Blog de Regina Salcedo Irurzun

domingo, 15 de marzo de 2020

RELATOS PARA LA CUARENTENA: TOBIAS WOLFF

Hoy os dejo otro de mis relatos favoritos (de hecho es el que elegí comentar en el ciclo "El mejor relato jamás escrito" que organiza la Biblioteca General de Navarra).
Es un cuento con muchas capas y muchas sutilezas maravillosas en el que hay que estar muy atento para descubrir lo que ni siquiera el protagonista sabe responderse, ¿por qué miente?
Os animo a que lo leáis con calma, a que vayáis más allá de la historia principal, evidente y ahondéis en esa otra que discurre de forma paralela pero soterrada (siguiendo la teoría de Piglia).
Os advierto que, como ocurre con los  textos literarios exquisitos, va ganando y desvelando sus misterios y grandezas con cada relectura.





EL MENTIROSO
Tobias Wolff

            Mi madre leía todo menos libros. Los anuncios de los autobuses, toda la carta del restaurante mientras comíamos, las vallas publicitarias; si no tenía tapas le interesaba. Así que cuando encontró en mi cajón una carta que no iba dirigida a ella, la leyó. “¿Qué más da si James no tiene nada que ocultar?” fue lo que pensó. Cuando terminó de leerla, metió la carta en el cajón y fue de una habitación a otra en la gran casa vacía, hablando sola. Volvió a sacar la carta y a leerla para entenderla bien. Luego, sin ponerse el abrigo y sin echar la llave a la puerta, bajó los escalones y se dirigió a la iglesia que había al final de la calle. Por muy enfadada o confusa que estuviera, siempre iba a misa de cuatro y ahora eran las cuatro.
            Hacía un hermoso día, frío, azul y calmado, pero mi madre andaba como si hubiera un fuerte viento, inclinada hacia delante y dando pasos cortos y apresurados. A mi hermano, a mis hermanas y a mí nos parecía graciosa esta forma de andar suya y nos reíamos cuando cruzaba por delante de nosotros para atizar el fuego o regar las plantas. No permitíamos que nos pillara riéndonos. Le hubiera desconcertado pensar que pudiera resultar divertida. Su única concesión al humor era una risa falsa y sorprendente. Los desconocidos se quedaban mirándola con frecuencia.
            Mientras esperaba al sacerdote que llegó tarde, mi madre se puso a rezar. Rezaba de un modo familiar, ordenado y firme: primero por su difunto esposo, mi padre, luego por sus propios padres, también fallecidos. Decía una rápida oración por los padres de su esposo (sólo tocar la base; nunca los quiso) y finalmente por sus hijos por orden de edad, acabando conmigo. Mi madre no consideraba que la originalidad fuese una virtud y hasta que surgió mi nombre, sus oraciones eran exactamente iguales a las de cualquier otro día.
            Pero cuando llegó a mí habló en voz alta.
—Creí que no lo haría nunca más. Murphy dijo que ya estaba curado. ¿Qué voy a hacer ahora?
            Había un tono de reproche en su voz. Mi madre había puesto grandes esperanzas en la idea de que yo estaba curado. Consideraba mi curación como una respuesta a sus plegarias y en acción de gracias había mandado mucho dinero a la Misión India Tomasiana, dinero que había estado ahorrando para hacer un viaje a Roma. Se sintió estafada y así lo manifestó. Cuando entró el sacerdote, mi madre se sentó en el banco y siguió la misa con gran concentración. Después de la comunión empezó a preocuparse de nuevo y regresó directamente a casa sin pararse a hablar con Frances, la mujer que siempre la abordaba después de misa para contarle todos los horrores que le habían hecho los comunistas, los adoradores del diablo y los rosacruces. Frances la vio marchar frunciendo el ceño.
            Una vez en casa, mi madre sacó otra vez la carta de mi cajón y se la llevó a la cocina. La sostuvo sobre la estufa, sujetándola con las uñas y mirando hacia otro lado para no sentirse atraída de nuevo por el contenido, y le prendió fuego. Cuando empezó a quemarse los dedos la tiró en la pila y la miró mientras ennegrecía, se estremecía y se cerraba sobre sí misma como un puño. Luego abrió el grifo para que las cenizas se fueran por el desagüe y telefoneó al doctor Murphy.

            La carta era para mi amigo Ralphy. Antes vivía al otro lado de la calle pero luego se había trasladado a Arizona. La mayor parte de la carta describía una excursión a Alcatraz que habíamos hecho los de mi clase. Eso estaba bien. Lo que horrorizó a mi madre era el último párrafo en el que decía que ella había estado escupiendo sangre y que los médicos no estaban seguros de qué le pasaba, pero esperábamos que no fuera nada grave.
            Esto no era verdad. Mi madre se enorgullecía de su estado físico, se consideraba tan fuerte como una mula:  “Estoy sana como una mula”, decía cuando le preguntaban por su salud. Yo llevaba ya varios años diciendo cosas desagradables que no eran verdad y esta costumbre mía irritaba enormemente a mi madre, tanto como para decidirla a mandarme al doctor Murphy, en cuya consulta me encontraba sentado mientras ella quemaba mi carta. El doctor Murphy era nuestro médico de cabecera y no tenía estudios de psicoanálisis, pero se interesaba por las “cosas de la mente”, como él decía. Me había tratado de apendicitis y amigdalitis y mi madre pensaba  que podría introducir la verdad en mi mente con la misma facilidad con que extirpaba cosas de mi cuerpo, una esperanza ésta que el doctor Murphy no compartía. Básicamente deseaba conseguir que yo entendiera lo que hacía, y últimamente estaba llegando a la conclusión de que yo comprendía lo que hacía todo lo bien que llegaría a comprenderlo nunca.

           
            El doctor Murphy escuchó a mi madre mientras ésta le contaba la historia de la carta y lo que había hecho con ella. Sentía curiosidad por saber las palabras que yo había utilizado y se irritó cuando ella dijo que la había quemado.
—Lo que importa —dijo ella— es que suponía que estaba curado y no lo está.
—Margaret, yo nunca dije que estuviera curado.
—Claro que sí. De no ser así, ¿por qué iba yo a mandar más de mil dólares a la Misión Tomasiana?
—Yo dije que era responsable. Eso significa que James sabe lo que hace, no que vaya a dejar de hacerlo.
—Estoy segura de que me dijiste que se había curado.
—Nunca he dicho eso. Para decir que alguien está curado tienes que saber en qué  consiste la salud. En este tipo de cosas eso es imposible. ¿Qué quieres decir cuando hablas de curar a James?
—Ya lo sabes.
—Dímelo de todas formas.
—Hacerle volver a la realidad, ¿qué va a ser?
—¿Qué realidad?¿La mía o la tuya?
—Murphy, ¿de qué estás hablando? James no está loco, es un mentiroso.
—Eso sí es cierto.
—¿Qué voy a hacer con él?
—No creo que puedas hacer mucho. Ten paciencia.
—Ya he tenido bastante paciencia.
—Yo en tu lugar, Margaret, no le daría demasiada importancia al asunto. James no roba, ¿verdad?
—Por supuesto que no.
—Ni pega a nadie ni es respondón.
—No.
—Entonces tienes muchos motivos para estar agradecida.
—Creo que no puedo resistir más. Esa historia de la leucemia el año pasado. Y ahora esto.
—Se le pasará cuando crezca, creo yo.
—Murphy, tiene dieciséis años. ¿Qué ocurre si simplemente lo hace cada vez mejor?

            Finalmente mi madre comprendió que no iba a conseguir nada del doctor Murphy, que no paraba de recordarle la suerte que tenía. Le dijo algo cortante, él le contestó algo pedante y ella le colgó. El doctor Murphy se quedó mirando el auricular.
—¿Sí? —dijo, y lo puso en su sitio.
            Se pasó una mano por la cabeza, una costumbre que le había quedado de los tiempos en que tenía pelo. Para demostrar que lo llevaba bien, bromeaba a menudo acerca de su calvicie, pero yo tenía la impresión de que le molestaba profundamente.
Mirándome desde el otro lado de la mesa, debió de desear no haberme aceptado como paciente. Tratar al hijo de un amigo era como invertir el dinero de un amigo.
—No hace falta que te diga quién era.
Asentí.
El doctor Murphy apartó su silla y la hizo girar para mirar por la ventana que tenía a su espalda y que ocupaba casi toda la pared. Todavía había  algunos veleros en la bahía, pero todos venían hacia la costa. Una niebla gris y algodonosa había cubierto el puente y avanzaba rápidamente. El agua parecía en calma desde aquí arriba pero cuando me fijé más vi manchitas blancas por todas partes, así que debía de estar bastante picada.
—Me sorprendes —dijo—. Mira que dejar algo así donde ella pudiera encontrarlo. Si realmente no puedes evitar el hacer estas cosas, por lo menos podías ser amable y hacerlas discretamente. No es fácil para tu madre, habiendo muerto tu padre y estando lejos todos los demás.
—Lo sé. Yo no pretendía que la encontrara.
—Bueno —se dio golpecitos en los dientes con el lápiz. No estaba convencido profesionalmente, pero personalmente puede que sí—. Creo que ahora deberías irte a casa y tratar de arreglarlo.
—Supongo que sí.
—Dile a tu madre que me pasaré por allí esta noche o mañana. Y otra cosa, James… no la subestimes.

