esa leche. Si ya puedes tomar leche es que estás mejorando.
Tú no entiendes qué tiene que ver la leche con todo aquello, pero no quieres discutir con él.
- Es que me duele la cabeza -aduces-. He pensado que me vendría bien comer algo.
Él esboza una sonrisa suspicaz y resopla. como eres un mentiroso joven normalmente no te cortas, pues piensas que los adultos tienen cosas más importantes que hacer que andar rebatiendo todas las mentirijillas que cuenta un niño. Pero da la impresión de que tu padrastro dispone de muchísimo tiempo para estudiar y poner en duda todo lo que sale de tu boca. Se pasa días enteros buscando pruebas que demuestren que las marcas de dientes de un lápiz son tuyas, aunque hayas negado haberlo mordido. El odio que sientes por él es absoluto e incesante, aunque eso sólo se debe a que tu mundo aún es pequeño, y él desempeña un papel demasiado grande en la historia de tu vida. El hecho de que él parezca detestarte con una energía una dedicación semejantes a las tuyas constituye una prueba de que tu madre se ha casado con un niño malvado y peligroso.
- Deberías salir a que te dé el aire-afirma-. ¿Por qué no vas a buscar el correo?
Eso no es justo. El camino de acceso a la casa tiene casi un kilómetro de gravilla llena de surcos y se tarda quince minutos en recorrerlo y, que tu padrastro sepa, tú estás malo.
- ¿Por qué? Ya lo cogerá mamá cuando venga a comer.
- Ve a buscarlo-insiste-. Te vendrá bien que te dé el aire.
- Es que estoy un poco mareado.
- Me apuesto un helado de chocolate con nata a que sobrevives.
Emprendes el camino con los pies descalzos y empiezas a cruzar el jardín. la tierra que pisas esta repleta de túneles de topos. Es un caluroso día de otoño. La claridad del cielo confiere a los árboles el aspecto de un decorado de televisión con un fondo azul colocado detrás de ellos. Ya se te han quitado lo callos del verano y la gravilla del camino pincha, lo que te obliga a caminar a saltitos y levantando mucho los hombros, como un pájaro que intenta volar. Le echas la culpa a tu padrastro de lo molesta que resulta la gravilla, y cada pocos pasos coges un puñado y lo lanzas al bosque, esperando que reponer esos puñados cueste mucho dinero.
Pasas al lado de la leña apilada y del corral. Pasas al lado de la franja del bosque en la que  en cierta ocasión construiste una preciosa caseta que rodeaba la parte inferior de un roble. Estaba bastante bien hecha: la habías fabricado con ramas arrancadas por el viento talladas con una navaja, y para el tejado habías empleado agujas de punto. Un día, un chico de la nueva urbanización del otro extremo del bosque apareció y reñisteis. Al día siguiente encontraste la estructura de la caseta esparcida por el claro y tu alijo de chucherías poco apetecibles - anacardos crudos, chips de plátano-desparramado en el suelo. Le comentaste ese acto vandálico a tu padrastro, una mañana de domingo, cuando el chico y su familia habían salido a la iglesia, y los dos atravesasteis el bosque y os cargasteis la casa del árbol, muy cara, que había en la finca de los padres de ese chaval. Tu padrastro arrancó el tejado de zinc y destrozó la escalera con una palanca. Tú rompiste las ventanas de cristal tirando piedras, y el poder que sentiste te llegó a doler: los dos unidos en la misma tribu salvaje y justiciera.
Abres el buzón. Está hasta los topes de revistas, facturas, catálogos y folletos de supermercado en los que aparecen hileras de carne de ternera: al ver aquello te palpita la calentura del labio. Debe de haber cinco kilos de correo, una carga resbaladiza que un enfermo no debería acarrear. En la parte superior de la pila hay algo que te llama la atención. Es una octavilla hecha a mano con una imagen fotocopiada de algo que parece ser un leopardo. "Mascota perdida", se lee en ese papel, en una parte inferior hay un número de teléfono. Una brisa te roza el cuello. Te das la vuelta y escudriñas el bosque, aunque no ves nada. Las hojas todavía no se han caído y es imposible distinguir algo más allá de cinco metros. Vuelves a fijarte en la octavilla. El leopardo parece escuálido y poco amenazante, pero el corazón se te acelera un poco al saber que puede andar por ahí, caminando entre los aburridos montones de serrín de pino que hay cera de tu casa, pisando con las patas moteadas, sin hacer ruido, las raíces de los árboles, las agujas de los pinos, los tesoros ocultos cubiertos de hojas y compuestos por latas de cerveza viejas y botes de medicamentos, allí arrojados por descuidadas personas de otros tiempos. Si hay un leopardo en las inmediaciones, el bosque ahora es un lugar famoso.
Desde el otro extremo del camino vuelves a oír el gemido que produce el triturador de hojas al arrancar, un ruido de una crudeza y de una estupidez sobrecogedoras, un insulto a los estremecimientos y los movimientos sutiles del bosque vivo que te rodea. si ese leopardo anda por la zona seguro que la profanación de ese silencio perpetrada por tu padrastro le resulta ofensiva. A un leopardo no le costaría nada atacarlo por detrás y llevárselo sin dejar rastro.
Es casi la una, la hora a la que tu madre llega a comer. No quieres quedarte solo en casa con él. Todavía te da rabia que te haya obligado a recorrer todo el camino el día en que estás enfermo, en tu día especial de descanso. Avanzas unos cuantos pasos y el plan se forma solo. Con mucho cuidado diseminas el correo en la gravilla, formando un abanico, para que parezca que lo han tirado de golpe. Te tumbas en el surco de un neumático y extiendes los brazos y las piernas para imitar la postura de una persona que se ha desmayado súbitamente. Cuando el coche de tu madre tuerza y acceda al camino, ella te encontrará ahí. Es posible que tenga que pisar el freno para no atropellarte, pero estás lo bastante alejado de la entrada y no crees que te arrolle sin darse cuenta. Bajará llorando y angustiada. Dejarás que te obligue a contárselo, lo que te ha pasado con tu padrastro, que te ha mandado a buscar el correo.
No te muevas. No te fijes en que la grava se te clava en la mejilla. No estropees la escena. Cabe la posibilidad de que ella no se lo trague. Ya se cree a medias lo que tu padrastro le dice de ti: que eres un pequeño embaucador incapaz de abrir la boca sin contar una mentira.
Un insecto, seguramente una inofensiva hormiga negra, te sube por la parte posterior de la pierna. Pasan muchísimos minutos. A medida que transcurre el tiempo, el subidón de euforia que al principio has sentido por la brillantez de tu estratagema empieza a perder fuelle y a convertirse en vergüenza. Decides esperar a que pasen diez coches por la carretera de asfalto, y si entonces tu madre no ha llegado, te levantarás y volverás a casa.
Se abre una puerta y la sensación de alarma te deja la lengua pastosa y caliente. Cierras fuertemente los ojos. Unos zapatos de suelas duras crujen en la gravilla, mientras se acercan a ti, alguien se agacha por encima de ti.
- ¡Eh, chaval!¡oye!-Es la voz de un hombre, aguda e intranquila. Una mano te zarandea el hombro- Chico, despierta.
El hombre respira entrecortadamente. Te sobresaltas cuando unos dedos calientes te tocan el cuello para buscarte el pulso. Deja que se te abran los ojos, no olvides parpadear con rapidez, como hacen los actores de cine cuando se recuperan de un desmayo. Lo primero que ves es un zapato de brillante piel negra, seguramente de plástico, que después da paso a a pernera gris de un pantalón de tela sintética, tan limpio y tan bien planchado que parece que lo han fabricado con un molde. Echas un vistazo al cinturón, en cuya funda hay una gran pistola negra; miras mas arriba y distingues una placa de cromo en la limpia camisa gris. Es un hombre joven, con ojos saltones y un rostro grande y pálido enmarcado por unas patillas rubias bastante ralas.
- Tranquilo - te dice-, tranquilo.
Si hay alguien que tiene que tranquilizarse es el agente de policía, no tú. El hombre mueve esa cabeza enorme de un lado a otro para evaluar el estado de tu cuerpo, como el escrutinio histérico de un gallo que busca un escarabajo.
- ¿estás bien? -vuelve a preguntar-. ¿Te duele algo?
- No...Creo que no.
- ¿vives aquí?
- Sí; estoy bien - afirmas. Te incorporas. El agente te pone una mano en el hombro.
- Tranquilo.- Se frota un ojo-. Dios mío. Me has dado un susto de muerte, chaval. Primero te he visto a ti y luego todo el correo desparramado. He pensado: "¡Santo Dios!" Me ha parecido que te podían haber disparado desde un coche, o que al menos te habían atropellado y se habían dado a la fuga. Mira esto - añade mientras te enseña que ha abierto la tapa de la funda de la pistola. Parece demasiado joven y demasiado nervioso para llevar un arma.
Te pregunta cómo te encuentras, si ya te has desmayado antes.
- No, estoy bien - le seguras, poniéndote de pie-. Bueno, gracias. - Empiezas a recoger el correo. Con un poco de suerte volverá al coche patrulla, que tiene el motor al ralentí, y se marchará. Tu madre está a punto de volver de un momento a otro. No te queda mucho tiempo para esconderte detrás de la curva del camino, donde no se te ve desde la carretera, y volver a montar todo el espectáculo.
El agente te pone otra vez su voluminosa mano en el hombro.
- Ven. Sube al coche a refrescarte un poco.
 Con su ayuda, recoges los sobres y los catálogos. Te hace pasar al asiento de copiloto del coche patrulla e inclina las dos salidas de aire del salpicadero para que te den directamente. Acelera el motor. La brisa que sale del salpicadero está deliciosamente fría e impregnada de un leve matiz medicinal, como la sala de espera de la consulta de un dentista. Tu madre no tiene nada que huela de una forma tan intensa y tan limpia.
En ese salpicadero sobresale el perfil de una escopeta con una abrazadera de metal. En el asiento corrido hay tirados otros artículos policiales una gran linterna negra, un cuaderno en una funda de piel levemente marcial. Por algún motivo, esos objetos resultan más genuinos y más amenazadores que el rifle, cuya apariencia idéntica a lo que has visto en las películas le confiere un carácter irreal.
- ¿Te encuentras bien? - insiste-. ¿No estás mareado ni nada?
- No- aseguras-. Ya estoy bien. Del todo.
- ¿Y eso de ahí qué es?- pregunta mientras se señala el labio, donde tú tienes la hamburguesa.
- Ya me ha salido otras veces. Es un hongo.
El agente te contempla durante un instante. Los orificios nasales se le agrandan de asco. Coge el aparato de radio:
- Dos, cero, cinco; dos, cero, cinco - dice-. No hace falta que venga nadie  Roger´s Road. Sólo es un chaval que se ha mareado un poco y que se ha desmayado. Todo va sobre ruedas - declara mientras te guiña un ojo, aunque no sabes muy bien por qué. Te das cuenta de que lo desprecias un poco por lo fácilmente que lo has engañado.
El agente sigue hablando:
- Te digo una cosa: esta tarde no me va a hacer falta el café. Después de verte ahí tirado voy a estar acelerado durante el resto del día. Joder, pensaba que nos habían asesinado a otro niño.
Aguzas los oídos al escuchar la palabra "otro". La primavera pasada encontraron a Samantha Mealey, una chica de nueve años de tu colegio de primaria, desnuda, en un acre del campo público de golf: una cuerda de tender la ropa le rodeaba el cuello. Tú te habías topado con ella en la parada de autobús unas semanas antes de su muerte. Era una niña bajita, descarada y lanzada, con una risa ronca y atractiva. Esa tarde, para gran disgusto de su hermano mayor, había estado intentado bajarles los pantalones a varios chicos y soltando palabrotas como si tal cosa. Era una chica excitante.
No has dado aún el primer beso, pero el sexo ya te preocupa. Los chicos que están dos cursos por encima del tuyo ya lo están haciendo. Cuando te enteraste de que el hombre que asesinó a Samantha Mealey la había violado antes de estrangularla, lo que pensaste fue lo siente: " Al menos no murió virgen", una idea que ni siquiera puedes contarles a tus amigos más gamberros.
Sientes un impulso incontrolable de empezar a hablar, de procurar no quedarte solo con los pensamientos relativos al asesinato de Samantha Mealey. Le enseñas la octavilla del leopardo al agente.
- ¿Sabe usted esto? - le preguntas-. Un leopardo anda suelto.
Él coge la hoja y la estudia.
- Alguien lo tenía de mascota- añades.
- La verdad es que no sé qué tipo de personas tendría esto en su casa, pero estoy convencido de que no será gente muy recomendable.
- Narcotraficantes - propones.
- Es posible. O moteros - sugiere el agente-. Hay que ver lo que está cambiando esta zona. No hay quien la reconozca. Antes era un pueblecito tranquilo... Ahora se está convirtiendo en uno de esos sitios en los que puede pasar de todo.
Te devuelve la octavilla. Tú apoyas la mano en la puerta.
- Bueno, gracias - le dices-. Creo que me tengo que ir. Mi padre estará preguntándose dónde estoy. - Tiras de la manecilla. No se abre.
- No, chaval, a pie no vas a ir a ningún lado- te dice con un adusto cariño que te incomoda-. Te llevo. Si te vuelves a desplomar y te das un golpe en la cabeza, me metería en un buen lío.
Arranca el coche que empieza a avanzar, los arbustos sin podar y las ramas de los árboles lo rozan produciendo unos chirridos intermitentes que te avergüenzan.
- Gracias- le dices cuando aparece la casa. Por traerme en coche y por todo lo demás.
Él se vuelve hacia el triturador de hojas, donde está tu padrastro, de espaldas a vosotros.
- ¿Ése es tu padre? Creo que debería hablar con él. -declara. No quieres que lo haga, pro tampoco puedes impedírselo.
Uno al lado del otro, el agente y tú atravesáis el jardín y os acercáis a tu padrastro. El suelo está cubierto por una hierba especial que emite una explosión de semillas cuando la pisas, unas nubecillas estallan en torno a los zapatos brillantes del agente y le manchan el dobladillo del pantalón. Tu padrastro sigue metiendo hojas en el triturador hasta que tu acompañante está a menos de un metro de él. Entonces se da la vuelta. Escudriña al agente con los ojos entornados y después a ti. Chorrea sudor, lo que le riza el vello del torso desnudo y le forma docenas de remolinos oscuros. Apaga el triturador con un gesto hostil y abatido.
- ¿Quién es usted?- inquiere.
- El agente Behrends, señor. Pasaba por aquí y he visto a su hijo tirado en el camino. Me he llevado un buen susto.
- Ya.- Tu padrastro se vuelve hacia ti. Los músculos que le rodean los ojos se le han tensado-. ¿Qué hacías tirado en el camino?
- No sé - Respondes-. Me he mareado y después me he despertado. Supongo que me he desmayado.
- El correo estaba todo desperdigado; él estaba de bruces- añade el agente-. No sabía qué  le podía haber pasado. Menudo susto. Pensé que a lo mejor le habían pegado un tiro.
- A lo mejor te has sentado y te has quedado dormido- propone tu padrastro al cabo de un instante-. Eso es lo que ha pasado, seguramente.
- No me he sentado- replicas. Es típico de él poner en duda tu historia, aunque tengas al lado a un representante de la ley que la corrobora-. Me he caído.
Él te agarra el mentón con los dedos índice y pulgar y te mueve la cabeza a derecha e izquierda, como si fuera un artículo cuya compra estuviera considerando. 
- Pues qué caída tan suave-observa-. Cuando uno se desmaya se suele desplomar.. No tienes heridas.
- No sé cómo me he caído-respondes-. No me estaba mirando.
- Muy bien. Entra en casa.
Pro no te mueves No quieres entrar. El sol se esconde detrás de una nube. Algo - no sabes qué- está a punto de pasar. Lo presientes y te quedas ahí, sosteniendo el correo, rascándote con el borde afiliado de una revista la barbilla, en la que hace poco un único pelo rizado ha osado a salir.
- Ha sido una suerte increíble que lo haya visto en ese momento - interviene el agente. da la impresión de que está intentado que el padrastro le estreche la mano o le dedique unas palabras de agradecimiento, y eso te da pena-. Quién sabe... Alguien podría haber pasado a toda velocidad y haberlo atropellado. Hemos tenido suerte.
- Sí, mucha. responde tu padrastro. Te mira-. Entra en casa. Espera  a tu madre.
Pero tú no te mueves. Entonces, en las ramas de detrás de la cuerda de tender la ropa, oyes que un palito se rompe, y el ruido de algo grande que alborota la sombra de los árboles. La respiración se te acelera y se te entrecorta. Cierras los ojos. Lo imaginas, al leopardo, los hombros que le suben y le bajan al atravesar corriendo el jardín-
- Eh- te dice tu padrastro, dándote una leve bofetada en la mejilla-. ¿qué pasa? ¿te has vuelto a desmayar?
No respondas. Escucha. Quédate quieto.


