A nadie le cabe ya la menor duda de que Jon Bilbao escribe muy bien. Tiene una prosa envidiable; directa, fresca, con chispa, (me refiero a esa magia que la mantiene viva, que no la deja nunca desinflarse).
Es además una prosa equilibrada; pese a utilizar, como digo, un lenguaje muy directo y conciso, no cae en esa sequedad notarial con la que muchos autores confunden este estilo de escritura. Bilbao adereza sus textos con imágenes contundentes, con pequeñas dosis de lirismo, con pensamientos e ideas audaces, todo sin que cante demasiado, en su justa medida.
A mí, no sé si ya lo he comentado alguna vez, me encantó Bajo el influjo del cometa. Más unos cuentos que otros, evidentemente, pero en general, diría que es un gran libro de relatos.
Uno de los cuentos que menos me gustó fue ese del perro diabólico (no me acuerdo cómo se titulaba), Soy dueño de este perro. Y no me gustó porque me pareció rebuscado. Muchas coincidencias al final, muchas piezas que van encajando a la perfección…En definitiva: demasiado artificio. Me consta que es uno de los relatos que más han elogiado precisamente por su “perfección formal y milimétrica”. Me aburre cada vez más la perfección milimétrica…
Por desgracia para mí esa es la vía por la que ha optado en esta novela Jon Bilbao. El principio es muy prometedor pero luego, hacia la mitad del libro, todo empieza a confluir para ir atando los cabos, los flecos y cada uno de los malditos hilos sueltos del argumento (cómo os gusta esto, ¿verdad, canallas?).
A mí este trabajo de bolillos me rompe en pedazos ese efecto intenso de sueño sostenido (por decirlo a lo Gardner) que debe mantener una ficción. De pronto, el texto se muestra totalmente como artefacto, como constructo puro y duro, y me sacude en toda la jeta para despertarme. Vale, este es un recurso que puede estar bien, sí, pero no justo en ese momento, no cuando deberías estar abducido por la fuerza de la historia, cuando deberías estar creyéndote cada puta palabra que te cuentan, cuando esa no es su intención ni mucho menos. (Leed con atención este párrafo porque esconde una interesante paradoja sobre la que reflexionar)
La vida está llena de flecos sueltos, de caminos abiertos, de tramas irresueltas. Pocas veces consigues armar en el rompecabezas una sola de sus caras, y mira que yo lo he perseguido durante años (para algo soy una jodida virgo de manual). Pero no, por mucho que te empeñes, la vida, las personas (asquerosas personas) se largan sin darte explicaciones, sin aclararte el sentido de sus actos, ni de sus palabras o silencios, sin poner un punto final redondito y apaciguador a las cosas.
Por eso toda esta historia de coincidencias, simetrías, paralelismos y confluencias de monos, alumnos y viejos profesores me ha resultado excesiva, y por tanto, poco creíble, y por tanto, superficial.
Mira que ya la portada me daba como yuyu, os lo juro. No sé, es como cuando vas a la piscina un día que hace 40º y no te acabas de decidir a meterte al agua. Pues así estaba yo con este libro: reticente.
-Sería por el mono, como te gustan tan poco.
Puede ser, así a bote pronto voy a aventurar una norma ilógica que sentencia al fracaso cualquier obra que contenga monos como personajes principales/importantes. Los chimpancés dan grima. Son casposos, generan malas historias. Jon Bilbao: huye de los monos en adelante y no me trames tanto. Hazme caso, venderás menos, el grueso de tus lectores se decepcionará, no ganarás ningún premio, mas sin embargo… no sé, igual no te compensa, pero para mí que tus libros mejorarán mucho.

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