            Mientras vivió mi padre solíamos ir a pasar tres o cuatro días al Parque Nacional de Yosemite durante el verano. Mi madre conducía y mi padre nos señalaba los lugares de interés, prados donde en otro tiempo se alzaron pueblos de efímera prosperidad, árboles colgantes, ríos de los que se decía que en ciertas épocas fluían contra corriente. O nos leía; tenía la idea, típica de los adultos, de que a los niños les encanta Dickens y Sir Walter Scott. Nosotros cuatro íbamos sentados en el asiento de atrás con las caras serias y atentas, mientras nuestras manos y pies empujaban, pellizcaban, pisaban, golpeaban y pateaban.
            Una noche un oso entró en nuestro campamento justo después de cenar. Mi madre había hecho un guiso de atún y debió de olerle como algo por lo que valía la pena morir. Entró en el campamento mientras estábamos sentados alrededor del fuego y se quedó de pie balanceándose hacia detrás y hacia delante. Mi hermano Michel fue el primero en verle y me dio un codazo. Luego le vieron mis hermanas y chillaron. Mi madre y mi padre estaban de espaldas a él pero mi madre debió de intuir lo que pasaba porque inmediatamente dijo:
—No chilléis. Podríais asustarle y cualquiera sabe lo que haría. Nos pondremos a cantar y se irá.
            Cantamos “Rema, rema, rema en tu barca”, pero el oso no se iba. Dio varias vueltas en torno a nosotros, poniéndose de manos de vez en cuando para olfatear el aire. A la luz de la hoguera yo veía su cara de perro y los músculos que rodaban baja la piel suelta como piedras dentro de un saco. Cantamos más fuerte mientras él se movía en círculo, acercándose cada vez más.
—Bueno —dijo mi madre—, ya está bien.
Se levantó bruscamente. El oso se detuvo y la observó.
—Largo de aquí —dijo mi madre.
El oso se sentó y miró a un lado y a otro.
—Largo de aquí —repitió ella y se agachó y cogió una piedra.
—No, Margaret —dijo mi padre.
Ella tiró la piedra con fuerza y le dio al oso en el vientre. Incluso a la tenue luz del fuego vi el polvo que salía de su piel. Gruñó y se irguió todo lo alto que era.
—¿Habéis visto?—gritó mi madre—. Está asqueroso. ¡Asqueroso!
Una de mis hermanas se rió. Mi madre cogió otra piedra.
—Por favor, Margaret —dijo mi padre.
Justo en ese momento el oso dio media vuelta y se alejó. Mi madre arrojó la piedra en dirección a él. Durante el resto de la noche el animal merodeó alrededor del campamento hasta que encontró el árbol en el que habíamos colgado los alimentos. Se lo comió todo. Al día siguiente regresamos a la ciudad. Podíamos haber comprado comida en el valle, pero mi padre quería marcharse y no cedió en  ningún argumento. En el viaje de regreso trató de animarnos gastando bromas, pero Michel y mis hermanas le ignoraron y miraron por las ventanillas con caras de piedra.
            La relación entre mi madre y yo nunca fue fácil, pero no la subestimaba. Era ella la que me subestimaba a mí. Cuando era pequeño ella sospechaba que era demasiado delicado, porque no me gustaba que me lanzaran al aire y porque cuando la veía a ella y a los demás preparándose para una riña general, yo encontraba un sitio donde esconderme. Si conseguían arrastrarme a la trifulca siempre salía herido, un rodillazo en el labio, un dedo torcido, la nariz sangrando, y esto también me lo reprochaba mi madre, como si yo lo hiciera adrede para no jugar.
            Incluso las cosas que yo hacía bien la ponían nerviosa. A todos nos encantaban los juegos de palabras, excepto a mi madre, que nunca los entendía, y después de mi padre yo era el mejor de la familia en eso. Mi especialidad eran los Rápidos: “Pueden bajar al prisionero”, dijo Tom condescendiente”. Mi padre  me animaba a hacerlos durante la cena, lo cual debía de ser una tortura para los invitados. Mi madre no estaba segura de lo que sucedía, pero no le gustaba.
            Sospechaba de mí también en otros sentidos. No podía irme al cine sin que ella me examinara los bolsillos para asegurarse de que llevaba suficiente dinero para la entrada. Cuando me iba al campamento de verano me abría la mochila delante de todos los chicos que estaban esperando el autobús. Hubiera preferido marcharme sin el saco de dormir y unas cuantas mudas de ropa, que había olvidado meter, antes que quedar en ridículo. Su desconfianza era lo que me volvía olvidadizo.
            Además pensaba que era insensible por lo que sucedió el día que murió mi padre y luego en el funeral. No lloré en el funeral de mi padre y mostré signos de aburrimiento durante la elegía, jugueteando con  el libro de himnos. Mi madre me hizo poner las manos en el regazo y yo las dejé allí sin moverlas como si fueran cosas que estaba sosteniendo para otra persona. El efecto era irónico y a ella le molestó. Tuvimos una especie de reconciliación unos días más tarde cuando yo cerré los ojos en el colegio y me negué a abrirlos. Después de que varios profesores primero y luego el director fracasaran en su intento de convencerme de que les mirara, o de que mirase una recompensa que afirmaban tener en la mano, me llevaron a la enfermera del colegio, la cual trató de abrirme los párpados a la fuerza y me arañó seriamente uno de ellos. El ojo se me hinchó y yo me puse rígido.
Al director le entró pánico y llamó a mi madre, la cual vino a recogerme. Me negué a hablarle, a abrir los ojos o doblarme, por lo que  tuvieron que ponerme tumbado en el asiento trasero y cuando llegamos a casa mi madre tuvo que subirme los escalones de la entrada uno a uno. Luego me echó en el sofá y estuvo toda la tarde tocando el piano para mí. Finalmente abrí los ojos. Nos abrazamos y lloré. Mi madre no creyó en mis lágrimas, pero las aceptó porque sabía que yo las había escenificado en honor suyo.
            También mis mentiras nos separaron y el hecho de que mis promesas de no volver a mentir no parecían significar nada para mí. A menudo mis mentiras llegaban a ella de manera muy embarazosa, por ejemplo, la gente le paraba en la calle para decirle que lamentaba mucho que… En el barrio a nadie le gustaba poner a mi madre en una situación violenta, y esto dejó de ocurrir una vez que todo el mundo se enteró de lo que me pasaba. Pero no había forma de salvarla de los desconocidos. El verano después de morir mi padre fui a pasar una temporada con mi tío en Redding y cuando volví me encontré inesperadamente con que mi madre había venido a esperarme a la estación de autobuses. Traté de alejarme del caballero que había viajado a mi lado pero no pude quitármelo de encima. Cuando vio que mi madre me abrazaba se acercó, le dio su tarjeta y le dijo que la llamara si las cosas empeoraban. Ella le devolvió la tarjeta y le contestó que no se metiera donde nadie le llamaba. Más tarde, camino de casa, me hizo repetirle lo que le había dicho al hombre. Sacudió la cabeza.
—No es justo que le cuentes a la gente esas cosas —dijo—. Les confundes.
A mí me parecía que era mi madre la que había confundido al hombre, no yo, pero no se lo dije. Reconocí que no debería decir esas cosas y le prometí que no volvería a hacerlo; promesa que rompí tres horas después en conversación con una mujer en el parque.
            No eran sólo las mentiras lo que preocupaba a mi madre; era la morbosidad de las mismas. Ese era el verdadero problema entre nosotros, como lo había sido ente ella y mi padre. Mi madre trabajaba como voluntaria en el Hospital Infantil y el Comedor de San Antonio y hacía colectas para la Sociedad de San Vicente de Paul. Ponía velas a los santos. Mi hermano y mis hermanas salían a ella en ese aspecto. Mi padre gozaba maldiciendo el lado oscuro de la vida. Nunca se sentía más vivo que cuando estaba indignado por algo. Por esta razón el acto más importante del día para él era la lectura del periódico vespertino.
            El nuestro era un periódico terrible, indiferente a la ciudad que lo compraba, indiferente a los descubrimientos médicos —exceptuando nuevos tipos de gases que hacían que se te cayeran las manos al estornudar— e indiferente a la política y al arte.
Lo suyo era el escándalo, el horror y las coincidencias espeluznantes. Cuando mi padre se sentaba en el cuarto de estar con el periódico mi madre se quedaba en la cocina y mantenía a los niños entretenidos, a todos menos a mí, porque yo era un niño tranquilo que se divertía solo. Me divertía observando a mi padre.
Se sentaba con las rodillas separadas, inclinado hacia delante, los ojos a pocos centímetros de la página impresa. Mientras leía iba asintiendo con la cabeza. A veces decía palabrotas, tiraba el periódico al suelo y paseaba arriba y abajo del cuarto, luego lo recogía y empezaba de nuevo. Durante una temporada adquirió la costumbre de leérmelo en voz alta. Siempre empezaba  por los ecos de sociedad, a los cuales llamaba la página de los parásitos. Esta columna comenzó a tener el carácter de una historieta cómica o de un serial, pues los mismos personajes vestidos de chiflón, sosteniendo torpemente sus vasos a beneficio de los  huérfanos de la Península, sonriendo detrás de unas gafas de sol en la terraza de un refugio de esquí en la Sierra. A los que más insultaba era a los esquiadores, probablemente porque no podía entenderlos. La actividad misma era inconcebible para él. Cuando mis hermanas fueron al lago Tahoe un fin de semana invernal con unas amigas y volvieron entusiasmadas con la belleza del lugar, mi padre las chafó enseguida.
—La nieve está sobrevalorada —dijo.
            Luego venían las noticias, o lo que en ese periódico pasaba por noticias: cadáveres desenterrados en Escocia, antiguos nazis que ganaban unas elecciones, animales poco comunes asesinados, mendigos que morían desnudos en casas heladoras tumbados en colchones rellenos de miles, o millones, de dólares; sacerdotes que se casaban, actrices que se divorciaban, millonarios del petróleo que construían fantásticos mausoleos en honor de su caballo favorito, casos de canibalismo. Mi padre leía todo esto con una sonrisa fija y cansada.
            Mi madre le animaba a defender alguna causa, a unirse a algún grupo, pero él no quería. Se sentía incómodo con la gente que no era de la familia. Él y mi madre raras veces salían y raras veces recibían invitados, excepto en las grandes fiestas nacionales o privadas. Sus invitados eran siempre los mismos: el doctor Murphy y su esposa, y varios otros amigos que conocían desde la infancia. La mayoría de estas personas nunca se veían fuera de nuestra casa y  no se lo pasaban muy bien juntas. Mi padre cumplía con sus obligaciones como anfitrión metiéndose con cada uno por cosas estúpidas que habían hecho o dicho en el pasado y obligándoles a reírse de sí mismos.
            Aunque mi padre no bebía, se empeñaba en mezclar cócteles para los invitados. Nunca servía bebidas sencillas como ron con Coca-Cola o whisky con hielo, sólo bebidas inventadas por él. Les ponía nombres relacionados con la abogacía, tales como “El abogado”, “El juez de la horca”, “El perseguidor de la ambulancia” o “El portavoz”, y describía el brebaje con todo detalle. Contaba largas y complicadas historias casi en un susurro, obligando a todos  a inclinarse hacia él, y repitiendo las frases importantes; también repetía las frases importantes de las historias que contaba mi madre y además la corregía cuando se equivocaba. Cuando los invitados terminaban sus propias anécdotas, él señalaba la moraleja.
            El doctor Murphy tenía varias teorías acerca de mi padre, que solía poner a prueba conmigo en el curso de nuestras sesiones. Para entonces el doctor Murphy había sustituido sus gafas por lentillas y había adelgazado gracias a unos ayunos que hacía regularmente. A pesar de su calvicie parecía varios años más joven que cuando venía a las fiestas de casa. Ciertamente no parecía coetáneo de mi padre, aunque lo era.
            Una de las teorías del doctor Murphy era que, al aceptar un puesto de poca responsabilidad en una empresa nada interesante, mi padre había mostrado una conducta clásica de las personas que han sido muy dotadas de niños.
—Tenía miedo de descubrir sus limitaciones—me dijo el doctor Murphy—. Mientras siguiera sellando papeles y redactando testamentos podía continuar creyendo que no tenía limitaciones.
            La fascinación del doctor Murphy por mi padre me hacía sentirme  incómodo, era como si le traicionase al escucharle. Mientras vivía, mi padre nunca se habría sometido a un psicoanálisis; me parecía una traición tumbarle en el diván ahora que había muerto.
            En cambio disfrutaba oyendo al doctor Murphy contar recuerdos de mi padre cuando era pequeño. Me contó algo que sucedió cuando los dos estaban en los Boy Scouts. Su tropa había hecho una larga caminata y se había quedado rezagado. El doctor Murphy y los otros decidieron tenderle una emboscada cuando le vieron venir por el sendero. Se escondieron en el bosque a ambos lados y esperaron. Pero cuando mi padre pasó junto a ellos ninguno se movió ni hizo ruido y él siguió su camino sin enterarse de que estaban allí.
—Tenía una expresión tan dulce en la cara —dijo el doctor Murphy—, escuchando a los pájaros y oliendo las flores, que parecía Fernando el Toro.
            También me comentó que los cócteles de mi padre sabían a medicina.