miércoles, 18 de marzo de 2020

LECTURAS PARA LA CUARENTENA: RICHARD YATES

El comienzo de este cuento es para mí uno de los mejores de la historia de la literatura, no solo por la magnífica imagen que dibuja y con la que todos podemos identificarnos, sino también por la inteligencia de elegirla como símbolo del tema principal del relato: la derrota. (Fijaos muy bien con qué maestría y elegancia se cierra este texto circular).
En estos días en los que casi hemos sido derrotados como especie, me parece una lectura ideal para aprender el gozo y el alivio que se esconden en el fracaso.
¡Disfrutad del vuestro!




EL PLACER DE LA DERROTA
Richard Yates

Durante unos meses, cuando tenía nueve años, Walter Henderson pensó que caer muerto era el no va más de la aventura, y muchos de sus amigos compartían esa opinión. Habiendo descubierto que el único momento en verdad gratificante de jugar a policías y ladrones era ése en que uno hacía ver que le habían disparado, se llevaba la mano al corazón, soltaba la pistola y se desplomaba, no tardaron en prescindir de todo lo demás –el aburrido proceso de elegir bando y esconderse por ahí- y pulir el juego hasta su esencia misma. Se convirtió, así, en una competición individual, casi en un arte. Por turnos, corrían teatralmente por la cresta de una loma hasta que tenía lugar la emboscada: pistolas de juguete apuntando simultáneamente y un coro de esos entrecortados sonidos (una especie de gutural “¡p-ñ-au!, ¡p-ñ-au!”) con que los niños imitan el ruido de disparos. El actor principal paraba en seco, giraba sobre sí mismo, quedaba un momento inmóvil en escorzada agonía, doblaba las piernas y se precipitaba ladera abajo en un torbellino de brazos y piernas, levantando una espléndida nube de polvo para finalmente quedar espatarrado allá abajo, guiñapo y cadáver. Cuando se levantaba sacudiéndose la ropa, los otros le ponían nota (“Bastante bien”, o “Demasiado tieso”, o “Falta naturalidad”), y el siguiente se preparaba para actuar. En eso consistía todo el juego, pero a  Walter Henderson le encantaba. Era un chico flaco y de movimientos mal coordinados, y la única cosa vagamente parecida a un deporte en la que destacaba era ésta. Nadie podía igualar el abandono con que lanzaba su cuerpo sin vida montaña abajo, y la pequeña ovación que eso le reportaba era para él motivo de gran deleite. Los otros acabaron aborreciendo el juego después de que unos chicos mayores se rieran de ellos; Walter optó a regañadientes por otras formas más sanas de jugar y pronto se olvidó del asunto.
  Pero tuvo ocasión de rememorarlo vívidamente una tarde de mayo casi veinticinco años después, en un bloque de oficinas de la avenida Lexington, sentado a su mesa haciendo ver que trabajaba y esperando a que lo despidieran. Se había convertido en un joven sobrio y de aspecto aplicado, su manera de vestir revelaba la influencia de una universidad del este, y su pulcro pelo castaño empezaba a mostrar claros en la coronilla. Años de buena salud lo habían vuelto menos flaco, y aunque seguía teniendo ciertos problemas de coordinación, ahora sólo se le notaban en cosas sin importancia,  como en su incapacidad de coordinar el reloj, la cartera, las entradas del cine y el cambio sin hacer que su mujer tuviera que parar a esperarle, o en la tendencia a empujar insistentemente las puertas en donde ponía “Tirar”. En cualquier caso, era la viva imagen de la cordura y la competencia, sentado allí en su despacho. Nadie hubiera dicho que un sudor frío  de nervios le corría bajo la camiseta, ni que los dedos de su mano izquierda, ocultos en un bolsillo, estaban amasando y haciendo trizas una caja de cerillas. Desde hacía semanas se lo veía venir, y esta mañana, ya al salir del ascensor, había tenido el presentimiento de que había llegado la hora. Cuando varios de sus superiores le dijeron “Hola, Walt”, creyó detectar indicios de preocupación tras sus sonrisas amables; y luego, a media tarde, al mirar por encima del cubículo donde trabajaba, había pillado a George Crowell, el jefe de departamento, que se había detenido frente a la puerta de su despacho con unos papeles en la mano, observándolo.
Crowell volvió rápidamente la cabeza, pero Walters supo que le había estado mirando, tan preocupado como resuelto a actuar. Estaba convencido de que, en cuestión de minutos, Crowell le llamaría a su despacho y le soltaría la noticia; contrito, eso sí, porque Crowell era la clase de jefe que se enorgullecía de ser un tipo cabal. No podía hacer otra cosa que esperar a que eso ocurriera e intentar tomárselo de la mejor manera posible.
  Fue entonces cuando aquel recuerdo de la infancia empezó a rondar por su cabeza, pues de pronto comprendió –y con tal intensidad que la uña de pulgar se hundió en la caja de cerillas- que dejar que las cosas pasaran y tomárselas lo mejor posible, había sido, en cierto modo, la pauta de su vida. Ciertamente no se podía negar que el papel de buen perdedor siempre le había resultado desmesuradamente atractivo. Se había especializado en ello durante  toda su adolescencia, ya fuera perdiendo animosamente peleas contra chicos más fuertes, ya jugando mal al fútbol con la secreta esperanza de que lo sacaran del campo de juego, lesionado. (“Seré justo con Henderson en una cosa   -había dicho un día riendo, su entrenador en el instituto-: hay que reconocer que le va la marcha.”) Los estudios superiores sirvieron para que ese don se desarrollara –hubo exámenes que catear y elecciones a delegado que perder-, y más adelante las Fuerzas Aéreas habían hecho posible que Walter suspendiera, honrosamente, como cadete de vuelo. Y ahora, en lo que parecía algo inevitable, volvía una vez más a las andadas. Los varios empleos que había tenido antes que éste habían sido de principiante, el tipo de trabajo en el que no es fácil fracasar; y cuando se presentó la oportunidad de acceder a este nuevo puesto fue, como lo expresó Crowell en su momento, “un auténtico desafío”.
  “Bien. Es justo lo que estoy buscando”, había dicho Walter. La reacción de su mujer cuando le contó esa parte de la conversación fue exclamar “¡Oh, estupendo!” y poco tiempo después, animados por las perspectivas, se mudaban a un apartamento caro en la Sesenta este. Pero cuando él empezó a llegar a casa con aspecto derrotado y manifestando lúgubremente que dudaba de poder aguantar mucho tiempo, su mujer prohibía  a los niños que lo molestaran (“Hoy papá está muy cansado”), le servía una copa y procuraba tranquilizarlo con esmero de esposa, tratando siempre de disimular su propio miedo, sin saber –o al menos sin demostrarlo- que tenía por marido un fracasado crónico y compulsivo, un niño extraño que adoraba las poses del derrumbe. Y lo sorprendente, pensaba Walter, lo verdaderamente asombroso era que él mismo no lo había visto nunca de esa manera.
-¿Walt?
  La cancela del cubículo acababa de abrirse y allí estaba George Crowell, aparentemente incómodo o violento.
-¿Quieres venir un momento a mi despacho?
-Enseguida, George.
  Walter salió detrás de él, notando enseguida muchos pares de ojos clavados en su espalda. Mantén la dignidad, se dijo a sí mismo. Lo importante es mantener la dignidad. Y luego la puerta se cerró y quedaron los dos a solas en el enmoquetado silencio del despacho de Crowell. De lejos, veintiuna plantas más abajo, se oían cláxones, pero aparte de eso no hubo más sonidos que los de la respiración, el chasquido de los zapatos de Crowell cuando se acercó a su escritorio, y el chasquido de su sillón giratorio cuando se sentó.
-Coge una silla, Walt –dijo-. ¿Fumas?
-No, gracias.
 Walter tomó asiento y encajó fuertemente los dedos entre las rodillas.
  Crowell cerró la caja de los cigarrillos sin coger uno para él, la apartó y se inclinó al frente apoyando las palmas de las manos en las superficie del grueso cristal de su mesa.
-Mira, Walt, lo mejor será que te lo diga sin rodeos –empezó, y los últimos jirones de esperanza se desvanecieron. Lo curioso fue que, aun así, la noticia le causó una fuerte impresión-. El señor Harvey y yo pensamos desde hace un tiempo que no has conseguido adaptarte a este trabajo y ambos hemos llegado a la conclusión, muy a nuestro pesar, de que lo mejor que se puede hacer, por tu propio interés y también por el nuestro, es dejar que te marches. Ahora bien –añadió al punto-, esto no tiene nada que ver contigo como persona, Walt. El trabajo que llevamos a cabo aquí es muy especializado, no podemos esperar que todo el mundo esté siempre a la altura de nuestras expectativas. En tu caso, estamos convencidos de que te sentirás mucho más a gusto en alguna empresa más adecuada a tus…capacidades.
  Crowell se retrepó, y al levantar las manos dejó dos perfectas huellas grises en el cristal de la mesa, como manos de esqueleto. Walter se las quedó mirando, fascinado, mientras se  iban encogiendo hasta desaparecer.
-Bueno, George –dijo, levantando la vista-. Lo has planteado de una manera muy suave. Te lo agradezco.
  Los labios de Crowell compusieron una sonrisa de disculpa propia de un gran tipo.
-Lo siento muchísimo –dijo-. Son cosas que pasan. –Y se puso a toquetear los tiradores de los cajones, visiblemente aliviado por haber dejado atrás lo peor-. Bien –dijo-, te hemos extendido un cheque por valor de tu sueldo de este mes y del mes que viene. Así tendrás una especie de indemnización por cese, algo para ir tirando hasta que encuentres algo.
  Le entregó un sobre alargado.
-Es muy generoso de tu parte –dijo Walter. Hubo un silencio, y Walter comprendió que le correspondía a él romperlo. Se puso en pie y dijo-: No quiero entretenerte más.
  Crowell se levantó rápidamente y rodeó la mesa adelantando ambas manos; una para estrechar la de Walter y la otra para apoyarla en su hombro mientras caminaban hacia la puerta. El gesto, a la vez amistoso y humillante, hizo que a Walter se le hiciera un nudo en la garganta, llegando incluso a temer echarse a llorar de un momento a otro.
-Bien, muchacho –dijo Crowell-, te deseo mucha suerte.
-Gracias. –Sintió  tal alivio de que su voz sonara firme, que lo dijo otra vez, ahora sonriendo-. Gracias. Hasta la vista, George.
  Para volver a su cubículo tenía que cubrir una distancia  de unos quinientos metros, y Walter Henderson decidió hacerlo con elegancia. Sabía que Crowell estaría admirando sus hombros equilibrados y su espalda recta, del mismo modo que era consciente de estar controlando hasta la más sutil manifestación emocional en sus facciones mientras serpenteaba entre las mesas, cuyos ocupantes levantaban la vista para mirarle tímidamente, o parecía que quisieran hacerlo. De principio a fin, era como una escena de película. La cámara había adoptado primero  el punto de vista de Crowell, retrocediendo después en travelling a fin de tomar la oficina entera  a modo de marco para la figura de Walter en solitario y  majestuoso tránsito; la cara de Walter, giraba para registrar brevemente la expresión de algunos de sus colegas (Joe Collins con cara de preocupado, Fred Holmes intentando disimular que se alegraba), y cambiaba de nuevo al punto de vista de Walter en el momento de descubrir la cara vulgar y desprevenida de Mary, su secretaria, que estaba esperando junto a la mesa de Walter con un informe que éste le había encargado pasar a máquina.
-Espero haberlo hecho bien, señor Henderson.
  Walter cogió el informe y lo tiró sobre la mesa.
-Olvídalo, Mary –dijo-. Oye, lo mejor será que te tomes el resto del día libre, y mañana por la mañana vas a ver al jefe de personal. Te darán un empleo nuevo. A mí acaban de despedirme.
  La primera expresión de Mary fue un amago de sonrisa suspicaz –creía que le tomaba el pelo-, pero enseguida se fue poniendo pálida y temblorosa. Era muy joven y no demasiado inteligente; con toda probabilidad en la escuela de secretariado no le habían dicho que a su jefe lo podían despedir.
-¡Oh, señor Henderson! Es horrible. Pero, pero… ¿y por qué hacen una cosa así?
-Pues no lo sé –dijo él-. Supongo que por mucha razones.
  Mientras hablaba iba abriendo y cerrando cajones, sacando sus pertenencias. Tampoco había gran cosa:  un puñado de viejas cartas personales, una estilográfica sin tinta, un encendedor sin piedra y media chocolatina todavía en su envoltorio. Walter fue consciente de hasta qué punto estos objetos le parecían patéticos a ella mientras le miraba clasificarlos y ponerlos en sus bolsillos, y fue también consciente del porte digno con el que se incorporó, dio media vuelta, cogió su sombrero del perchero y se lo puso.
