miércoles, 2 de noviembre de 2011

Dos pájaros de un tiro: Yoko Ogawa y J.M. Coetzee


La fórmula preferida del profesor                                         
Yoko Ogawa                                                                        
(y de paso Hombre Lento de J.M. Coetzee)

Los abnegados aventureros cada día lo tienen más difícil; no queda apenas nada por descubrir, hoy la aventura reside en adentrarse más metros en una cueva, en ascender un ocho mil por una ruta inaccesible, en cruzar el desierto en snowboard con los ojos vendados… Hay que romperse la cabeza para conseguir experimentar de algún modo la descarga de adrenalina ante lo desconocido.
Los matemáticos, sin embargo, parecen tener el desafío al alcance de su mano, en algo tan sencillo y cercano como el enigma irresuelto de los números primos, su divisibilidad escurridiza, su presencia en la vida, en la naturaleza, (como en el ciclo vital de algunas cigarras sin ir más lejos). Es cuestión de aprender a gozar del misterio de otra manera.

¿Y a los escritores?¿Les queda algo nuevo por contar? Curiosamente, antes de iniciar la lectura de este libro había terminado Hombre Lento de Coetzee. El protagonista, Paul Rayment, un intelectual solitario de unos sesenta años que acaba de perder su pierna en un accidente de tráfico y, por ello,  su independencia, se enamora de su asistenta y del hijo de ésta, –o más concretamente de esa idea del hijo y la familia que nunca llegó a formar–.
En la novela de Yoko Ogawa, un profesor de matemáticas de unos sesenta años que vive aislado del mundo, necesita de una asistenta que lo cuide ya que perdió su memoria a largo plazo (sólo es capaz de retener ochenta minutos), y por tanto su autonomía, en un accidente de coche. El profesor se entera de que la asistenta tiene un hijo y le pide encarecidamente que lo lleve todos los días con ella al trabajo. El profesor bautiza al niño con el nombre de Root (raíz cuadrada en inglés) y entabla con él y con su madre una relación muy especial, una relación que renace cada ochenta minutos y que, por extraño que parezca, no permanece estática sino que avanza de manera casi inapreciable y milagrosa. Sí, es inevitable acordarse de la original película Memento de Christopher Nolan o de la comedia de Peter Segal, Cincuenta primeras citas. El profesor no se tatúa el cuerpo para fijar sus recuerdos ni tiene una cinta grabada con la que ponerse al día cada mañana, lo que hace es colgar estratégicamente notas esclarecedoras por todo su traje con pequeños imperdibles. La autora compara la imagen del profesor con esos árboles que cargan con ofrendas los japoneses en sus fiestas tradicionales.

Contadas de esta forma ambas historias podrían parecer muy similares y, sin embargo, y por tópico que resulte, las distancias culturales entre Oriente y Occidente hacen que cada una entone una música completamente distinta. Sólo hablar de la diferencia que supone en ambas sociedades la cuestión del envejecimiento, de verse convertido de pronto en un anciano, en un ser dependiente, o bien el tema de esa actitud sumisa –tan bien analizada en las obras de la belga Amélie Nothomb– de los empleados nipones que aceptan sin rechistar cualquier injusticia de su empresa podría ocuparnos varias páginas.

El punto de vista también es distinto en cada obra. En el libro de Coetzee es un narrador en tercera persona el que cuenta la historia desde una posición muy cercana al protagonista; en la novela de Ogawa es la asistenta la que narra la historia en primera persona. El punto de vista occidental, en este caso, posee un enfoque masculino, el del hombre que envejece y se angustia ante las diversas pérdidas que debe afrontar (y que Coetzee trata de contrarrestar muy hábilmente con su inolvidable personaje de la anciana escritora Elisabeth Costello). El punto de vista oriental responde a  una mirada femenina, la de la joven que ve envejecer al otro con respeto, la de quien siente que su vida se enriquece y gana junto a esa persona experimentada. (No quiero decir con esto que todos los escritores nipones respondan a estos parámetros, no hay más que acordarse de las crudas narraciones de Yukio Mishima, por citar a uno de los más conocidos, para constatarlo).

Esta visión oriental de los ancianos como agentes de transmisión de conocimientos y vivencias no es una idea que nos sea desconocida, y al mismo tiempo es una idea que cada vez nos va quedando más lejana. Mientras que Paul se deshace de numerosas asistentas porque le tratan de una manera ofensivamente infantilizada y sólo se interesan por el muñón de su pierna, su carencia y su declive, al profesor japonés curiosamente sus asistentas le abandonan porque no pueden lidiar con las consecuencias de su lesión; lo dejan porque les desconciertan sus preguntas y también su ensimismamiento intelectual.
Hasta que llega la mujer adecuada para cada uno. En el libro de Coetzee una mujer croata de curvas rotundas que hace que se despierte la pasión del viejo fotógrafo; en la novela de Ogawa, una joven madre soltera que entenderá y compartirá la fascinación por las matemáticas del profesor. Como decía, dos puntos bien distantes entre sí. Y aquí es donde reside la magia de la literatura y su capacidad de crear trayectos infinitos. A esa pasión del protagonista de Coetzee van unidos un patetismo, una amargura e ironía derrotadas (aunque no exenta a veces de cierta ternura). En la aparentemente fría comunión intelectual entre los personajes de Ogawa se entreteje, en cambio, una red de rutinas, de pequeños gestos y entregas que atrapan la esencia misma de la vida y los sentimientos más nobles del ser humano. La pasión que lleva a la derrota. Las matemáticas que conducen a la vida. Dos caminos radicalmente opuestos e interesantes y, al mismo tiempo, dos caminos que se asemejan en unas narraciones contenidas, agudas y cargadas de una poética muy honda.

Quizás no sea justo comparar a esta joven escritora (con apenas media docena de títulos publicados) con una figura consagrada de la talla de Coetzee. Ya sabemos lo que suele decirse de las comparaciones. Me limitaré a añadir que la historia de Hombre Lento recoge de forma magistral  la realidad del hecho de envejecer con la que hoy en día convivimos y a la que tendremos que enfrentarnos más tarde o más temprano, mientras que la historia de Ogawa es un precioso y sencillo cuento oriental sobre la parte más benigna de esta etapa del hombre, despojada casi por completo de la fealdad y la decrepitud, y que sin duda todos desearíamos tener.

Yoko Ogawa ha sabido esquivar, –casi por los pelos en algún momento de la novela, eso es cierto–, el riesgo de convertirse en uno de esos libros de divulgación  científica que tratan de acercarnos al mundo de… (ponga aquí cada uno cualquier materia espesa que se le ocurra), y que, en la mayoría de las ocasiones, debido a ese regustillo didáctico, nos alejan al mismo ritmo exponencial del mundo de la buena literatura.

A La fórmula preferida del profesor le han salvado sus personajes, las sutiles relaciones que van creándose entre ellos y la destreza de la autora para cargar de significado e incluso de tensión (manejando al milímetro la trama danzarina del relato) los sucesos más triviales de la vida, como ese pasaje en el que Root y su madre buscan por toda la ciudad un antiguo cromo de baseball para regalarle al profesor. Las matemáticas, por otra parte, no son algo metido con calzador, son la vida y la pasión del profesor, sí,  pero también la única forma que le queda de comunicarse con el mundo, la única manera también de mantener una estabilidad y un propósito en su horizonte,  y por eso, uno puede sobreponerse a las explicaciones algo arduas sobre los números triangulares o los teoremas de Fermat y de Euler, atisbar su singular, eterna belleza y seguir disfrutando de la aventura.

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