            Mientras yo volvía a casa en bicicleta al salir de la consulta del doctor Murphy, mi madre estaba angustiada. Se sentía terriblemente sola pero no llamó a nadie porque también se sentía fracasada. Mis mentiras tenían ese efecto sobre ella. Se las tomaba como una ofensa personal. En tales momentos no pensaba en mis hermanas, una felizmente casada, la otra alumna brillante en Fordhan. Tampoco pensaba en mi hermano Michael, que había dejado la universidad para trabajar en Los Angeles con niños que se habían escapado de sus casas. Pensaba en mí. Pensaba que ella había destrozado a su familia.
            La realidad era que organizaba bien a la familia. Mientras mi padre se estaba muriendo en el piso de arriba, ella nos hizo trabajar con un propósito común. Redactó listas de tareas y nos dio a cada uno una asignación justa. Nos fijó la hora de acostarnos y nos obligó a cumplirla. Nos marcó un horario para hacer los deberes. Responsabilizó a cada niño del que le seguía en edad y a mí me regaló un perro. Nos decía con frecuencia que nos quería. Durante la cena esperaba que cada uno contribuyera de alguna manera y después de cenar tocaba el piano y trataba de enseñarnos a cantar en armonía, cosa que yo no era capaz de hacer. Mi madre, que era admiradora de la familia Trapp, consideraba que  esto era un defecto de carácter.
            Nuestra vida en común era más ordenada, más sana, mientras mi padre se moría que lo había sido antes. Él nos había fijado unas normas que seguir, no muy distintas de las que nos dio mi madre cuando él cayó enfermo, pero las imponía con arbitrariedad. Aunque se suponía que recibíamos una asignación, siempre teníamos que pedírsela y entonces nos daba demasiado dinero porque le gustaba parecer magnánimo. A veces nos castigaba sin razón, porque estaba de mal humor. Era capaz de decidir, justo cuando una de mis hermanas iba a ir a un baile, que más le valía quedarse en casa y hacer algo para cultivarse. O de repente nos cogía a todos un miércoles por la noche y nos llevaba a patinar sobre hielo.
            Cambió cuando se enteró de que tenía cáncer y se volvió más tranquilo a medida que la enfermedad se extendía. Ya no estaba siempre tomándonos el pelo, y de vez en cuando era posible tener una conversación con él que no tratara de la última cosa que le había indignado. Dejó de leer el periódico y pasaba mucho tiempo mirando por la ventana.
            Él y yo nos unimos más. Me enseñó a jugar al póquer y a veces me ayudaba a hacer los deberes. Pero no fue su enfermedad lo que nos unió. La reserva entre nosotros había empezado a romperse después del incidente con el oso, en el viaje de vuelta. Michael y mis hermanas estaban furiosos con él por habernos obligado a  marcharnos antes de lo previsto y se negaban a hablarle o mirarle. Él bromeaba: aunque había sido una experiencia horripilante teníamos que resignarnos.* Y cosas así. A los otros sus bromas les parecían de mal gusto, pero a mí no. Yo había visto lo aterrado que se quedó cuando el oso entró en el campamento. Se había mantenido tan inmóvil que empezó a temblar. Cuando mi madre se puso a tirar piedras pensé que él iba a salir disparado. Yo le comprendía, porque también había sentido miedo. Los otros se lo tomaron a juerga una vez que se acostumbraron a tener al oso merodeando, pero para mi padre y para mí era cada vez peor. Me alegré de salir de allí y le agradecí a mi padre que me hubiera sacado. Comprendí que sus bromas eran una forma de dominarse. Así que le respondí con otra broma: “Hay otro oso fuera, dijo Tom con intención”* Los otros me lanzaron miradas gélidas. Pensaron que le estaba haciendo la pelota. Pero él sonrió.
            Cuando pensaba en otros chicos que tenían una estrecha relación con sus padres me los imaginaba cazando juntos, jugando a la pelota, haciendo casas para los pájaros en el sótano y teniendo largas conversaciones sobre chicas, guerras y carreras universitarias. Puede que la razón de que nosotros tardásemos tanto en llevarnos bien fuese que yo tenía esta idea. Siempre interfería en lo que de verdad teníamos en común, que era un miedo compartido.
            Hacia el final mi padre se pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo y yo le observaba. A veces, desde abajo, me llegaba débilmente el sonido del piano de mi madre. En ocasiones él se quedaba traspuesto en su sillón mientras yo le leía; entonces su albornoz se abría y yo veía la larga cicatriz reciente que cruzaba su estómago, roja como la sangre en contraste con su piel blanca. Se le marcaban todas las costillas y sus piernas eran como alambres.
            Una vez leí en la biografía de un gran hombre que “murió bien”. Supuse que el escritor quería decir que soportó el dolor sin quejarse, que no dio falsas alarmas y que no molestó demasiado a quienes iba a dejar detrás. Mi padre murió bien. Su irritabilidad dio paso a otra cosa, algo parecido a la serenidad. En los últimos días se volvió tierno. Era como si la ira de su vida hubiese sido una especie de miedo a subir al escenario— con la intuición de un viejo actor que sabe cuándo hacer payasadas y cuándo mostrarse digno. Todos estábamos conmovidos y admirábamos su valor, que era lo que él pretendía. Murió en la planta baja, en un rayo oblicuo de sol de la tarde, el día de Año Nuevo, mientras yo le leía. Estábamos solos en casa y yo no sabía qué hacer. Su cuerpo no me asustaba pero inmediatamente, intensamente, eché de menos a mi padre. Me parecía mal dejarle allí sentado y traté de llevarle al piso de arriba, a su dormitorio, pero esto era demasiado difícil para hacerlo yo solo. Así que llamé a mi amigo Ralphy, que vivía enfrente. Cuando entró y vio para qué le llamaba, se echó a llorar pero le obligué a ayudarme de todas formas. Un par de horas después llegó mi madre y cuando le dije que mi padre había muerto, subió corriendo, llamándole. Bajó unos minutos después.
—Gracias a Dios que al menos murió en su cama —dijo.
            Al parecer esto era importante para ella y no le dije la verdad. Pero esa noche vinieron a visitarnos los padres de Ralphy. Dijeron que estaban horrorizados por lo que yo había  hecho y mi madre también lo estuvo cuando oyó la historia, horrorizada y furiosa. ¿Por qué?¿Porque no le había dicho la verdad?¿O porque se había enterado de la verdad y ya no podía seguir creyendo que mi padre había muerto en su cama? Realmente no lo sé.