-Esto a ti no te afecta, Mary, descuida –dijo-. Mañana por la mañana te asignarán otro puesto. Bien –añadió-, tendiéndole la mano-, te deseo suerte.
-Gracias; lo mismo digo. Bien, entonces, buenas noches. –Aquí Mary se llevó las uñas mordidas a los labios y soltó una risita de indecisión-. Bueno, quiero decir, adiós, señor Henderson.
  La siguiente fase de la escena se desarrolló junto al expendedor de agua fría, donde la mirada sobria de Joe Collins se animó con un sentimiento de solidaridad al ver aproximarse a Walter.
-Joe, qué tal –dijo Walter-. Me marcho. Me han puesto de patitas en la calle.
-¡Qué me cuentas! –Pero la cara de sorpresa de Joe Collins era más que un acto de bondad; era fácil adivinar lo que había pasado-. Santo Dios, Walt, pero ¿qué demonios les ha entrado?
 Y entonces terció Fred Holmes, muy serio él, sin duda complacido por la noticia:
-Mecachis en la mar; es una verdadera pena.
 Flanqueado por los dos, Walter fue hacia el ascensor y pulsó el botón de bajada; de pronto, empezaron a llegar más oficinistas, todos muy compungidos y tendiendo la mano.
-Cuánto lo siento, Walt…
-Que tengas suerte, chico…
-Seguimo en contacto, ¿eh, Walt?...
 Asintiendo, sonriendo, estrechando manos, Walt dijo “Gracias”, “Hasta la vista” y “Descuida, hombre”, y un momento después la luz roja se encendió sobre uno de los ascensores imitiendo su pequeño y mecánico ¡ding! e instantes después las puertas correderas se abrían y el ascensorista dijo: “¡Bajando!”. Walter entró en el ascensor, todavía con la sonrisa fija y saludando con desenfado a los rostros parlantes que le miraban serios, y la escena tuvo su conclusión perfecta cuando las puertas se cerraron del todo y el ascensor descendió en silencio por el vacío.
  Walter mantuvo la expresión rubicunda y la mirada chispeante de quien está henchido de placer hasta que llegó abajo. Fue una vez en la calle, mientras caminaba a paso vivo, cuando se dio cuenta de lo mucho que había disfrutado.
  La fuerte conmoción de darse cuenta le hizo aminorar el paso; finalmente se detuvo con el hombro apoyado en la fachada de un edificio durante casi un minuto. Le picaba la cabeza bajo el sombrero y sus dedos empezaron a manosear el nudo de la corbata y los botones de la chaqueta. Tenía la sensación de haber sido pillado haciendo algo obsceno y vergonzoso, y nunca en la vida se  había sentido tan impotente, o tan asustado.
  Al cabo, recuperado el dinamismo, se puso de nuevo en marcha mientras se ajustaba el sombrero y apretaba los dientes, hincando con fuerza los talones en la acera para dar la impresión de que tenía prisa y algún asunto urgente lo reclamaba. Cualquiera podía volverse loco tratando de psicoanalizarse en medio de la avenida Lexington a media tarde. Lo que tenía que hacer era ponerse en movimiento, empezar a buscar otro empleo.
  El único problema, pensó, deteniéndose otra vez y mirando a su alrededor, era que no sabía a dónde iba. Se encontraba en la zona de la calles Cuarenta, en una esquina animada por floristerías y paradas de taxis, hombres y mujeres bien vestidos caminando en la transparente tarde primaveral. Lo primero que  necesitaba era un teléfono. Cruzó la calle hasta un drugstore y avanzó entre olores  a jabón de tocador, perfume, salsa ketchup y beicon hasta la hilera de cabinas telefónicas que había al fondo; sacó su libreta de direcciones y buscó la página donde tenía antotadas varias agencias de empleo que ya tenían sus datos; después preparó las monedas y se encerró en una cabina.
  Pero en todas las agencias le dijeron lo mismo: no había ninguna vacante para su especialidad y no valía la pena que pasara hasta que no le llamaran ellos. Cuando hubo terminado echó nuevamente mano de la agenda para buscar el número de un conocido que le había dicho, hacía cosa de un mes, que tal vez habría una vacante en su oficina. La agenda, sin embargo, no estaba en el bolsillo interior; metió las manos en los otros bolsillos de la chaqueta y después en los del pantalón, dándose un golpe en el codo contra la pared de la cabina, pero sólo encontró las cartas viejas y la media chocolatina que guardaba en su mesa. Maldijo, tiró la chocolatina al suelo y, como si fuera una colilla encendida, la pisó. Estos esfuerzos, en el calor de la cabina cerrada, hicieron que comenzara a respirar deprisa y por la boca. Por fin, cuando empezaba a sentirse mareado, vio la agenda justo delante de él, encima de la caja de monedas, donde la había puesto antes. Marcó temblándole el dedo y cuando empezó a  hablar, apartándose el cuello de la chaqueta con la mano libre porque estaba sudando, su voz salió apremiante y débil como la de un mendigo.
-Hola, Jack –dijo-. Estaba pensando… estaba pensando  si te habías enterado de algo respecto a esa vacante de la que me hablaste hace un tiempo.
-¿De esa qué?
-La vacante. Sí, hombre. Me dijiste que tal vez habría un empleo en tu…
-Ah, eso. Pues no, no he sabido nada nuevo, Walt. Te llamaré si hay novedades.
-Bueno, Jack. –Abrió un poco la puerta de acordeón de la cabina y se recostó en la parde de hojalata prensada, igual  se te había pasado por alto, ya sabes –dijo. Su voz era casi normal-. Siento haberte interrumpido.
-No pasa nada, hombre –dijo la voz campechana al otro extremo de la línea-. ¿Qué ha ocurrido, chaval? ¿Las cosas se  han puesto difíciles ahí donde trabajas?
-Oh, no, qué va –se oyó decir Walter, y de inmediato se alegró de haber mentido. Casi nunca practicaba la mentira, y siempre le sorprendía descubrir lo fácil que podía ser hacerlo. Su voz cobró confianza-. Estoy bien, Jack, es sólo que no quería… Bueno, nada, pensaba que igual te habrías olvidado. ¿Qué tal la familia?
  Terminada la conversación, pensó que lo único que podía hacer era volver a casa, pero siguió un rato sentado en la cabina con la puerta abierta y los pies fuera de la misma hasta que una pequeña sonrisa astuta afloró a sus labios, transformándose al cabo en una expresión de fortaleza. La facilidad con que había mentido le dio una idea que, poco a poco, según le iba dando vueltas a la cosa, terminó por concretarse en una profunda y revolucionaria decisión.
  No se lo diría a su mujer. Con un poco de suerte podría encontrar otro empleo antes de que acabara  el mes, y mientras tanto, por una vez en su vida, se guardaría sus problemas para él. Hoy, cuando ella preguntara qué tal le había ido en la oficina, le diría “Muy bien”, o incluso “Estupendamente”. Por la mañana saldría a la hora de costumbre y no volvería a casa hasta la noche, y así día tras día hasta que encontrase trabajo.
  Le vino a la cabeza la palabra “compostura”, y hubo algo más de determinación en la manera como la recobró, allí en la cabina de teléfono, el modo en que recogió sus monedas y se enderezó la corbata y salió luego a la calle: había en todo ello una suerte de nobleza.
  Quedaban varias horas por delante y al comprobar que se dirigía al oeste por la Cuarenta y dos, decidió matar el tiempo en la Biblioteca Pública. Subió la amplia escalinata de piedra dándose importancia y poco después estaba ya instalado en la sala de lectura, inspeccionando un ejemplar encuadernado de todos los Life del año anterior y perfeccionando y ampliando su plan de acción.
  Sabía, por sentido común, que mantener el engaño día tras día no iba a ser nada fácil. Requeriría la astucia y la constante vigilancia del forajido. Pero, si el plan tenía mérito, ¿no era acaso por su dificultad intrínseca? Y cuando todo hubiera terminado y por fin pudiera decírselo a su mujer, ese instante le compensaría con creces de todos los momentos de angustia. Sabía perfectamente qué cara pondría ella cuando le contara la verdad: primero sus ojos lo mirarían con absoluta incredulidad y después, paulatinamente, con el despertar de una clase de respeto que no reflejaban desde hacía años.
“¿Quieres decir que todo este tiempo lo has mantenido en secreto, Walt? Pero ¿Por qué?”
  “Bueno, verás –contestaría él como si tal cosa, quizás encogiéndose de hombros-, no tenía ningún sentido darte un disgusto.”
  Cuando llegó la hora de salir de la biblioteca se demoró un rato en la entrada principal, dando profundas caladas a un cigarrillo mientras contemplaba desde arriba el ajetreo de coches y personas en plena hora punta. Fue una escena que le causó una nostalgia especial pues aquí, una tarde de primavera hacía cinco años, había conocido en persona a la que sería su esposa. “¿Podemos quedar en lo alto de las escaleras de la biblioteca?”, le había pedido ella por teléfono aquella mañana, y hasta muchos meses después –cuando ya estaban casados- no se le ocurrió que era un lugar de encuentro bastante peculiar. Y cuando se lo comentó a ella, su mujer se rió: “Pues claro que era un sitio raro para quedar, ahí estaba la gracia. Yo quería esperar allí arriba como una princesa en su catillo o algo así, y que tú subieras todos esos bonitos escalones para rescatarme”.
  Y eso fue exactamente lo que pareció. Se había escapado de la oficina diez minutos antes y había ido corriendo a la Estación Central para lavarse y afeitarse en un bien iluminado servicio de aseo subterráneo; muerto de impaciencia, había esperado mientras un robusto, lento y viejísimo asistente se le llevaba el traje para plancharlo. Luego, tras darle una propina superior a sus posibilidades, había salido a toda prisa y enfilado la Cuarenta y dos, tenso y jadeante, dejando atrás zapaterías y granjas, zigzagueando entre enjambres de peatones, a cual más intolerablemente lento y ajeno a la urgencia de su misión. Tenía miedo de llegar tarde, también un poco a que todo fuese una especie de broma y ella no estuviera allí. Pero nada más llegar a la Quinta Avenida pudo verla a lo lejos, sola, de pie en lo alto de la escalinata de la biblioteca: una radiante y esbelta morena con un abrigo negro muy elegante.
  Entonces aminoró el paso. Cruzó tranquilamente la avenida, una mano metida en el bolsillo, y subió los escalones con tan atlética despreocupación que nadie habría podido adivinar las horas de nerviosismo, los días de planificación de estrategias que este instante en concreto le había supuesto.
  Cuando estuvo seguro de que ella podía verlo subir, levantó de nuevo la vista, y ella le sonrió. No era la primera vez que la veía sonreír de ese modo, pero sí la primera en que podía estar seguro que la sonrisa iba dirigida exclusivamente a él, y eso le produjo cálidos temblores de placer en el pecho. No recordaba ya con qué palabras se habían saludado, pero sí se acordaba de que todo había ido a pedir de boca, de que habían empezado con buen pie; que los grandes ojos de ella lo estaban viendo exactamente como él más deseaba ser visto. A ella le parecieron ingeniosas las cosas que dijo, fueran cuales fuesen, y las que dijo ella, o el sonido de su voz, le hicieron sentirse más alto, más fuerte y más hombre que nunca en su vida. Cuando empezaron a bajar juntos los escalones, él la tomó del antebrazo, haciéndola suya, y a medida que descendían fue sintiendo en el dorso de los dedos el suave zangoleteo de su seno. Y la tarde que se desplegaba más abajo, a los pies de ambos, se le antojó milagrosamente larga y milagrosamente prometedora.
  Ahora, mientras descendía él solo los escalones, encontró estimulante mirar atrás y ver un claro triunfo en su vida; por una vez  había negado la posibilidad de fracasar, y había ganado. Más recuerdos le vinieron a la mente al cruzar la avenida y enfilar la suave bajada de la Cuarenta y dos: aquella tarde habían hecho ese mismo camino, habían entrado a tomar una copa en el Biltmore, y recordó la imagen de ella sentada a su lado en la penumbra de la coctelería, echándose hacia delante de cintura para arriba mientras él la ayudaba a sacar los brazos de las mangas y retrepándose después, con una sacudida a su melena y una mirada provocativa en el momento de llevarse la copa a los labios. Un poco más tarde ella había dicho: “Bajemos hasta el río; me encanta el río a esta hora”, y habían salido del Biltmore y caminado hacia allí. Lo hizo ahora, entre el guirigay de la Tercera Avenida y luego en dirección a Tudor City –a solas le pareció un paseo mucho más largo- hasta que llegó al pequeño pretil, desde donde contempló el ir y venir de coches por East River Drive y las grises aguas lentas un poco más allá. Había sido justo aquí, mientras un remolcador gemía en alguna parte bajo el ya  oscuro horizonte urbano de Queens, donde él la había atraído hacia sí y la había besado por primera vez. Se dio la vuelta, convertido ahora en un hombre nuevo, y se dispuso a volver a su casa andando.

