Terraza en Roma, Pascal Quignard, Premio de la Academia Francesa en el año 2000.
El grabado a la manera negra o mezzotinta
“La manera negra es un grabado al revés. En la manera negra, la plancha se graba por completo desde el principio. […] Cada forma parece surgir de la sombra como un niño del sexo de su madre.” (capítulo XXII, pag.73)
Esta técnica fue inventada por Ludwig von Siegen en 1642 quien la enseñó a Ruprecht del Palatinado que a su vez se la transmitió probablemente en Londres a Meaume, personaje ficticio enviado a su taller por Pascal Quignard cuatro siglos más tarde. Meaume realiza grabados a la manera negra tras la muerte de su querido amigo Abraham Van Berchem, sin embargo yo me atrevería a afirmar que Meaume vive y ama a la manera negra durante toda su vida tras la pérdida de su rostro y su primer amor.
Ese primer amor es Nanni, la hija de JacobVeet Jakobsz. Meaume se enamoró, se enamora locamente de su belleza y de la forma en que lo toca su mirada. El prometido de Nanni los descubre desnudos en el lecho y arroja agua ácida sobre el rostro de Meaume que queda desfigurado. Nanni le rechaza en una carta: “Ahora sois horrible –le dice– Para vos, mi puerta siempre estará cerrada”.
Meaume debe huir de la ciudad.“Así era antes la vida de los pintores: una sucesión de ciudades. Erraban”.
Pero Geoffroy Meaume nunca olvida a Nanni, nunca vuelve a encontrar la misma alegría, la misma pasión con otra mujer. Esa pasión de cuando estalla la infancia. Se convierte en una especie de voyeur. Como él mismo confiesa, ella está presente en todo lo que hace, incluso en sueños la sigue amando y gozando de su cuerpo. El deseo y la represión de ese deseo irrealizable impregnan por completo su vida y su obra.
Geoffroy Meaume, el Grabador, tiene algo de filósofo y de poeta maldito, muchas veces parece hablar a base de enigmas igual que el misterioso y ambiguo narrador que nos cuenta esta historia, y la novela oscila entre el ensayo filosófico, la prosa poética y una especie de relato histórico muy libre
El peregrinaje al que le obliga su constante huida le conduce hasta Roma donde vislumbra brevemente la felicidad.
En su terraza romana, Meaume dibuja cartas eróticas para ganar dinero y realiza además obras mitológicas y religiosas un tanto particulares, como por ejemplo La tentación de San Antonio, donde representa al santo con el miembro erguido sujeto en su mano. Meaume explica a su colega Gellé: “El grabador se dedica al blanco y al negro, es decir, a la concupiscencia”.
Sobre el arte de Meaume se dice: “Él pertenecía a la escuela de los pintores que pintan de una manera muy refinada las cosas que la mayoría de los pintores consideran más toscas”.
Personajes reales enseñan sus técnicas, reflexionan sobre el arte y sobre la vida con personajes imaginarios, más auténticos si cabe que sus propios maestros.
Grabados inexistentes, más vívidos que muchos de los que se han ejecutado por una mano de carne y hueso, son expuestos minuciosamente ante nuestros ojos a lo largo del libro.
Meaume nos enseña su alma desgarrada por el deseo a través de sus aguafuertes en los que además suele autorretratarse como hiciera otro maestro de la época, Rembrandt; el narrador nos muestra la vida de Meaume por medio de breves y discontinuos capítulos de textura pictórica que se centran en incidentes que otros narradores quizás no considerarían relevantes tales como sueños, alucinaciones, éxtasis, paisajes deslumbrantes, historias de personajes fugaces, todo ese material que graba a fuego nuestra arbitraria memoria.
Meaume al que desfiguró el agua ácida y que nació en París en 1617.
Los hechos se repiten como un estribillo poético, como una letanía, como ese canto hipnótico con el que nos han seducido autores como Baricco o Thomas Berhard (aunque este último en un tono más grave y significativo) y que van añadiendo en cada vuelta un sutil y enriquecedor matiz.
Frases cortas, rebosantes de imágenes y densos pensamientos sobre la relación del arte, la belleza, el horror y la vida , a veces repletas de color otras veces en sombríos claroscuros, que mantienen un baile suave entre el presente y el pasado, mezclándolos, anulando el tiempo al convertirlo en algo eterno. La trama queda de esta forma suspendida, congelada y distante, en un segundo plano: al igual que en un cuadro no es tanto la escena misma lo que nos hace vibrar como la técnica y los elementos que la componen.
En el último capítulo el narrador confiesa:
“Globos grises muy grandes, pero no se sabía lo que traslucían. Vivían la vida en un agua oscura. Eran muy intensos, pero no era posible decir si lo que había detrás de aquellos ojos era dolor, hambre, angustia o una ira desgarradora. La herida del rostro aumentaba la incertidumbre de sus expresiones”.
Cada lector habrá de interpretar esa mirada y las consecuencias de la herida. A mí, esa intensidad ha llegado a alcanzarme pero no ha conseguido conmoverme; tras cerrar el libro, los colores han desaparecido como bajo la lluvia los cuadros de tiza pintados sobre la acera en Mary Poppins.
El gran amigo de Meaume, el auténtico pintor Claude Gellé el Lorenés, es quizá quien mejor llega a conocerlo, y dice del grabador:
“Si Meaume hubiera sido la naturaleza, sólo habría hecho los relámpagos o la luna o las olas espumeantes del océano rompiendo tempestuoso sobre las rocas negras de la costa”.
Si Quignard hubiera sido un pintor ilustre como Rembrandt quizás no habría escrito Terraza en Roma, y si hubiera sido un violagambista brillante como Sainte Colombe tal vez no habría escrito La lección de música (libro bastante parecido en su composición y estilo). Sólo a sus lectores cabe preguntarles si esto constituye una desgracia o una bendición.
La obra de Quignard, al igual que la poesía, tiene algo de inexplicable con lo que el alma del lector comulga por completo o ante lo que permanece con una indiferencia desconcertada.
Sólo añadiré que yo no he podido salvar esa fría y penetrante distancia del personalísimo estilo de Quignard así que me perdonaréis si he sido incapaz de insuflar un poco más de apasionamiento a este post tan afrancesado y pedantón sobre su obra.

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