Blog de Regina Salcedo Irurzun

lunes, 18 de mayo de 2015

HISTORIA CLÍNICA, CAROLINA JOBBÁGY





Me interesa indagar en el dolor, cuando no duele, pues cuando está presente de forma intensa lo parasita todo, acalla el resto de voces; la del razonamiento, la de la fantasía, la de la ensoñación… cualquier intento de fuga. El presente se convierte en dolor, y todo el flujo del ser se detiene con él. Tan solo queda ruido (ruido rabioso, ruido desesperado, ruido sombrío…).

Me pregunto si es posible algún tipo de huida que yo no he descubierto todavía (cuando el fármaco no es suficiente), o quizá algún modo de enfrentarlo, de conseguir que no nos gobierne y subyugue desde esa tiranía absoluta. Me pregunto si hay algún otro momento/sentimiento en el que el ser humano se sienta más solo, anulado y asustado. Me pregunto si al menos, el dolor físico puede enseñarnos algo.

Por todo esto llegué con ganas a Historia Clínica, de Carolina Jobbágy, un libro-microscopio por donde desfilan las enfermedades, sin adornos. Por este motivo me interesó, me gustó y me decepcionó un poco.

Es un libro bello, con un verso pulcro y preciso donde los poemas realmente respiran con sus silencios, con sus pausas de pulmón enfermo. Jobbágy escribe con ojos y oídos de bisturí. Disecciona las enfermedades, sus síntomas externos e internos, porque las enfermedades también tienen un contexto, una ambientación:

no hay

en el aire

ni un ruido ni un movimiento


ni un pájaro


tan denso

La enfermedad se enmarca, sucede entre la almohada y el sudor de la espalda, o en el suelo, sobre la tierra que se filtra en la garganta seca, o cerca de una charca hedionda donde anidan las moscas. Y estos elementos: nubes, ozono, viento, sol, espuma, mar, enjambres, ganado muerto… son al mismo tiempo que la parálisis, la fiebre, el sarpullido. Y son también al unísono con el pánico, la soledad, la desesperación.

A menudo me acordaba de esos cuentos de fantasmas de los grandes maestros del género donde la atmósfera es la gran protagonista y donde la agonía, la asfixia se van construyendo molécula a molécula, sin que casi nos percatemos, hasta que llega un momento en el que notas que el oxígeno falta y está sucio; tintado con una amarga solución de iodo.

Todo eso palpita con energía en el libro; ese sujeto doliente preso en su mundo-burbuja, y está descrito con un lenguaje, como antes comentaba, pulido, sobrio… ambiguo.

Y en ese virtuosismo seco del describir es donde se genera mi placer estético, pero también mi decepción, la sensación de que me falta lo más importante… algo que quizá no sea posible: las respuestas, o acaso las teorías, las reflexiones, el ahondamiento en lo que nos provoca la enfermedad, el dolor, sobre cómo nos afecta, nos condiciona y nos determina, sobre a dónde nos conduce…

En este sentido, Carolina no va mucho más allá de su original mirada –como en todos los libros de Kriller7, la de Jobbágy es una voz, cuando menos, inconfundible, interesante y única–. Una mirada clínica y aséptica de espectadora más que de paciente (no digo que no sea esa su intención). Sin embargo, a mí, toda esa belleza, toda esa atmósfera enferma que recrea, no me basta…iba a decir no me “golpea” con fuerza suficiente.

¿No resulta curioso que, cuando un texto nos impacta, hablemos de golpes, cicatrices, desgarros, de KO directos a la mandíbula? Quizá sea porque no hay nada más absorbente e ineludible que el dolor.

El libro, siguiendo esta idea, sería como una atractiva postilla que inspeccionamos curiosos, que vemos crecer, cambiar de colores y de forma, pero que, cuando termina su proceso, cae al suelo dejando un leve enrojecimiento pasajero, lo cual, tampoco tiene por qué estar mal, quizá depende de las expectativas y/o necesidades con las que cada uno comience la lectura. 





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