Lo primero que le chocó, nada más entrar en el apartamento, fue el olor a coles de Bruselas. Los niños estaban todavía cenando en la cocina: pudo oír sus voces agudas amortiguadas por el entrechocar de platos, y luego la voz de su mujer, cansada y persuasiva. Cuando la puerta se cerró, la oyó decir:
-Ya ha llegado papá.
  Y los niños empezaron a gritar:
-¡Papi! ¡Papi!
  Con cuidado, dejó el sombrero en el armarito del vestíbulo y se dio la vuelta justo cuando ella se asomaba al umbral de la cocina, secándose las manos en el delantal y sonriendo a pesar del cansancio.
-Qué bien –dijo ella-. Por una vez llegas a la hora. Temía que te hubieras quedado a trabajar hasta tarde.
-No, hoy no he tenido que trabajar hasta tarde –dijo él, y su voz le sonó extrañamente ajena y amplificada, como si estuviera hablando en una cámara de resonancia.
-Pues se te ve cansado, Walt. Pareces agotado.
-Ah, eso es porque he venido andando. La falta de costumbre, imagino. ¿Qué tal todo?
-Oh, muy bien.
  Pero ella también parecía agotada.
  Al entrar juntos en la cocina él se sintió envuelto y atrapado en la luminosa humedad. Paseó tristemente la vista por los envases de leche,  los tarros de mayonesa, las latas de sopa y las cajas de cereales, los melocotones puestos a madurar en fila sobre el alféizar, la extraordinaria fragilidad y ternura de sus dos hijos, cuyas caras parlantes lucían pinceladas de puré de patata.
  La cosa mejoró en el cuarto de baño, donde invirtió más tiempo del necesario en lavarse para cenar. Al menos aquí podía estar solo, vigorizado por el agua fría; la única intromisión era la voz de su mujer, que ahora subía de volumen al impacientarse con el mayor de los hijos: “Muy bien, Andrew Henderson. Te vas a quedar sin cuento esta noche a menos que te termines las natillas ya”. Un poco después oyó arrastrar sillas y amontonar platos, lo cual indicaba que habían terminado de cenar, y más tarde pasos amortiguados y una puerta que se cerraba; eso quería decir que los niños estaban ahora jugando en su cuarto hasta la hora del baño.
  Walter se secó cuidadosamente las manos y luego salió y fue a sentarse en el sofá del salón con una revista, inspirando despacio y hondo para demostrar hasta qué punto sabía dominarse. Al poco rato vino ella, ya sin el delantal, los labios recién retocados, y con la coctelera llena de hielo.
-Bueno –dijo, con un largo suspiro-. Por fin. A ver si ahora puedo tener un poco de paz y tranquilidad.
-Yo iré a por las bebidas, cielo –dijo Walter, poniéndose rápidamente en pie.
  Había confiado en que su voz sonara normal, pero advirtió que aún tenía ese timbre de cámara de resonancia.
-Ni hablar –dijo ella-. Tú te quedas aquí sentado. Mereces descansar y que te sirvan a ti, con lo cansado que vienes. ¿Qué tal ha ido el día, Walt?
-Oh, pues muy bien –dijo él, sentándose otra vez.
  Observó cómo ella escanciaba la ginebra y el vermut, agitaba luego la coctelera a su estilo terso y rápido, disponía las cosas en la bandeja y volvía con ella al sofá.
-Listo –dijo, sentándose cerca de él-. ¿Quieres hacer tú los honores, cariño? –Y cuando Walter llenó las copas ella levantó la suya y dijo-: Oh, qué bien. ¡Salud!
  Este estado de ánimo de la hora del cóctel era un efecto cuidadosamente estudiado, Walter lo sabía. Lo mismo que su seriedad de madre durante la cena de los niños; otro tanto la dinámica e impetuosa eficiencia con la que, horas antes, habría hecho la compra; y sería también un efecto estudiado la ternura con que, más tarde, se entregaría a sus brazos. Su vida era una ordenada rotación de estados de ánimo prefabricados o, mejor dicho, había degenerado en esto. Ella lo llevaba bien, y sólo en contadas ocasiones, mirándola detenidamente a la cara, podía él percibir el enorme esfuerzo que le estaba costando.
  Pero el combinado ayudó mucho. El primer sorbo –amargo y helado- pareció devolverle la serenidad; el vaso que sostenía en la mano daba la sensación de estar lo suficientemente lleno. Tomó un par de sorbos más antes de atreverse a mirarla de nuevo, y la visión que tuvo después fue muy alentadora. Ella le sonrió de un modo casi completamente exento de tensión, y al poco rato estaban charlando con la tranquilidad de dos enamorados felices.
-Oh, no me digas que no es agradable sentarse un rato y desconectar. –Ella dejó caer la cabeza sobre el respaldo del sofá-. ¡Y qué bien que sea viernes por la noche!
-Desde luego –dijo él, y al instante se llevó el vaso a los labios para disimular su impresión. ¡Viernes noche! Aún faltaban dos días para empezar siquiera a buscar trabajo; dos días de leve reclusión en casa, o de triciclos y piruletas en el parque infantil, sin posibilidad de escapar al peso de su secreto-. Es curioso. Casi había olvidado que era viernes.
-¿Cómo es posible, querido? –Ella se arrellanó todavía más en el sofá-. Yo llevo esperándolo toda la semana. Sírveme un poquitín más, anda, y luego seguiré con mis faenas.
  Walter le sirvió un poquitín más y otro vaso lleno para él. La mano le temblaba y derramó un poco, pero ella no pareció percatarse. Tampoco pareció notar que, así como ella mantenía viva la conversación, las respuestas de él eran cada vez más escuetas. Una vez a solas, mientras su mujer volvía a sus faenas –rociar de jugo el asado, llenar la bañera para los niños y ordenar su habitación  para la noche-, Walter se dejó deslizar hacia una espesa y etílica confusión mental. Solamente una idea, un pensamiento, aparecía con insistencia, un consejo que se daba a sí mismo y que era tan frío y transparente como el combinado que no dejaba de llevarse a los labios: Aguanta. Diga ella lo que diga, pase lo que pase esta noche o mañana o pasado mañana, tú aguanta. Aguanta.
  Pero cada vez era menos fácil aguantar según le iban llegando los ruidos de chapoteo de los niños en el cuarto de baño; fue más difícil aún cuando entraron a darle las buenas noches con sus ositos de peluche y vestidos con pijama limpio, la cara brillante y oliendo a jabón. Después de eso le resultó imposible permanecer sentado en el sofá. Se levantó de un salto y empezó a pasearse por la salita, encendiendo un cigarrillo tras otro, escuchando la voz clara y modulada de su mujer contándoles el cuento a los niños en la habitación de al lado (“Podéis meteros en los campos, pasear por el sendero, pero nada de entrar en el jardín del señor McGregor…”).
  Al salir ella y cerrar la puerta del cuarto, se lo encontró de pie frente a la ventana cual trágica estatua, mirando hacia el patio en penumbra.
-¿Qué ocurre, Walt?
  Él se volvió con un rictus de sonrisa.
-¿Ocurrir? Nada –dijo con voz de eco.
  Una vez más la cámara de cien empezó a moverse; primero para tomar un primer plano de su propio rostro tenso, y luego girando para observar los movimientos de ella, parada sin saber qué hacer junto a la mesa de centro.
-Bueno –dijo ella-, me fumo otro cigarrillo y luego sirvo la cena. –Volvió a sentarse, esta vez sin retreparse en le sofá y sin sonreír, porque ahora tocaba la pose de ama de casa en los prolegómenos de la cena-. ¿Tienes fuego, Walt?
-Voy.
  Se acercó a ella, hurgando en el bolsillo como si fuera a sacar algo que hubiera estado esperando darle todo el día.
-Pero Walt… -dijo ella-. Cielo santo. ¿Qué les ha pasado a estas cerillas?
-¿A las cerillas? –Él se quedó mirando la caja, machacada y retorcida, como si fuera una prueba comprometedora-. Oh, las habré estado toqueteando sin querer, qué sé yo…-dijo-. Los nervios, imagino.
  Mientras encendía  el cigarrillo con el fósforo que los dedos de él le ofrecían temblorosos, ella empezó a mirarle muy seria, casi alarmada.
-Algo no anda bien, ¿verdad, Walt?
-Pero qué dices ¿Por qué habría de…?
-¿Es algo del trabajo? Dime la verdad. ¿Tiene que ver  con… con eso que te tuvo preocupado la semana pasada? ¿Ha ocurrido algo hoy que te ha hecho pensar que quizá…? ¿Te ha dicho algo Crowell? Habla, por favor.
  Las leves arrugas de su cara parecían más profundas ahora. Su expresión era adusta, competente; se la veía mayor y ya ni siquiera muy guapa: era una mujer  habituada a reaccionar ante cualquier emergencia, dispuesta a hacerse cargo.
  Walter caminó despacio hacia la poltrona que había al lado de la salita; la forma de su espalda fue una elocuente declaración de derrota inminente. Se detuvo al llegar al borde de la alfombra y pareció que se agarrotaba, como el herido momentos antes de caer; dio media vuelta y se encaró a ella con apenas un amago de sonrisa melancólica.
-Verás, cariño…-empezó diciendo. Su mano derecha subió hasta tocar el botón central de su camisa, como para desabrocharlo, y luego, soltando un suspiro de neumático pinchado, Walter se dejó caer en el sillón con un pie estirado sobre la alfombra y el otro remetido debajo. En todo el día no había hecho nada con tanto garbo-. Me han despedido -dijo.
 1957

