Hay gente que tiene opinión sobre todo, hay gente que en seguida sabe qué posición tomar ante cualquier suceso y entonces defenderlo con tres mil argumentos. Hay gente que esgrime teorías acerca de cualquier cosa, que lanza frases como: “Aborrezco los libros que hablan del pasado; la nostalgia es el refugio de los cobardes” y sentencias parecidas que te dejan tumbao. Su determinación, la fuerza de su voz me atraen, me dan algo de envidia pero a la vez no puedo evitar verlos como mulos cargados con sus propias ruedas de molino, condenados a tirar para adelante, con el barro a veces hasta el vientre, hundidos por el tremendo peso de su férrea coherencia pero sin capacidad de volver nunca hacia atrás, ni mucho menos de perder el camino.
Mi pensamiento es lento, y mis movimientos erráticos, carentes de toda elegancia o atractivo, son más lentos todavía, por eso apenas cargo con cuatro ideas propias, ideas que además pierdo con la misma facilidad que los bolígrafos.
-Venimos a parar…
Quiero decir que respecto a la literatura me sucede algo similar: tengo solo dos o tres pensamientos claros y estrictamente míos, son tan pocos que nunca podrían formar una verdadera teoría literaria.
Son pensamientos que he rescatado del polvo y de la piedra, como en un yacimiento arqueológico, a base de pequeños golpes de cincel, a base de rascar con un cepillo de dientes durante años.
-¿Y has descubierto algo novedoso?
Ninguna especie nueva a la que dar mi nombre (sería bonito bautizar un Zachenator Rex) pero al menos son huesos que he sacado a la luz con estas manitas, no huesos de museo o de libro de ciencias. Huesos que toco y siento.
Huesos tan frágiles que se pueden desmigar simplemente nombrándolos o al cambiarlos de sitio para exponerlos a una mirada ajena, (esto también es cierto).
Esos huesos son los que sostienen en parte el arte de la escritura, perdón, de lo que a mí me parece el verdadero arte de la escritura y se llaman libertad, valentía, honestidad.
-Qué potito…
-Me he levantado con el pie lírico, hoy.
Y sin embargo, se da la paradoja de que una obra pueda contener estos tres huesos y aun así no conseguir alzarse. Porque por lo visto también se requiere la presencia de una extraña materia negra o antimateria para cohesionarlo todo y darle el toque mágico que no he logrado descifrar aún.
No voy a sacar el microscopio para hacer el análisis de cada hueso. Como veis no son huesos innovadores; hoy por hoy, aparecen huecos y sobados ante nosotros, comidos por la osteoporosis. Lo que me vale a mí es el sentido con el que he vuelto a dar densidad a cada uno. Lo importante es lo que para mí supone ser libre al escribir, y lo que significa ser valiente y honesto. Cada atributo contiene muchas implicaciones, pero no voy (ni creo que deba) extenderme en ello.
-Thanks, God!
Sólo añadiré que son huesos que, a nada que los limpies con una mirada personal y les quites el polvo de los años, resultan de lo más sustanciosos:
Libertad, Valentía, Honestidad.
Son tan consistentes que he encontrado libros que consiguen mantenerse únicamente sobre uno.
De hecho, lo habitual, es hallar como mucho un par de ellos armando el esqueleto de un buen libro. Difícilmente se revelan los tres de forma simultánea.
En Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra, he encontrado juntos los tres huesos más esa parte de antimateria inasible y oscura precisa para unirlos.
Y componen un animal digno y equilibrado. Lo ves en movimiento y es como una de esas gacelas de documental que da gusto ver correr delante del guepardo, es más, que ves correr y parece que sea lo más natural, lo más fácil del mundo.
Esa delicada belleza logra dejar en segundo plano el esfuerzo del mogollón de músculos que se ponen en juego en cada salto pero, aun así, no nos pasan desapercibidos los quiebros, la tensión e incluso la angustia que implica tal carrera.
Ésta no dura mucho, se trata de una novela corta, pero es eficaz e intensa. A Zambra parece haberle puesto a salvo de su depredador (al menos por un tiempo) y a mí me ha salvado de ser tumbada por esas frases contundentes sobre lo que no se debe hacer nunca en una novela, sobre lo que no se debe escribir jamás.
Y eso es siempre de agradecer. Es un sentimiento liberador.

Creo que el libro de Zambra te ha gustado más que a mí –afirmación que no implica que no me gustara: me gustó, de hecho–. Te felicito por el texto, que, opino, recusa esa moda efímera y local consistente en negar el pan y la sal a toda la literatura "actual" sin complementos de especificación porque no tiene la ambición olímpica de Guerra y paz, por ejemplo. ¿Me explico?
ResponderSuprimirDisculpa, Zombie, pero corrige ese "enseguida", que duele.
¿Todo bien?
Un saludo afectuoso.
Jo, a pocas no lo encuentro, no me había fijado! Corregido queda.
ResponderSuprimirMe alegra tenerte de vuelta.
Respecto a lo que dices, sí, creo que muchas veces seguimos confundiendo sencillez con simpleza y nos siguen cegando los efectos y la palabrería grandilocuente.
A mí el libro me ha parecido muy fresco y creo que lo he agradecido tanto porque tenía muchas ganas de que algo me gustase.
Por lo demás todo bien, con mucho trabajo pero sacando tiempo para escribir mis cosillas :)
Un abrazo