            —Mamá —dije al entrar en el cuarto de estar—, siento lo de la carta. Lo siento de veras.
Estaba poniendo leña en la chimenea y no me miró ni me habló por un momento. Finalmente acabó, se levantó y se sacudió las manos. Retrocedió unos pasos y miró el fuego que había preparado.
—Me ha quedado bien —dijo—. No está mal para haberlo hecho una tuberculosa.
—Mamá, lo siento.
—¿Lo sientes?¿Qué es lo que sientes, haberlo escrito o que lo haya descubierto?
—No pensaba echar la carta al correo. Era una especie de broma.
—Ja, ja —cogió la escoba y barrió trocitos de corteza y los echó dentro de la chimenea, luego corrió las cortinas y se sentó en el sofá—.Siéntate —dijo. Cruzó las piernas—. ¿Te doy consejos continuamente?
—Sí.
—¿Sí?
Asentí.
—Bueno, da igual. Es mi obligación. Soy tu madre. Voy a darte algunos consejos más, por tu bien. No hace falta que inventes todas esas cosas, James. Ya sucederán—se puso a jugar con el dobladillo de su falda—.¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
—Creo que sí.
—Te estás estafando a ti mismo, eso es lo que trato de decirte. Cuando llegues a mi edad no sabrás nada de la vida. Lo único que sabrás es lo que te has inventado.
Pensé en ello. Parecía lógico.
—Creo que tal vez necesitas salir un poco de ti mismo. Pensar más en otras personas—continuó ella.
            Sonó el timbre.
—Ve a abrir —dijo mi madre—. Luego hablaremos de esto.
            Era el doctor Murphy. Él y mi madre se disculparon y ella insistió en que se quedara a cenar. Fui a la cocina a buscar hielo para sus bebidas y cuando volví estaban hablando de mí. Me senté en el sofá y les escuché. El doctor Murphy le estaba diciendo a mi madre que no se preocupara.
—James es un buen chico —dijo—. He estado pensando en mi hijo mayor, Terry. No es enteramente un sinvergüenza, pero tampoco es enteramente honrado. No puedo comunicarme con él. Por lo menos James no es escurridizo.
—No —dijo mi madre—. Nunca ha sido escurridizo.
El doctor Murphy cruzó las manos entre sus rodillas y se las miró.
—Pues eso es lo que es Terry. Escurridizo.
            Antes de sentarnos a cenar rezó en acción de gracias; el doctor Murphy inclinó la cabeza y cerró los ojos y al final se santiguó, aunque había perdido su fe en la universidad. Cuando me lo dijo, en una de nuestras sesiones, con esas mismas palabras, yo vi la imagen de un solo impermeable colgado en un perchero delante de un comedor. Bebió mucho vino y volvió insistentemente al tema de su relación con Terry. Reconoció que el muchacho había llegado a desagradarle. Luego mencionó por sus nombres a varios pacientes suyos, a algunos de los cuales conocíamos mi madre y yo, y dijo que también le desagradaban. Utilizaba la palabra “desagradar” con regodeo, como cuando alguien que está a régimen se permite comerse una sola patata frita.
—No sé en qué me  he equivocado —dijo repentinamente, sin que viniera a cuento de nada en particular—. Aunque también es posible que no me haya equivocado en nada. Ya no sé qué pensar. Nadie lo sabe.
—Yo sí sé qué pensar —dijo mi madre.
—Lo mismo le pasa al solipsista. ¿Cómo puedes demostrarle a un solipsista que no nos está creando a los demás?
            Éste era uno de los acertijos favoritos del doctor Murphy y casi cualquier pretexto le valía para sacarlo a relucir. Era como un niño con un truco de naipes.
—Mándale a la cama sin cenar —contestó mi madre—. Que cree eso.
            De pronto el doctor Murphy se volvió hacia mí.
—¿Por qué lo haces? —me preguntó.
            Era una pregunta pura, no tenía ningún propósito que no fuera la satisfacción de su curiosidad. Mi madre me miró y su cara expresaba la misma curiosidad.
—No lo sé —dije, y ésa era la verdad.
            El doctor Murphy asintió, no porque hubiera previsto la respuesta sino porque la aceptaba.
—¿Te resulta divertido?
—No, no es divertido. No puedo explicarlo.
—¿Por qué es todo tan triste? —preguntó mi madre—. ¿Por qué todas esas enfermedades?
—Tal vez —dijo el doctor Murphy —porque las cosas tristes son más interesantes.
—Para mí no —dijo mi madre.
—Para mí tampoco —dije yo—. Simplemente me sale así.
            Después de cenar el doctor Murphy le pidió a mi madre que tocara el piano. Quería cantar especialmente “Ven a casa, Abbie, la luz de la escalera está encendida”.
—Esa antigualla —dijo mi madre.
            Se levantó, dobló cuidadosamente la servilleta y la seguimos al cuarto de estar. El doctor Murphy se quedó de pie detrás de ella mientras mi madre se preparaba. Luego cantaron “Ven a casa, Abbie, la luz de la escalera está encendida” y yo observé que él la miraba atentamente, como si estuviera tratando de recordar algo. Ella tenía los ojos cerrados. Después cantaron “O Magnum Mysterium”. La cantaron por partes y yo lamenté no tener voz, porque sonaba preciosa.
—Vamos, James —dijo el doctor Murphy mientras mi madre tocaba los últimos acordes—. ¿Es que estas viejas canciones no son lo bastante buenas para ti?
—No sabe cantar, sencillamente —dijo mi madre.

            Cuando el doctor Murphy se fue, mi madre encendió la chimenea y luego hizo más café. Se dejó caer en el sillón medio tumbada, estirando las piernas y moviendo los pies hacia delante y hacia atrás.
—Ha sido divertido —dijo.
—¿Papá y tú hacíais cosas así alguna vez?
—Unas cuantas veces cuando empezamos a salir. Creo que nunca le gustaron. Él era como tú.
            Me pregunté si mis padres habían tenido una buena relación. Él la admiraba y le gustaba mirarla; todas las noches a la hora de cenar nos hacía correr los candelabros ligeramente a la izquierda o a la derecha del centro para poder verla al otro extremo de la mesa. Y todas las noches cuando ella ponía la mesa volvía a colocarlos en el centro. No parecía echarle mucho de menos. Pero la verdad es que no lo sabría aunque así fuera, además, tampoco yo le echaba tanto de menos, no como antes. La mayor parte del tiempo pensaba en otras cosas.
—¿James?
Esperé.
—He estado pensando que quizá te gustaría ir a pasar un par de semanas con Michael.
—¿Y el colegio?
—Yo hablaré con el Padre McSorley. No le importará. Puede que este problema se resuelva solo si empiezas a pensar en otras personas.
—Ya lo hago.
—Quiero decir que ayudes a otros, como hace Michael. No tienes que ir si no te apetece.
—Me parece bien. De veras. Me apetece ver a Michael.
—No estoy tratando de librarme de ti.
—Ya lo sé.
Mi madre se desperezó, luego dobló las piernas debajo de sí. Bebió un sorbo de café ruidosamente.
—¿Qué significa esa palabra que usó Murphy?¿Sabes cuál digo?
—¿Paranoico? Es cuando alguien cree que todo el mundo le persigue. Como esa mujer que siempre te agarra después de misa, Frances.

—No me refiero a paranoico. Todo el mundo sabe lo que eso significa. Era sol-algo.
—Ah. Solipsista. Un solipsista es alguien que piensa que él crea todo lo que le rodea.
Mi madre asintió y sopló su café, luego dejó la taza sin haber bebido.
—Preferiría ser paranoica. ¿Crees que Frances lo es realmente?
—Por supuesto. No hay duda.
—Quiero decir, ¿crees que está verdaderamente enferma?
—Eso es lo que quiere decir paranoico, estar enfermo. ¿Tú que creías, mamá?
—¿Por qué estás tan enfadado?
—No estoy enfadado —bajé la voz—. No estoy enfadado. Pero tú no te creerás esas historias que te cuenta, ¿verdad?
—Bueno, no, no exactamente. Yo creo que no sabe lo que dice, sólo quiere que alguien la escuche. Probablemente vive completamente sola en un cuartucho. Así que es una paranoica. Fíjate que cosas. Y yo sin tener ni idea. James, debemos rezar por ella. ¿Te acordarás de hacerlo?
Asentí. Pensé en  mi madre cantando “O Magnum Mysterium”, dando las gracias por los alimentos, rezando con fácil confianza, y se me ocurrió que su imaginación era superior a la mía. Ella podía imaginar las cosas uniéndose, no haciéndose pedazos. Me miró y yo me encogí; sabía exactamente lo que iba a decir.
—Hijo, ¿sabes cuánto te quiero? —dijo.


            Al día siguiente por la tarde cogí el autobús de Los Angeles. Me apetecía el viaje, la monotonía de la carretera y de los campos vacíos a ambos lados. Mi madre cruzó conmigo el largo vestíbulo abierto. La estación estaba abarrotada de gente y resultaba agobiante.
—¿Estás seguro de que es éste el autobús que tienes que coger? —me preguntó en el andén.
—Sí.
—Parece tan viejo…
—Mamá…
—De acuerdo.
Me atrajo hacia sí y me besó, luego me retuvo un segundo más para demostrarme que su abrazo era sincero, no como el de todo el mundo, sin darse cuenta de que todo el mundo hace lo mismo. Subí al autobús y ambos movimos la manos en señal de despedida hasta que resultó embarazoso. Entonces mi madre se puso a buscar algo en su bolso. Cuando terminó yo me levanté y me puse a colocar el equipaje en la rejilla. Me senté y nos sonreíamos, agitamos la mano cuando el conductor puso el motor en marcha, nos encogimos de hombros cuando se levantó repentinamente para contar los pasajeros, nos despedimos de nuevo cuando volvió a sentarse. Cuando el autobús partió mi madre y yo nos estábamos mirando con auténtico alivio.
            Me había equivocado de autobús. Éste iba a Los Angeles pero no por la ruta más corta. Nos paramos en San Mateo, Palo Alto, San José y Castroville. Cuando salimos de Castroville empezó a llover con fuerza; mi ventanilla no cerraba del todo y un fino reguero de agua resbalaba por la pared y caía sobre mi asiento. Para no mojarme tenía que mantenerme apartado de la pared e inclinado hacia delante. Llovía cada vez más. El motor del autobús sonaba como si estuviera deshaciéndose.
            En Salinas el hombre que dormía a mi lado se levantó de un salto, pero antes de que tuviera tiempo de cambiarme de asiento, una mujer enorme que llevaba un vestido estampado y una bolsa de la compra ocupó su sitio. Tomó posesión de su asiento y se derramó hasta ocupar la mitad del mío, obligándome a retroceder hacia la pared.
—Menuda tormenta —dijo en voz alta, luego se volvió y me miró—. ¿Tienes hambre?
Sin esperar respuesta, metió la mano en su bolsa, sacó un pedazo de pollo y me lo dio.
—¡Vaya por Dios! —gritó—. ¡Miren cómo devora ese muslo de pollo!
Algunas personas se volvieron y sonrieron. Les devolví la sonrisa sin dejar de comer. Cuando terminé ese trozo, ella me dio otro, y luego otro más. Después empezó a repartir pedazos de pollo  a la gente que iba cerca de nosotros.
            En las afueras de San Luis Obispo el ruido del motor se hizo más fuerte de repente y luego paró por completo. El conductor se echó a un lado de la carretera y se apeó; volvió a subir, chorreando. Unos minutos más tarde nos anunció que el autobús se había averiado y que enviaban otro a recogernos. Alguien preguntó cuánto tardaría y el conductor dijo que no tenía ni idea.
—¡Tómenselo con calma! —gritó la mujer que iba a mi lado—. El que tenga prisa por llegar a Los Angeles debería ir al psiquiatra.
            El viento soplaba con fuerza alrededor del autobús, empujando cortinas de lluvia contra las ventanillas de ambos lados. El autobús se balanceaba suavemente. Fuera la luz era parda y densa. La mujer que iba a mi lado interrogó a todos los que nos rodeaban respecto a sus itinerarios y dijo si conocía o no el lugar a donde iban  o de donde venían.
—¿Y tú? —me dio una palmada en la rodilla—. ¿Tus padres tienen una granja de pollos? ¡Espero que sí!
Se rió. Le dije que era de San Francisco.
—San Francisco, allí era donde estaba destinado mi marido.
Me preguntó qué hacía allí y le dije que trabajaba con refugiados tibetanos.
—¿Sí? ¿Y qué haces con una pandilla de tibetanos?
—Me parece a mí que hay muchos otros sitios donde podían haber ido —dijo un hombre que iba sentado delante de nosotros—. Cruzar la frontera de esa manera… Nosotros no vamos allí.
—¿Qué haces con una pandilla de tibetanos?—repitió la mujer.
—Intento encontrarles trabajo, les busco alojamiento, escucho sus problemas.
—¿Entiendes ese habla?
—Sí.
—¿Lo hablas?
—Bastante bien. Nací y me crié en el Tíbet. Mis padres eran misioneros allí.
Todo el mundo esperó.
—Los asesinaron cuando entraron los comunistas.
La mujer gorda me dio unas palmaditas en el brazo.
—Estoy bien —dije.
—¿Por qué no dices algo en tibetano?
—¿Qué quiere que diga?
—Di “La vaca saltó por encima de la luna”.
Me observó sonriendo y cuando terminé miró a los otros y movió la cabeza.
—Qué bonito. Es como música. Di algo más.
—¿Qué?
—Cualquier cosa.
Se inclinaron hacia mí. De pronto las ventanillas quedaron cegadas por la lluvia. El conductor se había dormido y roncaba suavemente mecido por el balanceo del autobús Fuera la luz cenagosa se volvió amarillo pálido por un instante y se oyó un trueno a lo lejos. La mujer que iba a mi lado se recostó en su asiento y cerró los ojos y entonces todos los demás hicieron lo mismo mientras yo les cantaba en lo que sin duda era una lengua antigua y sagrada.



sábado, 14 de marzo de 2020

RELATOS PARA LA CUARENTENA: FLANNERY O'CONNOR

No es que pueda hacer mucho en esta crisis que nos toca vivir, pero trataré de poner mi granito de arena compartiendo relatos que guardo y que, creo, merece la pena leer.
Espero que os gusten.
El primero, cómo no, es de una de mis autoras favoritas de todos los tiempos.
¡Disfrutadlo porque es una maldita maravilla!


TODO LO QUE ASCIENDE TIENE QUE CONVERGER
Flannery O’Connor (1965)


El médico había dicho a la madre de Julian que tenía que adelgazar diez kilos porque estaba alta de presión, así que los miércoles por la noche Julian tenía que llevarla en autobús al centro de la ciudad para que asistiera a su clase de adelgazamiento. La clase de adelgazamiento estaba destinada a mujeres mayores de cincuenta años que trabajaban y cuyo peso oscilaba entre los ochenta y los cien kilos. Su madre era de las más delgadas, pero le explicó que las señoras no revelaban su edad ni su peso. No estaba dispuesta a ir sola en autobús de noche desde que se admitía a los negros y, como la clase de adelgazamiento constituía uno de sus pocos placeres, era necesaria para su salud y gratis, dijo que lo menos que podía hacer Julian era llevarla, si se consideraba todo lo que ella había hecho por él. A Julian no le gustaba considerar todo lo que había hecho por él, pero cada miércoles por la noche se armaba de valor y la llevaba.
            La mujer estaba casi a punto de salir, de pie ante el espejo del pasillo, poniéndose el sombrero, mientras él, con las manos detrás de la espalda, parecía sujeto al marco de la puerta esperando como San Sebastián a que las flechas empezaran a atravesarle. El sombrero era nuevo y le había costado siete dólares y medio. Repetía una y otra vez:
–Quizá no tendría que haberme gastado tanto dinero. No, no debí hacerlo. Me lo quitaré y lo devolveré mañana. No tendría que haberlo comprado.
            Julian levantó los ojos al cielo.
–Sí, sí debiste comprarlo –dijo–. Póntelo y vamos.
            Era un sombrero espantoso. El ala de terciopelo morado bajaba por un lado y subía por el otro, y el resto era verde y parecía un cojín del que escapara el relleno. Julian pensó que era menos cómico que patético. Todo lo que a ella le daba placer era pequeño y lo deprimía.
            Levantó el sombrero una vez más y se lo colocó despacio sobre la cabeza. Dos alas de pelo cano surgían a ambos lados del rostro sonrosado, pero los ojos, de un azul cielo, eran tan inocentes y vírgenes de experiencia como debieron de serlo cuando tenía diez años. De no haber sido una viuda que había luchado duramente para alimentarlo, vestirlo y pagarle los estudios, y que todavía lo mantenía, “hasta que te valgas por ti mismo”, podría haber pasado por una niña que él tenía que llevar a la ciudad.
–Ya está bien, ya está bien –dijo Julian–. Vámonos.
            Abrió la puerta y empezó a andar por la acera para obligar a su madre a ponerse en marcha. El cielo era de un violeta desvaído, y las casas destacaban oscuras contra él, monstruosidades bulbosas de color bilioso y de una fealdad uniforme aunque no había dos iguales. Como había sido un barrio elegante cuarenta años atrás, su madre se empeñaba en creer que era el sitio adecuado para tener un piso. Todas las casas estaban rodeadas por un estrecho anillo de tierra, y en todos los anillos solía haber sentado un niño mugriento. Julian caminaba con las manos en los bolsillos, la cabeza gacha y adelantada, los ojos vidriosos por la determinación de hacerse completamente invisible durante el tiempo que durara el sacrificio de complacer a su madre.
            La puerta se cerró y él se dio la vuelta para encontrarse con  que la figura regordeta, rematada por el atroz sombrero, se le acercaba.
–Bueno –dijo ella–, solo se vive una vez, y si me ha salido un poco más caro al menos tengo la seguridad de que no se lo veré puestos a otras personas.
–Algún día ganaré dinero –afirmó Julian, sin convicción (sabía bien que eso no iba a ocurrir)- y entonces podrás permitirte esas mamarrachadas siempre que se te antoje.
            Pero primero cambiarían de casa. Imaginó un lugar donde los vecinos más cercanos estarían a cinco kilómetros.
–A mí me parece que te va muy bien –afirmó la madre poniéndose los gua–. Solo hace un año que saliste de la universidad. Todo se andará.
            Era una de las pocas mujeres de la clase de adelgazamiento que llegaba con sombrero y guantes, y que tenía un hijo que había estudiado en la universidad.
–Hace falta tiempo –prosiguió ella–, y el mundo está patas arriba. Este sombrero me favorecía más que los otros, aunque cuando me lo enseñó le dije: “Llévese eso, no me lo pondría por nada del mundo”, y ella me respondió: “Espere a vérselo puesto”, y cuando me lo puso dije: “Bueeeno”, y ella dijo: “Si quiere saber mi opinión, este sombrero le va y usted le va al sombrero, y además no se lo verá puesto a otras personas”.
            Julian pensó que le habría sido más fácil reconciliarse con su suerte si ella hubiera sido egoísta, si hubiera sido una vieja bruja, borracha y cascarrabias. Siguió andando, saturado por la depresión, como si en el punto culminante de su martirio hubiera perdido la fe. Ella, al ver su cara larga, desesperanzada y molesta, se detuvo de repente, con expresión apesadumbrada, y le tiró del brazo.
–Espérame. Vuelvo a casa para quitarme esta cosa de la cabeza y mañana lo devolveré. No estaba en mis cabales. Con estos siete dólares y medio podré pagar la factura del gas.
–No lo vas a devolver. Me gusta.
–Me parece que debo…
–Cállate y disfruta de él –masculló Julian, más deprimido que nunca.
–Tal como está el mundo, es un milagro que podamos disfrutar de algo. Todo anda revuelto y nadie está en el lugar que le corresponde.
            Julian suspiró.
–Claro que –añadió ella–, si uno sabe quién es, puede ir a cualquier parte. –Decía esto cada vez que él la llevaba a la clase de adelgazamiento–. Casi todas las de la clase no son de los nuestros, pero yo puedo ser amable con cualquiera. Sé quién soy.
–Les importa un pito tu amabilidad –replicó Julian, furioso–. Eso de saber quién eres solo vale para una generación. No tienes la más remota idea de cuál es ahora tu verdadera posición ni de quién eres.
            Ella se detuvo un momento y dejó que sus ojos lo miraran relampagueantes.
–Claro que sé quién soy, y si tú no sabes quién eres me avergüenzo de ti.
–¡Otra vez!
–Tu bisabuelo fue gobernador de este estado –afirmó ella–. Tu abuelo fue un rico terrateniente. Tu abuela era una Godhigh.
–¿Quieres mirar alrededor y ver dónde estás ahora? –dijo él, tenso, mientras con un gesto circular indicaba el barrio, cuya pobreza quedaba un poco disimulada por la oscuridad creciente.
–Siempre eres quien eres. Tu bisabuelo tenía una plantación y doscientos esclavos.
–Ya no hay esclavos –replicó él, irritado.
–Estaban mejor cuando lo eran.
            Él refunfuñó al ver que su madre volvía a sacar el tema. Se precipitaba regularmente en él como un tren por una vía abierta. Él conocía todas las paradas, todos los cruces, todos los pantanos, y sabía el momento exacto en que la conclusión entraría majestuosa en la estación: “Es ridículo. No es realista, simplemente. Deben mejorar, eso sí, pero sin salirse de su sitio”.
–Dejémoslo –dijo Julian.
–Los que de veras me dan pena son los medio blancos. Menuda tragedia.
–¿Quieres hacer el favor de dejarlo de una vez?
–Supón que fuéramos medio blancos. Desde luego tendríamos sentimientos encontrados.
–Yo ya tengo sentimientos encontrados –gruñó Julian.
–Bueno, hablemos de algo más agradable. Recuerdo que de niña iba a casa del abuelo. En aquel entonces, la casa tenía una escalinata doble que subía al segundo piso; la cocina estaba en el primero. A mí me gustaba quedarme en la cocina por el olor que despedían las paredes. Solía sentarme con la nariz pegada al yeso y respiraba profundamente. En realidad, la casa pertenecía a los Godhigh, pero tu abuelo Chestny pagó la hipoteca y consiguió rescatarla. Pasaban dificultades, pero, con dificultades o sin ellas, nunca olvidaron quiénes eran.
–Aquella mansión decrépita debía de recordárselo –masculló Julian.
            Nunca hablaba de la casa sin desprecio, y nunca pensaba en ella sin deseo. La había visto una vez, de niño, antes de que se vendiera. La doble escalinata se había podrido y derrumbado. Ahora unos negros vivían allí. Pero en la mente de Julian la mansión permanecía tal como la había conocido su madre. Surgía en sus sueños con frecuencia. Él estaba casi siempre en el  amplio porche, oyendo el murmullo de las hojas de los robles, después avanzaba por el vestíbulo de altos techos hasta el salón contiguo y observaba las alfombras raídas y los cortinajes descoloridos. Pensaba que era él, no su madre, quien la había apreciado en su  justo valor. Preferiría aquella elegancia decadente a cualquier otra cosa en el mundo que conociera y por eso todos los barrios en que habían vivido fueron un tormento para él, mientras que su madre apenas notó la diferencia. Ella calificaba su insensibilidad de “saber adaptarse”.
–Y recuerdo a la vieja negrita que fue mi niñera. Caroline. No ha habido mejor persona en el mundo. Siempre he sentido un gran respeto por mis amigos de color. Y haría cualquier cosa por ellos, y ellos…
–¿Quieres dejar ese tema de una vez?
            Cuando subía solo a un autobús, se sentaba al lado de un negro a propósito, como reparación por los pecados de su madre.
–¡Qué susceptible estás esta noche! –dijo la mujer–. ¿Te encuentras bien?
–Sí, me encuentro bien, y ahora déjame en paz.
            Ella apretó los labios.
–La verdad es  que estás de muy mal humor –observó–. No pienso hablarte más.
            Llegaron a la parada del autobús. No había ninguno a la vista y Julian, con las manos todavía hundidas en los bolsillos y la cabeza hacia delante, miró con expresión ceñuda a lo largo de la calle. La irritación de tener que esperar el autobús y luego subir a él empezó a reptarle por el cuello como una mano caliente. Reparó en la presencia de su madre cuando esta lanzó un suspiro quejumbroso. Estaba muy erguida bajo aquel sombrero que llevaba como una bandera de su imaginaria dignidad. Julian tuvo el perverso impulso de quebrantar su entereza. De repente, se desanudó la corbata, se la quitó de un tirón y se la metió en el bolsillo.
            Ella se puso rígida.
–¿Por qué tienes que ir así cuando me llevas a la ciudad? ¿Por qué me avergüenzas deliberadamente?
–Si no eres capaz de comprender dónde estás, al menos podrás darte cuenta de dónde estoy yo.
–Pareces un… maleante.
–A lo mejor lo soy –murmuró él.
–Voy a volver a casa y no te molestaré más. Si no eres capaz de hacer algo tan pequeño por mí…
            Julian alzó los ojos al cielo y volvió a ponerse la corbata.
–Reintegrado a mi clase –masculló, y adelantó la cabeza hacia ella para susurrar–: La verdadera cultura está en la mente, la mente. –Se dio unos golpecitos en la cabeza-. En la mente.
–Está en el corazón y en cómo se hacen las cosas. El modo de hacer las cosas está determinado por ser quien eres.
–A nadie en ese maldito autobús le importa quién eres.
–A mí me importa quién soy –replicó ella en tono glacial.
            El autobús iluminado surgió en lo alto de la cuesta y avanzó por la calle a su encuentro. Julian la cogió por el codo y la ayudó a subir al estribo chirriante. La madre entró con una leve sonrisa, como si cruzara el umbral de un salón donde todos estuvieran esperando. Mientras él introducía las fichas, ella se sentó en uno de los amplios asientos delanteros, donde cabían tres pasajeros, de cara al pasillo. Una mujer delgada con los dientes salidos y una larga cabellera amarilla estaba sentada en el otro extremo. La madre se corrió hacia ella y dejó sitio a Julian a su lado. Él se sentó y al mirar al suelo vio al otro lado del pasillo unos pies delgados dentro de unas sandalias de lona rojas y blancas. La madre inició inmediatamente una conversación general, destinada a atraer a cualquiera que tuviera ganas de hablar.
–No puede hacer más calor –dijo, mientras sacaba del bolso un abanico negro con una escena japonesa, que empezó a mover ante su rostro.
–Sí que puede hacer más –comentó la mujer de los dientes salidos–, pero estoy segura de que mi piso no puede calentarse más.
–Debe de darle el sol por la tarde –comentó la madre. Se inclinó hacia delante e inspeccionó el autobús. Estaba medio lleno. Todos eran blancos–. Veo que tenemos el autobús para nosotros solos.
            Julian se puso tenso.
–Sí, qué raro –dijo la mujer del otro lado del pasillo, la dueña de las sandalias rojas y blancas–. Subí a uno el otro día y no había más que pulgas. Incluso delante. Por todas partes.
–El mundo está patas arriba –observó la madre–. No sé cómo hemos permitido que se llegara a estos extremos.
–Lo que más me chincha son esos muchachos de buena familia que se dedican a robar neumáticos –dijo la mujer de los dientes salidos–. Ya se lo he dicho a mi hijo, le he dicho: “Puedes no ser rico, pero te he dado educación, y si te pesco alguna vez en un lío así ya pueden mandarte al reformatorio, será el lugar que te corresponde”.
–La educación se demuestra siempre –dijo la madre–. ¿Su hijo va al instituto?
–Está en noveno.
–El mío acabó la universidad el año pasado. Quiere ser escritor, pero de momento vende máquinas de escribir, hasta abrirse camino.
            La mujer se inclinó hacia delante y miró detenidamente a Julian. En el suelo, al otro lado del pasillo, había un periódico tirado. Él se levantó para recogerlo y lo abrió delante de su rostro. Su madre siguió la conversación en un discreto medio tono, pero la mujer del otro lado del pasillo dijo con voz estridente:
–Eso está muy bien. Vender máquinas no está muy lejos de escribir. Puede pasar fácilmente de una cosa a la otra.
–Yo le digo que todo se andará –comentó la madre.
            Detrás del periódico, Julian se recluía más y más en el compartimiento interior de su mente, donde pasaba la mayor parte del tiempo. Era una especie de burbuja mental en la que se acomodaba cuando no soportaba formar parte de lo que sucedía alrededor. Desde ella podía mirar hacia fuera y juzgar, pero dentro de ella estaba a buen recaudo de cualquier penetración del exterior. Era el único lugar donde se sentía a salvo de la idiotez general del prójimo. Su madre nunca había entrado allí, pero Julian podía verla con absoluta claridad.
            La vieja era bastante inteligente y a Julian le parecía que, si hubiera partido de una premisa correcta, habría podido esperarse más de ella. Vivía de acuerdo con las leyes de su propio mundo imaginario y nunca la había visto aventurarse fuera de él. La ley de ese mundo consistía en sacrificarse por su hijo después de haber creado la necesidad de ese sacrificio al convertirlo todo en un enorme lío. Si él había permitido estos sacrificios era porque la falta de previsión de su madre los había hecho necesarios. Toda la vida de aquella mujer había sido una lucha para comportarse como una Chestny sin los bienes de los Chestny, y para darle todo lo que ella creía que debía tener un Chestny; pero, ya que la lucha era divertida, ¿por qué quejarse?, decía ella. Y cuando se había ganado, como era su caso, ¡qué divertido recordar los tiempos difíciles! Él no podía perdonarle que hubiera disfrutado con la lucha, ni que pensara que ella había ganado.
            Cuando decía que había ganado, se refería a que lo había criado como era debido, lo había mandado a la universidad y él le  había salido muy bien: guapo (los dientes de la madre habían quedado sin empastar para que los de él pudieran enderezarse), inteligente (demasiado inteligente para triunfar, pensaba él) y con un futuro por delante (naturalmente, el tal futuro no existía). Ella justificaba el pesimismo del hijo con el argumento de que todavía estaba madurando, y sus ideas radicales, por su falta de experiencia práctica. Decía que no sabía aún nada de la “vida”, que aún no había entrado en el mundo real, cuando lo cierto era que estaba tan desencantado de él como pudiera estarlo un hombre de cincuenta años.
            Lo más irónico de todo era que, a pesar de ella, hubiera salido tan bien. A pesar de haber ido a una universidad de tercera, había adquirido, por propia iniciativa, una cultura de primera; a pesar de haber crecido bajo el dominio de  una mente estrecha, había conseguido una mente amplia; a pesar de las estúpidas convicciones de ella, él estaba libre de prejuicios y no le daba miedo enfrentarse a la realidad. Y lo más milagroso era que, lejos de estar cegado por el cariño hacia ella, como ella lo estaba por él, había cortado las ataduras emocionales que lo unían a su madre y era capaz de analizarla con una objetividad absoluta. No estaba dominado por su madre.
            El autobús se detuvo con una sacudida inesperada y lo sacó de sus meditaciones. Una mujer avanzó a trompicones desde la parte trasera y estuvo a punto de caer sobres su periódico, pero recobró el equilibrio a tiempo. Se apeó y subió un negro corpulento. Julian mantuvo el periódico bajo para seguir la escena. Le proporcionaba cierta satisfacción ver la injusticia en su funcionamiento cotidiano. Confirmaba su punto de vista de que, salvo raras excepciones, no había nadie en quinientos kilómetros a la redonda a quien valiera la pena conocer. El negro iba bien vestido y llevaba una cartera. Miró alrededor y se sentó en la otra punta del asiento ocupado por la mujer de las sandalias rojas y blancas de lona. Inmediatamente abrió un periódico y se ocultó tras él. El codo de la madre de Julian le golpeó insistente en las costillas.
–¿Ves por qué no quiero ir sola en autobús?
            La mujer de las sandalias de lona rojas y blancas se había levantado al ver que el negro se sentaba y se había trasladado a la parte posterior del autobús para ocupar el asiento de la mujer que se había apeado. La madre se inclinó hacia delante le dirigió una mirada de aprobación.
            Julian se levantó, cruzó el pasillo y se sentó en el lugar de la mujer de las sandalias de lona. Desde esa posición, miró serenamente a su madre, cuyo rostro había enrojecido de ira. Él la miró de hito en hito, con los ojos de un desconocido. Sintió que la tensión aumentaba en él, como si hubiera declarado la guerra a su madre.
            Le hubiera gustado entablar conversación con el negro y hablar con él de arte o de política o de cualquier tema del que los demás no entendieran, pero el hombre permanecía atrincherado tras su periódico. O fingía no haberse dado cuenta del cambio de asientos, o no lo había advertido. Julian no encontraba el modo de transmitirle su solidaridad.
