miércoles, 28 de septiembre de 2011

David Vann II

Como os anuncié hace unos cuantos posts, el escritor David Vann estuvo ayer en mi ciudad hablando de sus dos libros: Sukkwand Island y Caribou Island que acaba de publicar Mondadori en nuestro país.

-¿Qué le pasa a este hombre con los títulos, no se los curra demasiado, no?

A él no le pasa nada, son cosas de la edición en castellano porque su primer libro titulado, Legend of a suicide,  era una colección de relatos donde se incluía Sukkwand Island, que aquí se ha publicado por separado, como novela independiente.
Ayer precisamente bromeó con este asunto y prometió que no iba a escribir más sobre islas, ni sobre Alaska, ni sobre suicidios. No sé si podrá.

-¿Y eso?

Jo, porque menudo papelón de pasado tiene el hombre... Ni más ni menos que cinco suicidios en su familia (entre ellos el de su padre cuando él tenía 13 años) y uno con asesinato incluido. Es de suponer que con este historial tenga obsesiones y traumas como para llenar toda una biblioteca.

Además aseguraba que él escribe sin plan alguno, como diría César Aira, es un escritor del procedimiento y no del proyecto. Deja que el tema emerja de manera inconsciente, a través de la escritura, sorprendiéndole tanto a él como a los futuros lectores. Por eso, digo, no es de extrañar que el drama siga aflorando en sus obras.

Pero, bueno, no nos desviemos del tema principal, o sea, YO.  David Vann está inmerso en una mega gira mundial que dura ya más de un año así que su ego  está suficientemente regado y abonado. El mío en cambio deja mucho que desear...

-Se lo tendrá súper creído, seguro.

Qué va... Es un tío muy majo, muy agradable y sencillo. A mí me dejó prendada. Porque después de la charla me acerqué a que me firmara su nueva novela (¡¡había perdido, en mi propia casa, Sukkwan Island!!) y aproveché para hablar con él (es la única razón por la que pido la firma a un autor).  Yo era la última persona de la cola así que le dije si le podía hacer una pregunta. El traductor me dijo que sí. Entonces empezamos a charlar y charlar y de pronto me di cuenta de que estábamos hablando en inglés, pasando del pobre traductor que ya sólo se preocupaba de mirar el reloj con rencor!

-Chica, qué notición, ni que dominases el griego y sus siete dialectos...

Ya, no se trata de eso, es que yo también tengo mis propios traumas. Uno: soy incapaz de hacer una pregunta en público. Dos: me bloqueo completamente a la hora de hablar otro idioma, por muy capaz  que sea de entenderlo (y más vale que entiendo inglés porque la traducción fue penosa, lo peor del evento con diferencia)

Y allí estaba, hablando distendidamente con David Vann sobre Flannery O'Connor.

-¿Qué me dices, sobre doña Flanneria? ¿Cómo es eso?

Sí, le comenté que cuando llegué al giro brutal que se produce en Sukkawn Island, me acordé de los crudos relatos de O'Connor, mi querida y malvada señorita O'Connor, porque ella era muy dada a utilizar esa estructura. De hecho incluso tenía una teoría al respecto. Decía que el corazón de una historia es siempre una acción, o un gesto del personaje, que resulta totalmente inesperado y, al mismo tiempo, totalmente verosímil. Y este punto cambia la dirección de la historia en todos los niveles.

David Vann se emocionó, os lo juro. Dijo que era la primera vez que alguien le comparaba con F. O'Connor y que le encantaba.

-Es muy emocionante -dijo- y estoy feliz de oír esto porque O'Connor es una de mis escritoras preferidas, y sí, es exactamente eso lo que ocurre en mi novela.

Y luego añadió:

-Me encantaría tener alumnos como tú en mi clase, no es fácil encontrar a gente capaz de entender tan bien a una escritora como ella.

-¡Ey, zombie, cuidado, que vas a resbalar en tus propias babas!

Lo sé, lo sé, esto roza ya lo indecente. Pero, joder, dejadme darme el gusto por una vez. Es que salí tan contenta... Estuve tan a gusto hablando con él... Y es tan guapo el David Vann...

Me hubiera ido a cenar con él para seguir con la conversación. Pero claro, allí estaban esperándole su señora esposa, su agente de Mondadori, el organizador, etc, etc., y a mí ya me sonaban las campanadas que anuncian que es hora de volver a mi alcantarilla.

Pero regresé muy contenta, tanto, que no tuve ni que cambiar de marcha para subir la empinada cuesta que lleva a mi barrio. Mi vanidad hinchada me propulsaba. Y también esta dedicatoria de Vann:

(tapando mi nombre real para poder seguir siendo una zombie anónima, es decir, que tampoco tengo un ego tan tan grande ;)

2 comentarios:

  1. Je, je, eso de "doña Flanneria" ha estado bien. ¿Has terminado de leer Caribou Island? El otro día leí una crítica que la ponía por las nubes. "Obra de arte", "maestría", y en este plan. Sin embargo, y después de leer tu post, en materia de herederos y legatarios de Flannery ya sólo confío en el criterio Zombie, así que, si ya te has recuperado de las heridas provocadas por el resbalón, espero tus razones para una posible adquisición del libro de Vann. Saludos.

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  2. Hola Clément, lo de doña Flanneria es cosa del léxico familiar. Todavía no he leído Caribou Island pero en cuanto lo termine habrá post, y prometo ser neutral por muchos ojitos azules que me pusiera su autor. Esta zombie no hace concesiones.
    Ah, y sí, ya se me ha pasado el ataque megalómano, don't worry.

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