martes, 17 de marzo de 2020

RELATOS PARA LA CUARENTENA: NATALIA GINZBURG

Este cuarto día tenemos un relato maravilloso de una de las mejores escritoras y personas que han existido: Natalia Ginzburg. Se titula Invierno en los Abruzos y es un ejemplo magistral de cómo a través de la narración de algo cotidiano, sencillo, se puede llegar a lo universal y lo trascendente, sin aspavientos, sin aleccionamientos morales y con una intimidad conmovedora, honesta y sobria.
Creo, además, que, en estos días de encierro que nos toca vivir, este cuento que habla de estufas y cocinas donde se reúnen las familias puede venirnos bien para recordarnos lo afortunados que somos.
Como dice la cita del inicio: Deus nobis haec otia fecit , es decir: Dios nos ha dado esta tranquilidad.
Aprovechémosla para leer y crecer con textos tan geniales y humanos como este.


*Natalia Ginzburg y su marido, Leone Ginzburg, fueron desterrados a Pizzoli de 1940 a 1943. A su vuelta a Roma, Leone fue encarcelado y torturado por los nazis hasta la muerte.



INVIERNO EN LOS ABRUZOS (1962)
por Natalia Ginzburg

Deus nobis haec otia fecit

En los Abruzos sólo hay dos estaciones: el invierno y el verano. La primavera es nevosa y ventosa como el invierno y el otoño es caliente y límpido como el verano. El verano comienza en junio y termina en noviembre. Terminan los largos días soleados en las colinas bajas y abrasadas, el polvo amarillo de la calle y la disentería de los niños, y comienza el invierno. La gente entonces deja de vivir en las calles, desaparecen de las escalinatas de la iglesia los muchachos descalzos. En el pueblo del que hablo, casi todos los hombres desaparecían tras las últimas cosechas: se iban a trabajar a Terni, a Sulmona, a Roma. Era un pueblo de albañiles, y algunas casas estaban construidas con gracia: tenían terrazas y columnitas como pequeñas villas, y sorprendía encontrar en ellas, al entrar, grandes cocinas oscuras con jamones colgando y amplios dormitorios míseros y vacíos. En las cocinas el fuego estaba encendido; había varios tipos de fuegos: grandes fuegos con leños de encina, fuegos de frasca y hojas, fuegos de ramas recogidas una a una del suelo. Era fácil distinguir a los pobres de los ricos mirando el fuego encendido; más fácil que mirando las casas y a la gente, su ropa y sus zapatos, que eran todos más o menos iguales.
            Cuando vine al pueblo del que hablo, al principio todas las caras me parecían iguales, todas las mujeres se parecían, ricas y pobres, jóvenes y viejas. Casi todas tenían la boca desdentada: allí las mujeres pierden los dientes a los treinta años por las fatigas y la mala alimentación, el esfuerzo de los partos y la lactancia, que se suceden sin tregua. Pero después, poco a poco, empecé a distinguir a Vincenzina de Secondina, a Annunziata de Addolorata, y empecé a entrar en todas las casas para calentarme con sus fuegos distintos.
            Cuando comenzaba a caer la primera nieve, una lenta tristeza se apoderaba de nosotros. Lo nuestro era un exilio: nuestra ciudad estaba lejos, y lejos estaban los libros, los amigos, las vicisitudes varias y cambiantes de una verdadera existencia. Encendíamos nuestra estufa verde, con el largo tubo que atravesaba el techo; nos reuníamos en la habitación donde estaba la estufa, y allí cocinábamos y comíamos; mi marido escribía sentado a la gran mesa ovalada, los niños sembraban el suelo de juguetes. En el techo de la habitación había un águila pintada: yo miraba el águila y pensaba que aquello era el exilio. El exilio era el águila, era la estufa verde que crepitaba, era la vasta y silenciosa campiña y la nieve inmóvil. A las cinco tocaban las campanas de la iglesia de Santa María, y las mujeres iban para la bendición, con sus chales negros y la cara roja. Todas las tardes mi marido y yo dábamos un paseo; todas las tardes caminábamos del brazo, hundiendo los pies en la nieve. Las casas que bordeaban el camino estaban habitadas por gente conocida y amiga; y todos salían a la puerta y nos decían: <<Que haya salud.>> Alguno a veces preguntaba: <<¿Pero cuándo vuelven a su casa>> Mi marido contestaba: <<Cuando termine la guerra.>> <<¿Y cuándo terminará esta guerra? Tú que sabes tanto, y eres profesor, ¿cuándo terminará?>> A mi marido lo llamaban <<el profesor>>, pues no sabían pronunciar su nombre, y venían de lejos a consultarle sobre las cosas más variadas, sobre la mejor estación para quitarse los dientes, sobre los subsidios que daba el municipio y sobre las tasas y los impuestos.
            En invierno, cuando fallecía algún viejo a causa de una pulmonía, las campanas de Santa María tocaban a muerto, y Doménico Orecchia, el carpintero, fabricaba el ataúd. Una mujer enloqueció; se la llevaron al manicomio de Collemaggio, y el pueblo tuvo de qué hablar durante un tiempo. Era una mujer joven y limpia, la más limpia de todo el pueblo: dijeron que aquello le había pasado por tanta limpieza. A Gigetto di Calcedonio le nacieron dos gemelas, con dos gemelos varones que ya tenía en casa, y montó un escándalo en el municipio porque no querían darle el subsidio, pues tenía muchas tierras y un huerto grande como siete ciudades. A Rosa, la portera de la escuela, una vecina le escupió en el ojo, y se paseaba por todas partes con el ojo vendado para que le pagaran la indemnización. <<El ojo es delicado>>, explicaba. Y también de esto se habló por algún tiempo, hasta que no quedó nada más que decir.
            La nostalgia crecía en nosotros día a día. A veces era incluso agradable, como una compañía tierna y ligeramente embriagadora. Llegaban cartas de nuestra ciudad con noticias de bodas y muertes de las que quedábamos excluidos. A veces la nostalgia se tornaba aguda y amarga, se convertía en odio: odiábamos entonces a Domenico Orecchia, a Gigetto di Calcedonio, a Annunziatina, las campanas de Santa María. Pero era un odio que manteníamos oculto, pues lo considerábamos injusto, y nuestra casa estaba siempre llena de gente, unos venían a pedir favores, otros a ofrecérnoslos. A veces la modista venía a hacernos una pasta llamada sagnoccole. Se ataba un paño de cocina a la cintura, batía los huevos, y mandaba a Crocetta a recorrer el pueblo a ver quién podía prestarnos un perol bien grande. Su cara enrojecida estaba absorta y sus ojos brillaban con una voluntad imperiosa. Habría quemado la casa con tal de que sus sagnoccole  salieran bien. Sus ropas y su pelo se volvían blancos de harina, y sobre la mesa ovalada donde mi marido escribía iba depositando las sagnoccole.
            Crocetta era nuestra mujer de la limpieza. En realidad no era una mujer, porque tenía catorce años. La modista nos la había encontrado. La modista dividía el mundo en dos bandos: los que se peinan y los que no se peinan. De quienes no se peinan hay que guardarse, porque, naturalmente, tienen piojos.
Crocetta se peinaba, por eso vino a servir a nuestra casa, y le contaba a los niños largas historias de muertos y cementerios. Había una vez un niño al que se le murió la madre. Su padre se buscó otra mujer y la madrastra no quería al niño. Por eso lo mató mientras el padre estaba en los campos e hizo con él un cocido. El padre vuelve a casa y come, pero, cuando ha terminado de comer, los huesos que quedan en el plato se ponen a cantar:
Y mi madrastra maldita
me metió en la marmita
y de un solo bocado
mi papá me ha tragado.