            La madre le miraba fijamente a la cara con una expresión de reproche. La mujer de los dientes salidos lo observaba con avidez, como si fuera un nuevo tipo de monstruo.
–¿Tiene fuego? –preguntó Julian al negro.
            Sin apartar la mirada del periódico, el hombre buscó en el bolsillo y le tendió una caja de cerillas.
–Gracias –dijo Julian.
            Por unos segundos sostuvo las cerillas en la mano como un tonto. Un PROHIBIDO FUMAR lo miraba desde encima de la puerta. El letrero no lo hubiera disuadido, pero no tenía cigarrillos. Había dejado de fumar hacía unos meses porque no podía permitirse comprar tabaco.
–Lo siento –murmuró, y le devolvió las cerillas.
            El negro bajó el periódico y le miró molesto. Cogió las cerillas y levantó de nuevo el periódico.
            La madre seguía con la mirada fija en Julian, pero no se aprovechó de su incomodidad momentánea. Sus ojos tenían una expresión fatigada. Su rostro había adquirido un rojo poco natural, como si le hubiera subido la presión. Julian no permitió que apareciera en su rostro la más leve expresión de compasión. Como en ese momento llevaba ventaja, deseaba desesperadamente conservarla y continuar hasta el final. Le hubiera gustado darle una lección que no olvidara durante mucho tiempo, pero no veía el modo de prolongar la situación. El negro se negaba a salir de detrás del periódico.
            Julian se cruzó de brazos y miró impasible al frente, hacia su madre, pero como si no la viera, como si hubiera dejado de reconocer su existencia. Imaginó una escena en la que, al llegar el autobús a su parada, él se quedaría sentado y cuando ella preguntara “¿No te vas a apear?”, él la miraría como a un desconocido que se hubiera dirigido imprudentemente a él. La esquina donde se apeaban solía estar desierta, pero estaba bien iluminada y a ella no le pasaría nada por recorrer sola cuatro manzanas hasta el gimnasio. Decidió esperar hasta que llegara el momento y ver entonces si la dejaba o no irse sola. Tendría que estar a la puerta del gimnasio a las diez para acompañarla de vuelta a casa, pero la tendría dudando sobre si aparecería. La madre no tenía por qué creer que siempre podía contar con él.
            Julian volvió a retirarse a la habitación de techos altos, sobriamente amueblada con grandes muebles antiguos. Su alma se expandió por un momento, hasta que volvió a reparar en su madre, sentada frente a él, y la visión se hizo añicos. La examinó con frialdad. Los pies calzados con zapatillas se balanceaban como los de un niño y apenas rozaban el suelo. Tenía clavada en él una mirada de exagerada reprobación. Julian se sintió completamente desapegado de ella. En aquellos momentos, de buena gana le hubiera propinado una bofetada, como se la hubiera propinado a un niño muy impertinente que tuviera a su cargo.
            Empezó a imaginar varios modos descabellados de darle una buena lección. Podía hacerse amigo de algún  distinguido profesor o abogado negro y llevarlo a casa a pasar la noche. Él se sentiría completamente justificado, pero la presión de su madre subiría a cien. No podía llevar las cosas hasta el extremo de provocarle un ataque y, además, todos sus intentos de conseguir amigos negros habían fracasado. Había intentado trabar amistad en el autobús con algunos de los tipos de mejor aspecto, los que parecían profesores, sacerdotes o abogados. Una mañana, se había sentado al lado de un hombre marrón oscuro de aspecto distinguido que había respondido a sus preguntas con una solemnidad sonora; resultó ser un empleado de pompas fúnebres. Otro día, se sentó al lado de un negro fumador de puros que llevaba una sortija de brillantes en el  dedo, pero después de unas frases cordiales y forzadas el negro había tocado el timbre, se había levantado, y había metido disimuladamente dos números de lotería en la mano de Julian, mientras pasaba por encima de sus piernas para bajar.
            Imaginó que su madre estaba muy enferma y él solo podía encontrar un negro para que la atendiera. Se entretuvo unos instantes con esta idea y después la abandonó, para verse a sí mismo participando en actos pacíficos contra la segregación racial. Era una posibilidad, pero tampoco se detuvo ahí. Lejos de hacerlo, se acercó al máximo horror. Llevaba a casa a una mujer bonita y sospechosamente oscura. “Prepárate –diría-. No puedes hacer nada. Es la mujer que he escogido. Es inteligente, digna, incluso buena, y ha sufrido y no le ha parecido “divertido”. Ahora persíguenos, adelante, persíguenos. Échala de aquí, pero recuerda que también me echas a mí.” Sus ojos se entornaron y vio, a través de la indignación que él mismo había provocado, a su madre al otro lado del pasillo, con el rostro lívido, empequeñecida hasta adquirir las proporciones de un enano por su convicciones morales, sentada como una momia bajo el estandarte ridículo de su sombrero.
            La sacudida del autobús al pararse lo sacó una vez más de sus fantasías. La puerta se abrió con un ruido siseante y surgió de la oscuridad una mujer de color corpulenta, alegremente vestida y de expresión hosca, con un niño de la mano. El crío, de unos cuatro años, vestía un trajecito de cuadros con pantalón corto y un sombrero tirolés con una pluma azul. Julian albergó la esperanza de que se sentara a su lado y que la mujer se hiciera sitio al lado de su madre. No podía imaginar mejor solución.
            Mientras esperaba a que le dieran las fichas, la mujer miró el interior del autobús en busca de un asiento… con la idea, deseaba Julian, de elegir precisamente aquel donde menos se la deseaba. Había algo en aquella mujer que le resultaba conocido, pero Julian no podía precisar de qué se trataba. Era un gigante. La expresión de su rostro indicaba que no solo sabía enfrentarse a  la oposición, sino también provocarla. El gran labio inferior caído era como un letrero de advertencia: NO ME MOLESTEN. La colosal figura iba embutida en un vestido de crepé verde y los pies desbordaban de los zapatos rojos. Llevaba un sombrero espantoso. El ala de terciopelo morado bajaba por un lado y subía por el otro y el resto era verde y parecía un cojín del que escapaba el relleno. Llevaba un bolso rojo monumental, lleno de bultos por todas partes como si contuviera piedras.
            Julian se sintió desilusionado al ver que el niño se encaramaba al asiento vacío que había al lado de su madre. Su madre incluía a todos los niños en una categoría común: negros o blancos, todos eran “monos”, y le parecía incluso que los negritos eran más monos en general que los blancos. Sonrió al crío mientras éste subía al asiento.
            Entretanto, la mujer se desplomaba en el asiento vacío al lado de Julian. Él vio molesto cómo se apretujaba en el hueco. Observó que la expresión de su madre cambiaba al ver que la mujer se acomodaba a su lado y con gran satisfacción advirtió que esto la molestaba más a ella que a él. Su rostro había adquirido un tono casi grisáceo y en sus ojos había una mirada atónita, como si se hubiera puesto repentinamente enferma al ver algo terrible. Julian creyó comprender que era porque, en cierto modo, las dos mujeres habían intercambiado a sus hijos. Aunque su madre no captara la importancia simbólica del hecho, sin duda lo presentía. El regocijo de él se reflejó claramente en su rostro.
            La mujer sentada a su lado masculló algo ininteligible. Julian tuvo conciencia de una presencia encrespada a su lado, de un maullido sordo como el de un gato furioso. Solo veía el bolso rojo en posición vertical sobre los muslos verdes y enormes. Recordó a la mujer en  el momento en que esperaba las fichas: la figura pesada que brotaba de los zapatos rojos, las caderas macizas, el busto enorme, la expresión altiva, y llegó al sombrero verde y morado.
            Sus ojos se abrieron como platos.
            El espectáculo de los dos sombreros idénticos apareció ante él con el resplandor de un radiante amanecer. Su rostro se iluminó de alegría. Le costaba creer que el destino le hubiera impuesto a su madre una lección semejante. Soltó una risita para que ella le mirara y viera que ya se había dado cuenta. La madre volvió despacio los ojos hacia él. El azul de sus pupilas se había convertido en un violáceo como el de un moretón. Por un momento Julian percibió con incomodidad su inocencia, pero solo unos segundos, hasta que sus principios lo rescataron. La justicia le daba derecho a reírse. La sonrisa se fue endureciendo en sus labios para comunicar a la madre, tan claramente como si lo hiciera con palabras: “Tu mezquindad merece este castigo. Nunca olvidarás esta lección”.
            Los ojos de la madre se dirigieron hacia la mujer. No parecía poder sostener la mirada de Julian y prefirió concentrarse en la mujer. Él volvió a tener conciencia de aquella presencia encrespada a su lado. La mujer rugía como un volcán a punto de erupción. Un ligero temblor empezó a insinuarse en la comisura de la boca de su madre. Con gran desánimo, Julian descubrió señales incipientes de recuperación en su rostro y se dio cuenta de que, de repente, aquello iba a parecerle muy divertido y de que, a fin de cuentas, no habría tal lección. La madre no apartaba la vista de la mujer y apareció en su rostro una sonrisa divertida, como si la otra fuera un mono que le hubiera robado el sombrero. El negrito la miraba con ojos grandes y fascinados. Llevaba un buen rato intentando atraer su atención.
