No sé por qué compré esta autobiografía. No sabía quién era Mark Oliver Everett, ni tampoco conocía a su grupo EELS. Ni había leído ni oído crítica alguna sobre el libro, ni siquiera sabía que era una autobiografía. Lo vi en una mesa, me gustó el título, me gustaron los pájaros de la portada (que por cierto, tienen que ver con una canción llamada I like birds) y decidí que era un buen regalo para mi madre que cumplía años. (Tenía prisa, lo admito)
Luego me olvidé de él hasta que mi madre me dijo que le había gustado mucho y que lo leyese. Que había sido un poco duro para ella la parte en la que la madre muere de cáncer de pulmón.
Joder. Caguen la puta, qué casualidad pensé. Vaya ojo el mío: seré imbécil.
O quizá no sea tanta casualidad. Si me pongo a pensarlo últimamente he visto mucho cáncer de pulmón impreso, que ahora mismo recuerde en Auster, Zorn, McCarthy, Eudora Welty… En fin, que no puedo evitar que el recordatorio de la enfermedad se cuele por cualquier rendija. En esta puta vida no hay una sola habitación bien sellada.
Es como cuando estás embarazada, de pronto te parece que no haces más que ver preñadas por todas partes. Todo va sobre nacimientos. Todo el mundo espera un hijo.
Y todo el mundo espera también la muerte.
Así funciona esto, momentos en los que sientes que la vida te llena y momentos en los que sientes el peso desgarrador e insoportable de la fragilidad del ser.
Y de eso más o menos habla (y canta) el libro. De cómo ser una cucaracha que sobrevive y disfruta de su día a día pese a todos los venenos que le pone el destino por delante, -y joder si a Everett le han puesto bien de venenos mortales en el camino-. Todo es posible, dice E, si uno encuentra su clavo ardiente que en su caso, obviamente, es la música. “La música es mi familia” dice casi al final, cuando ya no le queda nadie vivo. La música es su pasión, su razón de ser, la música es su salvación.
Por eso es de entender que le tenga tanto respeto y que ese respeto le haya ayudado a no hundirse en un mundo repleto de gilipollas y de ocasiones para convertirse en un gilipollas sin alma, un vendido o cuando menos, un amargado.
Yo creo que no podría sobrevivir en un mundo tan falso, tan estresante, tan inestable y engañoso como nos pinta –sin aspavientos ni exageraciones- Everett. Creo que me falta el exoesqueleto necesario. Y vuelvo a acordarme de Emy, de Kurk, de tantas otras almas engullidas.
Ojalá hubieran sido nietos de E.
En cuanto al valor literario del libro, bueno, en este caso lo salva su sinceridad y su frescura. El hombre no está tratando de escribir la novela del siglo. Hay que aceptarlo por lo que es.
A mí además me ha servido para conocer a un gran músico.
Y tiene gracia, ahora que he buscado a Everett en google, que he comprobado lo famoso que es realmente el tío, he sentido algo curioso, como si hubiera visto al pringadillo friki del vecino convertirse en una estrella del rock ante mis ojos.
Justo lo contrario que supongo experimentarán los fans de EELS cuando lean el libro y descubran que el gran E, ese personaje ficticio, lejano, exitoso, también es una persona de carne y hueso que tuvo que limpiar la mierda de su madre enferma o hacerle el boca a boca al cadáver de su padre, y cargar y vivir y crear y crecer con todo ello.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada