sábado, 24 de septiembre de 2011

Joaquín O. Giannuzzi



VENENO EN LA CALLE



Qué triste
se pone todo esto. Has entrado en la calle
sin haberte entendido en tu casa con nadie;
una vez más, concluyes, te ha fallado el lenguaje;
los motivos lejanos de tus propios senderos
se agotan enturbiados y no saben ahora
a donde te conducen. Pero ocurre que el mundo
es más difícil siempre; y todavía un hombre
es un caso insoluble para otro. No existe
una adecuada síntesis que asuma
una respuesta válida para estos horribles
malentendidos. Callas, caminas meditando;
lo que esperé encontrar en el jardín de antaño,
el pasado perpetuo que actúa con astucia
en libros y museos y maestros y jueces
deambula en otro reino con el rostro confuso:
¿y qué podré tomar de su extraño dominio
sino un golpe de viento equívoco y corrupto
sin contar el presente? Yo pensé de este modo
que la historia repite una simulación
de sucesos irónicos sin ninguna especial
concentración de vida. Y una sola certeza
y atroz seguridad instala con la muerte
en este breve gesto que hago con las manos
o al abrir distraído una ventana. El resto
es apenas sospecha de una canción posible
en un posible huerto y la sospecha acaso
un engaño primario que equivoca los días.
Ahora cruzas la calle; preguntas qué curiosas
relaciones llevaron el constante veneno
de tu familia a esta meditación enferma;
pero nadie responde y como siempre todo
se reduce a girar, sin perdonar, en esta
muchedumbre que integras sin conclusión alguna.

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