–¡Carver! –dijo la mujer de repente–.¡Ven aquí!
            Al ver que por fin todos estaban pendientes de él, Carver puso los pies sobre el asiento y se volvió hacia la madre de Julian con una risita.
–¡Carver! –repitió la mujer– ¿M’oyes? ¡Ven aquí!
            Carver bajó del asiento pero permaneció en cuclillas, recostado contra él y con la cabeza vuelta pícaramente hacia la madre de Julian, que le sonreía. La negra extendió la mano y agarró al niño. Él se enderezó y apoyó la espalda en las rodillas de la mujer, todavía sonriendo a la madre de Julian.
–¿Qué mono, ¿verdad? –dijo la madre de Julian a la mujer de los dientes salidos.
–Supongo que sí –repuso la otra sin demasiada convicción.
            La negra tiró de su hijo para que se pusiera en pie, pero él se soltó, volvió a cruzar corriendo el pasillo y sin parar de reír se encaramó a toda prisa en el asiento vacío al lado de su amor.
–Me parece que le gusto –comentó la madre de Julian, y sonrió a la negra.
            Era la sonrisa que utilizaba cuando quería ser especialmente amable con un inferior. Julian vio que todo estaba perdido. La lección resbalaba por ella como la lluvia por un tejado.
            La negra se levantó y arrancó al niño del asiento como si lo estuviera librando de un contagio. Julian podía sentir la rabia de la negra por no tener un arma como la sonrisa de su madre. Dio al niño un manotazo en la pierna. El crío lanzó un aullido y después hundió la cabeza en el estómago de la negra y empezó a darle patadas en las canillas.
–Compórtate –dijo la mujer con vehemencia.
            El autobús paró de nuevo y bajó el negro que había estado leyendo el periódico. La mujer se corrió en el asiento y colocó de malos modos al niño entre ella y Julian. Lo agarraba con firmeza por la rodilla. Inesperadamente el chiquillo se tapó la cara con las manos y miró a la madre de Julian entre los dedos.
–¡Te veoooo! –dijo ella, y se puso también una mano delante de la cara y le miró.
            La negra bajó las manos de su hijo a bofetadas.
–Deja d’hacer el tonto –le ordenó–, ¡o te mato a palos!
            Julian agradeció que la siguiente parada fuera la suya. Se levantó y tocó el timbre. La mujer también alzó la mano para tocarlo. “Dios mío”, pensó él. Tuvo el terrible presentimiento de que, cuando bajaran todos juntos del autobús, su madre abriría el bolso para darle al niño una moneda. Ese gesto sería en ella tan natural como el respirar. El autobús se detuvo, la negra se levantó y, arrastrando al niño tras ella, se dirigió a la puerta a grandes pasos. El niño quería quedarse. Julian y su madre se levantaron y los siguieron. Al acercarse a la puerta, Julian intentó coger el bolso de su madre.
–No –murmuró ella–, quiero darle al pequeño una moneda.
–¡No! –siseó Julian–. ¡No!
            Su madre sonrió al niño y abrió el bolso. La puerta del autobús se abrió y la negra cogió al niño del brazo y bajó con él colgado de la cadera. Ya en la calle, lo puso en el suelo y lo zarandeó.
            La madre de Julian había tenido que cerrar el bolso mientras bajaba el estribo del autobús, pero en cuanto puso los pies en el suelo volvió a abrirlo y a buscar dentro de él.
–Solo encuentro un centavo –susurró–, pero parece nuevo.
–¡No lo hagas! –masculló Julian con furia.
            Había una farola en la esquina y su madre corrió hacia ella para ver mejor. La negra se alejaba rápidamente tirando del niño, que todavía miraba hacia atrás.
–¡Oye, pequeño! –lo llamó la madre de Julian. Dio unos pasos rápidos y los alcanzó más allá de la farola-. Toma, un centavo nuevo y reluciente para ti. –Y le tendió la moneda, que brillaba cobriza bajo la luz tenue.
            La mujerona se volvió y se quedó allí plantada unos instantes, con los hombros levantados y en el rostro una expresión de ira frustrada, mirando fijamente a la madre de Julian. De repente, pareció estallar como la pieza de una máquina a la que se hubiera aplicado una presión excesiva. Julian vio que salía disparado el puño negro con el bolso rojo. Cerró los ojos y se encogió al oír gritar a la mujer.
–¡No acepta limosna de nadie!
            Cuando abrió los ojos, la mujer desaparecía calle abajo con el crío, que miraba con los ojos muy abiertos por encima del hombro. La madre de Julian estaba sentada en la acera.
–Te dije que no lo hicieras –exclamó Julian, furioso–.¡Te dije que no lo hicieras!
            Se quedó mirándola un instante, con los dientes apretados. Ella tenía las piernas estiradas y el sombrero en el regazo. Julian se agachó y le miró a la cara. Estaba vacía de expresión.
–Has recibido exactamente lo que merecías. Ahora levántate.
Recogió su bolso y metió en él lo que estaba esparcido por el suelo. Le quitó el sombrero del regazo. Vio el centavo sobre la acera, lo cogió también y lo dejó caer en el bolso ante los ojos de su madre. Después se irguió y le ofreció las manos para ayudarla a levantarse. Ella seguía inmóvil. Julian suspiró. Estaban rodeados de edificios de pisos negros, en los que resaltaban rectángulos irregulares de luz. Al final de la calle, un hombre salió por una puerta y se fue en dirección opuesta.
–Está bien –dijo Julian–. Supón que alguien pasa por aquí y quiere saber por qué estás sentada en la acera.
            Ella aceptó la mano y respirando con dificultada tiró de ella hasta levantarse. Una vez en pie, se tambaleó ligeramente, como si las manchas de luz dieran vueltas a su alrededor en la oscuridad. Sus ojos, apagados y confusos, se fijaron por fin en el rostro de Julian. Él no hizo el menor esfuerzo por ocultar su irritación.
–Espero que esto te sirva de lección –le dijo.
            La mujer se inclinó hacia delante y sus ojos examinaron el rostro de Julian. Parecía intentar determinar su identidad. Luego, como si no lo conociera de nada, echó a andar deprisa en dirección contraria a donde estaba el gimnasio.
–¿No vas al gimnasio? –le preguntó él.
–A casa –murmuró ella.
–¿Vamos a ir andando?
             Por toda respuesta, su madre continuó caminando. Julian la siguió, con las manos a la espalda. No veía por qué razón no había de rematar la lección que ella había recibido con una explicación sobre su significado. Era mejor que comprendiera lo que le había ocurrido.
–No creas que era solo una negra con pretensiones –dijo Julian–. Era toda la raza negra, que ya no aceptará tus centavos condescendientes. Era tu doble negro. Tiene derecho a llevar el mismo sombrero que tú, y, a decir verdad –añadió gratuitamente (porque le pareció divertido) –, le sentaba mejor que a ti. Lo que todo esto significa es que ha desaparecido el viejo mundo. Las viejas costumbres han caído en desuso y tu afabilidad no vale un pimiento. –Pensó con amargura en la casa perdida para él–. Ya no eres la que crees ser.
            Ella siguió adelante sin hacerle caso. El pelo se le había soltado por un lado. Dejó caer el bolso sin darse cuenta. Él se agachó a recogerlo y se lo tendió, pero ella no lo cogió.
–No tienes que comportarte como si esto fuera el fin del mundo, porque no lo es –prosiguió Julian–. De ahora en adelante tendrás que vivir en un mundo nuevo y enfrentarte por primera vez a algunas cosas. Ánimo, que de eso no se muere nadie.
            La madre respiraba rápidamente.
–Esperemos el autobús –propuso Julian.
–Casa –dijo ella con voz pastosa.
–No me gusta que te portes así.  Pareces una niña. Esperaba más de ti. –Decidió esperar el autobús y obligarla así a detenerse–. Yo no doy un paso más. Nos vamos en el autobús.
            Ella siguió como si no le hubiera oído. Julian dio unos pasos, la cogió del brazo y la detuvo. Le miró a la cara y se le cortó el aliento. Aquella cara le era desconocida.
–Dile al abuelo que me venga a recoger –dijo ella.
Él la miró fijamente, anonadado.
–Dile a Caroline que me venga a recoger –dijo ella.
Él la soltó, atónito, y la madre echó a andar, de nuevo. Caminaba como si tuviera una pierna más corta que la otra. Una marea de oscuridad pareció llevársela lejos de él.
–¡Madre! –gritó Julian–. ¡Cariño, tesoro, espérame!
            Ella se desmoronó y se desplomó en el suelo. Julian corrió y cayó a su lado gritando:
–¡Mamá, mamá!
            Dio la vuelta al cuerpo. Vio que su rostro estaba desencajado. La pupila de un ojo, enorme y fija, se desplazaba levemente hacia la izquierda como si se hubiera desprendido. El otro ojo estaba fijo en él, examinaba de nuevo su cara y, al no encontrar nada, se cerró.
–¡Espérame aquí! ¡Espérame aquí! –gritó Julian, que se levantó de un salto y echó a correr hacia un grupo de luces que vio a lo lejos–. ¡Socorro, socorro! –exclamó, pero su voz era débil, apenas un hilo.
            Las luces se alejaban más cuanto más deprisa corría y sus pies se movían entumecidos como si no lo llevaran a ninguna parte. La marea de oscuridad parecía arrastrarlo de nuevo hacia ella, retrasando instante tras instante la entrada de Julian en el mundo del remordimiento y el pesar.

viernes, 7 de febrero de 2020

"Coser una vorágine", Regina Salcedo

Hoy ha sido  un día emocionante. Tal como imaginaba, la portada de Marina Vidal es una auténtica maravilla. Espero que os guste tanto como a mí. Yo creo que me voy a hacer pósters, tazas, camisetas y hasta cojines con ella. :)
En breve,  podréis encontrar  la novela en librerías y también en la web de la editorial (Apache Libros).
¡Os avisaré sin falta!