jueves, 10 de noviembre de 2011

Postales de Invierno, de Ann Beattie.



             Ann Beattie (Washington, 1947) es una reconocida y admirada autora de cuentos que inexplicablemente (por decir algo, hay tantos fenómenos inexplicables de este pelaje en nuestro país) apenas ha sido traducida al castellano. De hecho, esta novela, escrita en 1976 no se ha publicado en España hasta 2008.
A Beattie suele incluírsele dentro del grupo de los superrealistas,  escritores obsesionados por huir de “tramas interesantes” y por plasmar la realidad sin introducir en ella la menor modificación, suprimiendo radicalmente la personalidad del artista, y por tanto, negando reflejar un estilo personal en sus obras. Al menos eso dicen ellos... no sé yo si tal cosa es humanamente posible, pa mí que no.

Al tratar de explicar la novela te das cuenta de que, fácilmente, ésta podría haber resultado un auténtico y amargo culebrón, no tanto por los hechos que acontecen –que no son muchos– sino porque todos los personajes y sus situaciones vitales se prestan perfectamente a ello.
Para empezar, Charles, el protagonista, es un joven que con sólo veintiocho primaverillas, se siente ya viejo y desencantado. Es un pesimista nato, la gente le aburre (en eso le entiendo totalmente) y no tiene muy buen concepto de sí mismo, sin embargo, cada vez que suena el teléfono, termina poniéndose la chaqueta y saliendo a las heladas calles para ayudar a alguien, ya se trate de  un familiar o de un simple e inoportuno conocido.
Tampoco está atravesando su mejor momento; su amante, de la que sigue enamorado hasta un punto casi enfermizo y con la que no deja de fantasear en toda la novela, ha vuelto con su marido y no quiere saber nada de él, y su vida se reduce a un trabajo que no le gusta y a unas casi nulas y anodinas relaciones sociales.
Todo a su alrededor parece también estar en plena crisis: su único amigo, Sam, acaba de perder su trabajo y su mascota, su hermana Susan –la más estable de todos los personajes- está saliendo con un completo idiota, y su madre alcohólica , y su pareja, Pete, no dejan de atosigarle y hacerle reproches.

Charles también se cruza fugazmente con otros erráticos personajes que ayudan a complicarle un poco más la vida, como una antigua novia ahora lesbiana, o la compañera embustera de Susan y su exasperante madre.
No os preocupéis, aunque lo parezca, no os estoy destripando nada, tranquilos...
            Pero, como digo, todas estas situaciones, muchas veces dramáticas, están narradas sin aspavientos, con un fino humor negro, una distancia y, al mismo tiempo, una profundidad, que no permiten que la historia caiga en la ñoñería.
            Esta distancia exacta es una de las cosas que más me han gustado de la novela y está lograda, en gran medida, gracias a ese narrador omnisciente pero discreto que cuenta lo justo sin entrometerse, aportando cientos de detalles que dibujan con precisión cada una de las escenas,  cercano a los personajes, sobre todo a Charles, pero no tanto que no les permita crecer y mostrarse a través de sus acciones, y, sobre todo, de sus palabras.
Porque Postales de Invierno es una novela casi dialogada, es una historia de charlas más que de acontecimientos notables. La sensación que nos queda tras su lectura es la de habernos colado en la cocina de los protagonistas, en sus coches, en sus bares,  y haber estado oyéndoles parlotear todo el tiempo  mientras iban de un lado a otro escuchando a Bob Dylan. Que luego me vengan a hablar del puto Tao Lin...
            La historia está contada en presente, lo cual también le imprime una gran fuerza, y Ann Beatti despliega los recursos necesarios para que el empleo de este tiempo verbal tan escurridizo, no reste hondura psicológica a la novela. Nada fácil, amigos. Si no me creéis, probadlo.
            Debido principalmente a estos elementos -el diálogo constante y la inmediatez de la narración-, el ritmo que se consigue es ágil y fluido, y devoras la novela sin enterarte.
Otro de los factores que contribuyen a este hecho es que la autora nos introduce de lleno en el relato desde el primer momento. Nada más empezar nos encontramos metidos en faena, en mitad de la vida de los personajes, sin esos pre-calentamientos tediosos y forzados tan queridos por los escritores de nuestro viejo reino.
          
   Postales de Invierno suele presentarse siempre bajo el epígrafe de “Novela generacional”, y aunque cumple con esta descripción  con brillantez, sabe ir mucho más allá, al igual que ocurre, por ejemplo, con El guardián entre el centeno. Sí, un gran libro, ¿qué pasa? Podría haberse quedado en una novela costumbrista que se limitase a reflejar el desencanto de una determinada época, la de principios de los años setenta, pero la historia que nos cuenta posee la fuerza y la autenticidad  necesarias para elevarla sobre el tiempo en el que se inscribe y mantenerla vigente y cercana.
           
El desenlace de la historia  también es poco común, no es un final cerrado pero tampoco es un final completamente abierto. Hasta en esto, Beatti, guarda una fría equidistancia y permite al lector, con su mayor o menor pesimismo, decidir por su cuenta.  

De verdad, hay que ser mu destalentao para no disfrutar de este libro.


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