Entonces el padre mata a su mujer con la guadaña y la cuelga de un clavo delante de la puerta. A veces me sorprendo murmurando los versos de esta canción y, entonces, todo el pueblo surge ante mí, junto con el sabor particular de aquellas estaciones, junto al soplo helado del viento y el tañido de las campanas.
            Todas las mañanas salía con mis hijos y la gente se asombraba y no aprobaba que los expusiera al frío y a la nieve. <<¿Qué pecado han cometido estas criaturas?-decían-. No es tiempo para pasear, señora. Vuelva a casa.>> Caminábamos durante largo rato por la campiña blanca y desierta, y las pocas personas con las que me cruzaba miraban a los niños con pena. <<¿Qué pecado han cometido?>>, me decían. Allí, si nace un niño en invierno, no lo sacan del dormitorio hasta que no llega el verano. A mediodía, mi marido me iba a buscar con el correo, y volvíamos todos juntos a casa.
            Yo les hablaba a los niños de nuestra ciudad. Eran muy pequeños cuando la dejamos, y no tenían de ella recuerdo alguno. Yo les decía que allá las casas tenían muchos pisos, que había muchas casas y muchas calles y muchas tiendas bonitas. <<Pero aquí también tenemos a Girò>>, decían los niños.
            La tienda de Girò estaba justo delante de nuestra casa. Girò se quedaba en la puerta como un viejo búho, los ojos redondos e indiferentes clavados en la calle. Vendía un poco de todo: productos de alimentación y velas, postales, zapatos y naranjas. Cuando llegaba la mercancía y Girò descargaba las cajas, los muchachos corrían a comerse las naranjas podridas que él tiraba. En Navidad llegaban también el turrón, los licores, los caramelos. Pero él no descontaba ni un céntimo del precio. <<Qué malo eres, Girò>>, le decían las mujeres. Él respondía: <<A los buenos se los comen los perros.>> Por Navidad regresaban los hombres de Terni, de Sulmona, de Roma, se quedaban unos días y volvían a marcharse, después de haber degollado a los cerdos. Durante algunos días no se comía más que chicharrones y salchichas y no hacíamos más que beber: después, los chillidos de los nuevos cerditos llenaban el camino.
            En febrero, el aire se volvía húmedo y blando. Por el cielo vagaban nubes grises y cargadas. Hubo un año en que durante el deshielo se rompieron los canalones. Entonces empezó a llover en casa y las habitaciones eran verdaderos pantanos. Pero ocurrió lo mismo en todo el pueblo: ni una sola casa quedó seca. Las mujeres vaciaban los cubos por las ventanas y sacaban el agua por la puerta a golpe de escoba. Había quien se iba a la cama con el paraguas abierto. Domenico Orecchia decía que era el castigo por algún pecado. Esto duró más de una semana; después desapareció finalmente de los tejados todo rastro de nieve, y Aristide arregló los canalones.
            El final del invierno despertaba en nosotros una especie de inquietud. Quizá alguien vendría a visitarnos: quizá por fin ocurriría algo. Nuestro exilio tenía que acabar alguna vez. Los caminos que nos separaban del mundo parecían más cortos; el correo llegaba con más frecuencia. Todos nuestros sabañones se curaban lentamente.
            Existe una cierta uniformidad monótona en los destinos de los hombres. Nuestras existencias se desarrollan según leyes antiguas e inmutables, según una cadencia propia, uniforme y antigua. Los sueños no se hacen nunca realidad, y en cuanto los vemos rotos, comprendemos de repente que las mayores alegrías de nuestra vida están fuera de la realidad. En cuanto vemos rotos nuestros sueños, nos consume la nostalgia por el tiempo en que bullían dentro de nosotros. Nuestra suerte transcurre en ese alternarse de esperanzas y nostalgias.
            Mi marido murió en Roma en la cárcel de Regina Coeli, pocos meses después de que dejáramos el pueblo. Ante el horror de la muerte solitaria, antes las angustiosas alternativas que precedieron a su muerte, yo me pregunto si esto nos ocurrió a nosotros, a nosotros que comprábamos las naranjas en la tienda de Girò y nos paseábamos por la nieve. Entonces yo tenía fe en un porvenir fácil y alegre, lleno de deseos satisfechos, de experiencias y de empresas comunes. Pero aquella fue la mejor época de mi vida, y sólo ahora que ha pasado para siempre, sólo ahora, lo sé.

lunes, 16 de marzo de 2020

RELATOS PARA LA CUARENTENA: JOHN CHEEVER

En este tercer día de confinamiento, vamos con un clásico indiscutible de la literatura . Seguramente lo hayáis leído o quizá hayáis visto la película; da igual, es uno de esos cuentos que nunca se agotan. Es más, si ya conocéis la historia de este Ulises alcoholizado tratando de regresar a casa por un particular trayecto piscinero, podréis deleitaros en admirar su magnífica estructura, su pulcra y eficaz precisión narrativa, su bello, original y potente simbolismo.
Es un placer descubrir las pistas que Cheever va sembrando sutilmente desde el primer segundo del relato, comprobar cómo finalmente todo encaja, hace clic y dibuja ante nosotros un escenario muy distinto al que quiere vendernos la distorsionada mente del protagonista.
¡Disfrutadlo!


EL NADADOR
John Cheever

Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche bebí demasiado.» Lo susurraban los feligreses al salir de la iglesia, se oía de labios del mismo párroco mientras se despojaba de la sotana en la sacristía, así como en los campos de golf y en las pistas de tenis, y también en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufría los efectos de una terrible resaca.

—Bebí demasiado —decía Donald Westerhazy.
—Todos bebimos demasiado —decía Lucinda Merrill.
—Debió de ser el vino —explicaba Helen Westerhazy—. Bebí demasiado clarete.

El escenario de este último diálogo era el borde de la piscina de los Westerhazy, cuya agua, procedente de un pozo artesiano con un alto porcentaje de hierro, tenía una suave tonalidad verde. El tiempo era espléndido. Hacia el oeste se amontonaban las nubes, tan parecidas a una ciudad vista desde lejos —desde el puente de un barco que se aproximara— que podían haber tenido un nombre. Lisboa. Hackensack. El sol calentaba. Neddy Merrill, sentado en el borde de la piscina, tenía una mano dentro del agua, y sostenía con la otra una copa: ginebra. Neddy era un hombre enjuto que parecía conservar aún la peculiar esbeltez de la juventud, y, aunque los días de su adolescencia quedaban ya muy lejos, aquella mañana se había deslizado por el pasamanos de la escalera, y en su camino hacia el olor a café que salía del comedor, había dado un sonoro beso en la broncínea espalda a la Afrodita del vestíbulo. Podría habérselo comparado con un día de verano, en especial con las últimas horas de uno de ellos, y aunque le faltase una raqueta de tenis o una vela hinchada por el viento, la impresión era, decididamente, de juventud, de vida deportiva y de buen tiempo. Había estado nadando y ahora respiraba hondo, como si fuera capaz de almacenar en sus pulmones los ingredientes de aquel momento, el calor del sol, y la intensidad de su propio placer. Era como si todo le cupiera dentro del pecho. Doce kilómetros hacia el sur, en Bullet Park, estaba su casa, donde sus cuatro hermosas hijas habrían terminado de almorzar y quizá jugasen al tenis en aquel momento. Fue entonces cuando se le ocurrió que si atajaba por el suroeste podría llegar nadando hasta allí.

No había nada de opresivo en la vida de Neddy, y el placer que le produjo aquella idea no puede explicarse reduciéndola a una simple posibilidad de evasión. Le pareció ver, con mentalidad de cartógrafo, la línea de piscinas, la corriente casi subterránea que iba describiendo una curva por todo el condado. Se trataba de un descubrimiento, de una contribución a la geografía moderna, y le pondría el nombre de Lucinda, en honor a su esposa. Neddy no era ni estúpido ni partidario de las bromas pesadas, pero tenía una clara tendencia a la originalidad, y se consideraba a sí mismo —de manera vaga y sin darle apenas importancia— una figura legendaria. El día era realmente maravilloso, y le pareció que un baño prolongado serviría para acrecentar y celebrar su belleza.

Se desprendió del suéter que le colgaba de los hombros y se tiró de cabeza a la piscina. Neddy sentía un inexplicable desprecio por los hombres que no se tiran de cabeza. Nadó a crol pero de forma poco organizada, respirando unas veces con cada brazada y otras sólo en la cuarta, y sin dejar de contar, de manera casi subconsciente, el un-dos, un-dos, del movimiento de los pies. No era un estilo muy apropiado para largas distancias, pero la utilización doméstica de la natación ha gravado ese deporte con ciertas costumbres, y en la parte del mundo donde habitaba Neddy, el crol era lo habitual. Sentirse abrazado y sostenido por el agua verde y cristalina, más que un placer, suponía la vuelta a un estado normal de cosas, y a Neddy le hubiese gustado nadar sin bañador, pero eso no resultaba posible, debido a la naturaleza de su proyecto. Salió a pulso de la piscina por el otro extremo —nunca usaba la escalerilla—, y comenzó a cruzar el césped. Cuando Lucinda le preguntó que adonde iba, respondió que iría nadando hasta casa.

Sólo podía utilizar mapas imaginarios o sus recuerdos de los mapas reales, pero eso era suficiente. Primero estaban los Graham, y a continuación los Hammer, los Lear, los Howland, y los Crosscup. Cruzaría Ditmar Street para llegar a casa de los Bunker y después de andar un poco pasaría por casa de los Levy y de los Welcher, para utilizar así también la piscina pública de Lancaster. Luego venían los Halloran, los Sachs, los Biswanger, Shirley Adams, los Gilmartin y los Clyde. El día era estupendo, y vivir en un mundo con tan generosas reservas de agua parecía poner de manifiesto la misericordia y la caridad del universo. Neddy se sentía en plena forma, y atravesó el césped corriendo. Volver a casa utilizando un camino desacostumbrado lo hacía sentirse peregrino, explorador; lo hacía sentirse un hombre con un destino, y estaba seguro de encontrar amigos a lo largo de todo el trayecto; no tenía la menor duda de que sus amigos ocuparían las orillas del río Lucinda.

Atravesó el seto que separaba la propiedad de los Westerhazy de la de los Graham, anduvo bajo algunos manzanos en flor, pasó junto al cobertizo que albergaba la bomba y el filtro y salió al lado de la piscina de los Graham.

—¡Hola, Neddy! —dijo la señora Graham—, ¡qué agradable sorpresa! Me he pasado toda la mañana tratando de hablar contigo por teléfono. Déjame que te prepare algo de beber.

Neddy comprendió entonces que, como cualquier explorador, necesitaría hacer uso de toda su diplomacia para conseguir que la hospitalidad y las costumbres de los nativos no le impidieran llegar a su destino. No deseaba desconcertar a los Graham ni mostrarse antipático, pero tampoco disponía de tiempo para quedarse allí. Hizo un largo en la piscina y se reunió con ellos al sol; unos minutos más tarde, la llegada de dos automóviles cargados de amigos que venían de Connecticut le facilitó las cosas. Mientras todos se saludaban efusiva y ruidosamente, Neddy pudo escabullirse. Salió por la puerta principal de la finca de los Graham, pasó por encima de un seto espinoso y cruzó un solar vacío para llegar a casa de los Hammer. La dueña de la casa, al levantar la vista de las rosas, vio a alguien que pasaba nadando, pero no llegó a saber de quién se trataba. Los Lear lo oyeron cruzar la piscina a nado a través de las ventanas abiertas de la sala de estar. Los Howland y los Crosscup habían salido. Al dejar la casa de los Howland, Neddy cruzó Ditmar Street y se dirigió hacia la finca de los Bunker, desde donde, ya a aquella distancia, le llegaba el alboroto de una fiesta.

El agua devolvía el sonido de las voces y de las risas, y daba la impresión de dejarlas suspendidas en el aire. La piscina de los Bunker estaba en alto, y Neddy tuvo que subir unos cuantos escalones hasta llegar a la terraza, donde unas veinticinco o treinta personas charlaban y bebían. Rusty Towers era el único que se hallaba dentro del agua, flotando sobre una balsa de goma. ¡Qué hermosas eran las orillas del río Lucinda y qué maravillosa vegetación crecía en ellas! Acaudalados hombres y mujeres se reunían junto a sus aguas color zafiro, mientras serviciales criaturas de blancas chaquetas les servían ginebra fría. Sobre sus cabezas, una avioneta roja de las que se utilizaban para dar clases de vuelo daba vueltas y más vueltas, y sus evoluciones hacían pensar en el regocijo de un niño subido en un columpio. Ned sintió un momentáneo afecto por aquella escena, una ternura que era casi como una sensación física, motivada por algo tangible. Oyó un trueno a lo lejos. Enid Bunker se puso a gritar nada más verlo.

—¡Mirad quién está aquí! ¡Qué sorpresa tan maravillosa! Cuando Lucinda dijo que no podías venir, creí que iba a morirme.

Neddy se abrió camino entre la multitud en su dirección, y cuando terminaron de besarse, Enid lo llevó hacia el bar; avanzaron lentamente porque Ned tuvo que pararse para besar a otras ocho o diez mujeres y estrechar la mano de otros tantos hombres. Un barman sonriente que había visto ya antes en un centenar de fiestas le dio una ginebra con tónica, y Ned se quedó allí un instante, temeroso de tener que participar en alguna conversación que pudiera retrasar su viaje. Cuando parecía que iba a verse rodeado, se tiró a la piscina y nadó pegado al borde para evitar la balsa de Rusty. Al salir por el otro lado se cruzó con los Tomlinson; los obsequió con una cordial sonrisa, y echó a andar rápidamente por el sendero del jardín. La grava le hacía daño en los pies, pero ésa era la única sensación desagradable. La fiesta sé celebraba únicamente en los alrededores de la piscina y, al llegar junto a la casa, Ned notó que se había debilitado el sonido de las voces. En la cocina de los Bunker alguien oía por la radio un partido de béisbol. Domingo por la tarde. Tuvo que avanzar en zigzag entre los coches aparcados y llegó hasta Alewives Lane siguiendo el césped que bordeaba el camino de grava de los Bunker. Ned no quería que lo vieran en la carretera en traje de baño, pero no había tráfico y cruzó en seguida los pocos metros que lo separaban del sendero de grava de los Levy, con un cartel de Propiedad Privada y un recipiente cilíndrico de color verde para el New York Times. Todas las puertas y las ventanas de la amplia casa estaban abiertas, pero no había signos de vida; ni siquiera un perro que ladrara. Ned rodeó el edificio y al llegar a la piscina vio que los Levy acababan de marcharse. Sobre una mesa al otro extremo de la piscina, cerca de un cenador adornado con linternas japonesas, había una mesa con vasos, botellas y platos con cacahuetes, almendras y avellanas. Después de atravesar la piscina a nado, Ned se sirvió ginebra en un vaso. Era la cuarta o la quinta copa, y había nadado aproximadamente la mitad del curso del río Lucinda. Se sentía cansado, limpio, y, en ese momento, satisfecho de encontrarse solo; satisfecho con el mundo en general.

Iba a haber una tormenta. La masa de nubes —aquella ciudad— se había elevado y oscurecido, y mientras descansaba allí un momento, oyó otra vez el retumbar de un trueno. La avioneta roja seguía dando vueltas, y a Ned casi le parecía oír la risa placentera del piloto flotando en el aire de la tarde; pero al oír el fragor de otro trueno se puso de nuevo en movimiento. El pitido de un tren lo hizo preguntarse qué hora sería. ¿Las cuatro, las cinco? Se imaginó la estación local, donde, en ese momento, un camarero con el esmoquin oculto bajo un impermeable, un enano con un ramo de flores envuelto en papel de periódico y una mujer que había llorado esperarían el tren de cercanías. Estaba oscureciendo de pronto; era el instante en que los pájaros más estúpidos parecían transformar su canto en un anuncio, preciso y bien informado, de la proximidad de la tormenta. Se produjo entonces un agradable ruido de agua cayendo desde la copa de un roble, como si alguien hubiera abierto una espita. Después, el ruido como de fuentes se extendió a las copas de todos los árboles altos. ¿Por qué le gustaban las tormentas? ¿Por qué se animaba tanto cuando las puertas se abrían con violencia y el viento que arrastraba gotas de lluvia trepaba a empellones por las escaleras? ¿Por qué la simple tarea de cerrar las ventanas de una casa antigua le parecía tan necesaria y urgente? ¿Por qué los primeros compases húmedos de un viento de tormenta constituían siempre el anuncio de alguna buena nueva, de algún suceso reconfortante y alegre? En seguida se oyó una explosión, acompañada de un olor como de pólvora, y la lluvia azotó las linternas japonesas que la señora Levy había comprado en Kyoto dos años antes, ¿o hacía sólo un año?

Ned se quedó en el cenador de los Levy hasta que pasó la tormenta. La lluvia había enfriado el aire, y un escalofrío le recorrió el cuerpo. La fuerza del viento había arrancado las hojas secas y amarillas de un arce y las había esparcido sobre la hierba y el agua. Como estaban aún a mitad de verano, Ned supuso que el árbol se hallaba enfermo, pero sintió una extraña tristeza ante ese signo del otoño. Hizo unos movimientos gimnásticos, apuró la ginebra y se dirigió hacia la piscina de los Welcher. Eso significaba cruzar el picadero de los Lindley, y le sorprendió encontrar la hierba demasiado crecida y los obstáculos desmantelados. Se preguntó si los Lindley habrían vendido sus caballos o si se habrían ausentado durante el verano, dejando sus animales al cuidado de otras personas. Le pareció recordar que había oído algo acerca de los Lindley y de sus caballos, pero no sabía exactamente qué. Siguió adelante, notando la hierba húmeda contra los pies descalzos, en dirección a la casa de los Welcher, donde se encontró con que la piscina estaba vacía.

Esa ruptura en la continuidad de su río imaginario le produjo una absurda decepción, y se sintió como un explorador que busca las fuentes de un torrente y encuentra un cauce seco. Ned notó que lo dominaba el desconcierto y la decepción. Era bastante normal que los vecinos de aquella zona se marcharan durante el verano, pero nadie vaciaba la piscina. Los Welcher se habían ido definitivamente. Las sillas, las mesas y las hamacas de la piscina estaban dobladas, amontonadas y cubiertas con lonas. Los vestuarios, cerrados, y lo mismo sucedía con todas las ventanas de la casa, y cuando la rodeó hasta llegar al camino de grava que llevaba hasta la puerta principal se encontró con un cartel que decía: «Se Vende», clavado en un árbol. ¿Cuándo había oído hablar de los Welcher por última vez? ¿Cuándo —habría que decir, más exactamente— Lucinda y él se habían disculpado por última vez al recibir una invitación suya para cenar? No daba la impresión de que hubiese transcurrido más de una semana. ¿Le fallaba la memoria o la tenía tan disciplinada contra los sucesos desagradables que llegaba a falsear la realidad? A lo lejos oyó que alguien jugaba un partido de tenis. Aquello lo animó, disipando todas sus aprensiones, y permitiéndole enfrentarse con indiferencia al cielo oscurecido y al aire frío. Aquél era el día en que Neddy Merrill iba a atravesar a nado el condado. ¡Aquel día, precisamente! De inmediato inició la etapa más difícil de su viaje.

Alguien que hubiese salido a pasear en coche aquella tarde de domingo podría haberlo visto, casi desnudo, en la cuneta de la autopista 424, esperando una oportunidad para cruzar al otro lado. Podría habérsele creído la víctima de alguna apuesta insensata, o una persona a quien se le ha estropeado el coche, o, simplemente, un chiflado. Junto al asfalto, con los pies descalzos —entre latas de cerveza vacías, trapos sucios y parches para neumáticos desechados—, expuesto al ridículo, resultaba penoso. Ned sabía desde el principio que aquello era parte de su recorrido, que figuraba en sus mapas, pero al enfrentarse con las largas filas de coches que culebreaban bajo la luz del verano, descubrió que no estaba preparado psicológicamente. Los ocupantes de los automóviles se reían de él, lo tomaban a broma, y llegaron incluso a tirarle una lata de cerveza, y él no tenía ni dignidad ni humor que aportar a aquella situación. Podría haberse vuelto atrás, regresar a casa de los Westerhazy, donde Lucinda estaría aún sentada al sol. No había firmado nada, no había prometido nada, no se había apostado nada, ni siquiera consigo mismo. ¿Por qué, creyendo como creía que toda humana testarudez era susceptible de ceder ante el sentido común, se sabía incapaz de volver atrás? ¿Por qué estaba decidido a terminar el recorrido, aun a costa de poner en peligro su vida? ¿En qué momento aquella travesura, aquella broma, aquella payasada se había convertido en algo muy serio? No estaba en condiciones de volver atrás, ni siquiera recordaba con claridad las verdes aguas de la piscina de los Westerhazy, ni el placer de aspirar los componentes de aquel día, ni las serenas y amistosas voces que se lamentaban de haber bebido demasiado. En una hora aproximadamente, Ned había cubierto una distancia que hacía imposible el regreso.

Un anciano que conducía a veinticinco kilómetros por hora le permitió llegar hasta la mediana de la autopista, donde había una tira de césped. Allí se vio expuesto a las bromas del tráfico que avanzaba en dirección contraria, pero al cabo de unos diez minutos o un cuarto de hora consiguió cruzar. Desde allí sólo tenía que andar un poco para llegar al centro recreativo situado a las afueras de Lancaster, que disponía de varios frontones y de una piscina pública.

La peculiar resonancia de las voces cerca del agua, la sensación de brillantez y de tiempo detenido eran las mismas que anteriormente en casa de los Bunker, pero aquí los sonidos resultaban más fuertes, más agrios y más penetrantes, y tan pronto como entró en aquel espacio abarrotado de gente, Ned tuvo que someterse a las molestias de la reglamentación: «Todos los bañistas tienen que ducharse antes de usar la piscina. Todos los bañistas deben utilizar el pediluvio. Todos los bañistas deben llevar la placa de identificación».

Ned se duchó, se lavó los pies en una oscura y desagradable solución y llegó hasta el borde de la piscina. Apestaba a cloro y le recordó a un fregadero. Sendos monitores, desde sus respectivas torres, hacían sonar sus silbatos a intervalos aparentemente regulares, insultando además a los bañistas mediante un sistema de megafonía. Ned recordó con nostalgia las aguas color zafiro de los Bunker y pensó que podía contaminarse —echar a perder su prosperidad y disminuir su atractivo personal— nadando en aquella ciénaga, pero recordó que era un explorador, un peregrino, y que aquello no pasaba de ser un remanso de aguas estancadas en el río Lucinda. Se tiró al cloro con ceñuda expresión de disgusto y no le quedó más remedio que nadar con la cabeza fuera para evitar colisiones, pero incluso así lo empujaron, lo salpicaron y le dieron codazos. Cuando llegó al lado menos profundo de la piscina, los dos monitores le estaban gritando:

—¡A ver, ése, ese que no lleva placa de identificación, que salga del agua!

Ned lo hizo así, pero los otros no estaban en condiciones de perseguirlo, y, dejando atrás el desagradable olor de las cremas bronceadoras y del cloro, saltó una valla de poca altura y atravesó los frontones. Le bastó cruzar la carretera para entrar en la parte arbolada de la propiedad de los Halloran. Nadie se había preocupado de arrancar la maleza que crecía entre los árboles, y tuvo que avanzar con grandes precauciones hasta llegar al césped y al seto de hayas recortadas que rodeaba la piscina.

Los Halloran eran amigos suyos; se trataba de unas personas de edad avanzada y enormemente ricos, que se sentían felices cuando alguien los consideraba sospechosos de filocomunismo. Eran reformadores llenos de celo, pero no comunistas; sin embargo, cuando alguien los acusaba de subversivos, como sucedía a veces, parecían agradecerlo y sentirse rejuvenecidos. Las hojas del seto de haya también se habían vuelto amarillas, y Ned supuso que probablemente padecían la misma enfermedad que el arce de los Levy. Gritó «¡hola!» dos veces para que los Halloran advirtieran su presencia y de esa forma la invasión de su intimidad no resultara demasiado brusca. Los Halloran, por razones que nunca le habían sido explicadas, no utilizaban trajes de baño. En realidad, no hacía falta ninguna explicación.

Su desnudez era un detalle de su celo reformista libre de prejuicios, y Ned se quitó cortésmente el bañador antes de entrar en el espacio limitado por el seto de hayas.

La señora Halloran, una mujer corpulenta de cabello blanco y expresión serena, leía el Times. Su marido sacaba hojas de haya de la piscina con una red. No parecieron ni sorprendidos ni disgustados al verlo. Su piscina era quizá la más antigua del condado, un rectángulo construido con piedras cogidas del campo, alimentado por un arroyo. Carecía de filtro o de bomba, y sus aguas tenían la dorada opacidad de la corriente.

