Blog de Regina Salcedo Irurzun

sábado, 8 de febrero de 2014

ANTES, CUANDO NADIE MORÍA




ANTES, cuando nadie moría, todo pesaba más. Era difícil cercenar la carne, 


la sangre era tan densa que no se deslizaba como el agua por las alcantarillas. 

Goteaba tan lenta.

Éramos como árboles.

Cuando uno caía se detenía el mundo: estupefacto en torno a su cadáver

entramado de nombres, de metales, de columnas antiguas enraizadas.

Caminábamos dejando en las aceras huellas que ningún mar 


se atrevía a borrar.

Formábamos un tejido extraordinario y sólido y nos mirábamos

porque nuestra mirada lo sostenía todo. No dejábamos de mirarnos

a los ojos.

Antes,

cuando nadie moría realmente.



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