—Estoy atravesando a nado el condado —dijo Ned.
—Vaya, no sabía que se pudiera hacer eso —exclamó la señora Halloran.
—Bueno, he empezado en casa de los Westerhazy —dijo Ned—. Debo de haber recorrido unos seis kilómetros.

Dejó el bañador junto al extremo más hondo de la piscina, fue andando hasta el otro lado y nadó aquella distancia. Mientras salía a pulso del agua, oyó decir a la señora Halloran:

—Sentimos mucho que te hayan ido tan mal las cosas, Neddy.
—¿Lo mal que me han ido las cosas? No sé de qué me está usted hablando.
—¿No? Hemos oído que has vendido la casa y que tus pobres hijas...
—No recuerdo haber vendido la casa —dijo Ned—. En cuanto a las chicas, no les ha pasado nada, que yo sepa.
—Sí —suspiró la señora Halloran—. Claro...

Su voz llenaba el aire con una melancolía intemporal, y Ned la interrumpió precipitadamente:

—Gracias por el baño.
—Que tengas una travesía agradable —dijo la señora Halloran.

Al otro lado del seto, Ned se puso el bañador y tuvo que apretárselo. Le estaba un poco grande, y se preguntó si era posible que hubiera perdido peso en una tarde. Tenía frío, estaba cansado, y la desnudez de los Halloran y el agua oscura de su piscina lo habían deprimido. Aquella travesía era demasiado para sus fuerzas, pero ¿cómo podía haberlo previsto mientras se deslizaba aquella mañana por el pasamanos de la escalera o cuando estaba sentado al sol en casa de los Westerhazy? Los brazos no le respondían. Las piernas parecían de goma y le dolían las articulaciones. Lo peor de todo era el frío en los huesos y la sensación de que nunca volvería a entrar en calor. Caían hojas de los árboles y el viento le trajo olor a humo. ¿Quién podía estar quemando hojarasca en aquella época del año?

Necesitaba un trago. El whisky lo calentaría, le levantaría el ánimo, lo sostendría hasta el final de su viaje, renovaría su convicción de que atravesar a nado aquella zona era un proyecto original que exigía valor. Los nadadores que recorren grandes distancias toman coñac. Necesitaba un estimulante. Cruzó la zona de césped delante de la casa de los Halloran, y siguió andando hasta el pabellón que habían construido para Helen, su única hija, y para su marido, Erich Sachs. Ned encontró a los Sachs en su piscina, que era bastante pequeña.

—¡Neddy! —exclamó Helen—. ¿Has almorzado en casa de mi madre?
—No exactamente —dijo Ned—. He entrado un momento a saludar a tus padres. —No parecía que hiciese falta dar más explicaciones—. Siento mucho presentarme así de sorpresa, pero me ha dado un escalofrío de pronto y me preguntaba si podríais ofrecerme una copa.
—Me encantaría hacerlo —dijo Helen—, pero no tenemos nada para beber desde la operación de Eric. Y de eso hace ya tres años.

¿Estaba perdiendo la memoria, o era acaso que su capacidad para ignorar acontecimientos penosos le había permitido olvidarse de la venta de su casa, de las dificultades de sus hijas, y de la enfermedad de su amigo Eric? La mirada de Ned se desplazó del rostro de Eric a su vientre, donde vio tres cicatrices antiguas, más blancas que el resto de la piel, dos de ellas de treinta centímetros de largo por lo menos. El ombligo había desaparecido, y Ned pensó en el desconcierto de una mano inquisitiva que, al buscar en la cama a las tres de la mañana los atributos masculinos, se encontrara con un vientre sin ombligo, sin unión con el pasado, sin continuidad en la sucesión natural de los seres.

—Estoy segura de que encontrarás algo de beber en casa de los Biswanger—dijo Helen—. Dan una fiesta por todo lo alto. Se los oye desde aquí. ¡Escucha!

Helen alzó la cabeza, y desde el otro lado de la carretera, desde el otro lado de los jardines, de los bosques, de los campos, Ned oyó de nuevo el ruido, lleno de resonancias, de las voces cerca del agua.

—Bueno, voy a darme un remojón —dijo, notando que carecía aún de libertad para decidir sobre su manera de viajar. Se tiró de cabeza al agua fría y faltándole el aliento, casi a punto de ahogarse, cruzó la piscina de un extremo a otro—. Lucinda y yo tenemos muchas ganas de veros —dijo vuelto de espaldas, con el cuerpo orientado ya hacia la casa de los Biswanger—. Sentimos mucho que haya pasado tanto tiempo sin vernos, y os llamaremos cualquier día de éstos.

Ned tuvo que cruzar algunos campos hasta la casa de los Biswanger y los sonidos festivos que salían de ella. Sería un honor para los dueños ofrecerle una copa, se sentirían felices de darle de beber. Los Biswanger los invitaban a cenar —a Lucinda y a él— cuatro veces al año con seis semanas de anticipación. Ellos nunca aceptaban, pero los Biswanger continuaban enviando invitaciones como si fueran incapaces de comprender las rígidas y antidemocráticas normas de la sociedad en la que vivían. Pertenecían a ese tipo de personas que hablan de precios durante los cócteles, que se hacen confidencias sobre inversiones bursátiles durante la cena y que después cuentan chistes verdes cuando están presentes las señoras. No pertenecían al grupo de amistades de Neddy; ni siquiera figuraban en la lista de personas a las que Lucinda enviaba felicitaciones de Navidad. Se dirigió hacia la piscina con sentimientos a mitad de camino entre la conciencia de su superioridad y el deseo de mostrarse amable, y también con algún desasosiego porque parecía que estaba oscureciendo y, sin embargo, aquéllos eran los días más largos del año. La fiesta era ruidosa y había mucha gente. Grace Biswanger pertenecía al tipo de anfitriona que invitaba al óptico, al veterinario, al corredor de fincas y al dentista. No había nadie nadando en la piscina, y el crepúsculo, al reflejarse en el agua, despedía un brillo invernal. Ned se dirigió hacia el bar. Cuando Grace Biswanger lo vio, avanzó hacia él, pero no con gesto afectuoso, como él había esperado, sino de la forma más hostil imaginable.

—Vaya, en esta fiesta hay de todo —comentó alzando mucho la voz—, incluso personas que se cuelan.

Grace no estaba en condiciones de hacerle un feo social, no tenía ni la más remota posibilidad, de manera que Ned no se echó atrás.

—En mi calidad de gorrón —preguntó cortésmente—, ¿tengo derecho a tomar una copa?
—Haga lo que guste —dijo ella—. No parece que las invitaciones signifiquen mucho para usted.

Le dio la espalda y se reunió con otros invitados. Ned se acercó al bar y pidió un whisky. El barman se lo sirvió, pero de forma descortés. El mundo de Ned era un mundo en el que los camareros estaban al tanto de los matices sociales, y verse desairado por un barman a media jornada significaba haber perdido puntos en la escala social. O quizá aquel hombre era novato y le faltaba información. En seguida oyó cómo Grace decía a su espalda:

—Se arruinaron de la noche a la mañana; no les quedó más que su sueldo, y él apareció borracho un domingo y nos pidió que le prestáramos cinco mil dólares...

Siempre hablando de dinero. Aquello era peor que llevarse el cuchillo a la boca. Ned se zambulló en la piscina, hizo un largo y se marchó.

La siguiente piscina de la lista, la antepenúltima, pertenecía a su antigua amante, Shirley Adams. Si había sufrido alguna herida en casa de los Biswanger, aquél era el lugar ideal para curarla. El amor —los violentos juegos sexuales, para ser más exactos— era el supremo elixir, el remedio contra todos los males, la píldora mágica capaz de rejuvenecerlo y de devolverle la alegría de vivir. Habían tenido una aventura la semana pasada, o el mes último, o el año anterior. No se acordaba. Pero había sido él quien había decidido acabar, y eso lo colocaba en una situación privilegiada, de manera que cruzó la puerta de la valla que rodeaba la piscina de Shirley repleto de confianza en sí mismo. En cierta forma, era como si la piscina fuese suya, porque la persona amada, especialmente si se trata de un amor ilícito, goza de la posesión de la amante con una plenitud desconocida en el sagrado vínculo del matrimonio. Shirley estaba allí, con sus cabellos color de bronce, pero su figura, al borde del agua de color azul intenso, iluminada por la luz eléctrica, no despertó en él ninguna emoción profunda. No había sido más que una aventurilla, pensó, aunque Shirley lloraba cuando él decidió romper. Pareció turbada al verlo, y Ned se preguntó si se sentiría aún herida. ¿Acaso iba, Dios no lo quisiera, a echarse a llorar de nuevo?

—¿Qué quieres? —le preguntó ella.
—Estoy nadando a través del condado.
—¡Santo cielo! ¿Te comportarás alguna vez como una persona adulta?
—¿Se puede saber qué te pasa?
—Si has venido buscando dinero —dijo ella—, no voy a darte ni un centavo.
—Puedes darme algo de beber.
—Puedo, pero no quiero. No estoy sola.
—Bueno, me marcho en seguida.

Ned se tiró al agua e hizo un largo, pero cuando intentó alzarse hasta el borde para salir de la piscina, descubrió que sus brazos y sus hombros no tenían fuerza; llegó como pudo a la escalerilla y salió del agua. Al mirar por encima del hombro, vio a un hombre joven en los vestuarios iluminados. Al cruzar el césped —ya se había hecho completamente de noche— le llegó un aroma de crisantemos o de caléndulas, decididamente otoñal, y tan intenso como el olor a gasolina. Levantó la vista y comprobó que habían salido las estrellas, pero ¿por qué tenía la impresión de ver Andrómeda, Cefeo y Casiopea? ¿Qué se había hecho de las constelaciones de pleno verano? Ned se echó a llorar.

Era probablemente la primera vez que lloraba en toda su vida de adulto, y desde luego la primera vez en su vida que se sentía tan desdichado, con tanto frío, tan cansado y tan desconcertado. No entendía los malos modos del barman ni el mal humor de una amante que se había acercado a él de rodillas y le había mojado el pantalón con sus lágrimas. Había nadado demasiado, había pasado demasiado tiempo bajo el agua, y tenía irritadas la nariz y la garganta. Necesitaba una copa, necesitaba compañía y ponerse ropa limpia y seca, y aunque podría haberse encaminado directamente hacia su casa por la carretera, se fue a la piscina de los Gilmartin. Allí, por primera vez en su vida, no se tiró, sino que descendió los escalones hasta el agua helada y nadó dando unas renqueantes brazadas de costado que quizá había aprendido en su adolescencia. Camino de casa de los Clyde, se tambaleó a causa del cansancio y, una vez en la piscina, tuvo que detenerse una y otra vez mientras nadaba para sujetarse con la mano en el borde y descansar. Trepó por la escalerilla y se preguntó si le quedaban fuerzas para llegar a casa. Había cumplido su deseo, había nadado a través del condado, pero estaba tan embotado por la fatiga que su triunfo carecía de sentido. Encorvado, agarrándose a los pilares de la entrada en busca de apoyo, Ned torció por el sendero de grava de su propia casa.

Todo estaba a oscuras. ¿Era tan tarde que ya se habían ido a la cama? ¿Se habría quedado su mujer a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Habrían ido las chicas a reunirse con ella o se habrían marchado a cualquier otro sitio? ¿No se habían puesto previamente de acuerdo, como solían hacer los domingos, para rechazar las invitaciones y quedarse en casa? Ned intentó abrir las puertas del garaje para ver qué coches había dentro, pero la puerta estaba cerrada con llave y se le mancharon las manos de orín. Al acercarse más a la casa vio que la violencia de la tormenta había separado de la pared una de las tuberías de desagüe para la lluvia. Ahora colgaba por encima de la entrada principal

como una varilla de paraguas, pero no costaría arreglarla por la mañana. La puerta de la casa también estaba cerrada con llave, y Ned pensó que habría sido una ocurrencia de la estúpida de la cocinera o de la estúpida de la doncella, pero en seguida recordó que desde hacía ya algún tiempo no habían vuelto a tener ni cocinera ni doncella. Gritó, golpeó la puerta, intentó forzarla golpeándola con el hombro; después, al mirar a través de las ventanas, se dio cuenta de que la casa estaba vacía.