Entiendo a Pron, entiendo la necesidad de este libro y entiendo muy bien que le fuera preciso escribirlo para poder, en adelante, seguir viviendo y escribiendo otro tipo de novelas o relatos.
Y es también comprensible el formato y el estilo que le ha dado al texto, el manejo que ha hecho de sus recuerdos y de la información encontrada.
Me ha hecho recordar a unas palabras de Natalie Goldberg que leí hace tiempo en su libro El gozo de escribir. Comenta esto:
“Todos los escritores, antes o después, hablan de sus propias obsesiones. Cosas que les persiguen; cosas que no consiguen olvidar; historias que arrastran y que esperan sacar a la luz.
[…] Nuestras obsesiones más tercas tienen un gran poder: a ellas volveremos repetidamente al escribir […] Así que es mejor rendirnos a ellas. Lo queramos o no es muy probable que, de todas formas, gobiernen nuestra vida.
[…] Ser escritor y escribir significa sentirse libre. Significa cumplir la propia función. Hace tiempo creía que la libertad consistía en hacer todo lo que uno quisiese. Sin embargo, la libertad consiste en entender quiénes somos, entender lo que tendríamos que hacer en esta tierra y, por fin, simplemente hacerlo. No consiste en no dejarse desviar, en pensar que una no tendría que escribir más sobre su familia judía, si su rol en la vida es precisamente éste: registrar su propia historia, explicar quiénes eran estos Goldberg, inmigrantes de la primera generación en Brooklyn, en Long Island y Miami, antes de que todo esto pase y lo borre el tiempo”.
[…] Caroline Forché, una poetisa que ha ganado el premio Lamont por su libro The Country Between Us sobre El Salvador, ha dicho: “Hemos de transformar nuestras obsesiones más íntimas de forma que nos convirtamos en escritores políticos”. Se trata de una afirmación muy sensata. No se puede escribir sobre política pensando que tenemos que hacerlo. Sería una payasada.”
Bien, quizá yo no afirmaría que el tema de este libro corresponda a una obsesión de Pron sino más bien a una deuda que el autor arrastraba y que en determinado momento ha debido enfrentar y saldar para quedar en paz, para reconciliarse con el pasado y consigo mismo y ser capaz de mirar el futuro. Patricio Pron tenía que ejercer su libertad.
Yo soy del 72 y hace un par de años también me alcanzó esta sensación de endeudamiento (debe ser cosa que se despierta en la treintena, algo así como el instinto maternal pero de débito con tus raíces). Sentí la necesidad de ejercer de testigo de un pasado negro familiar que nadie pudo recoger antes que yo y que debía salvar del olvido si quería hacer algo con la herencia de un dolor que nos había sido traspasado. Desde luego no se trataba de unos hechos tan relevantes y trágicos como los que nos relata Pron, pero el origen es similar. Su dolor es además el de toda una generación, no es una obsesión o una deuda individual que, como la mía, sirva únicamente para saldar cuentas con mi familia, y esta característica es la que legitima El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, como texto publicable, de interés colectivo.
Por eso digo, entiendo la razón de ser de este libro, y entiendo su sustancia.
Otra cosa diferente es que me haya gustado.
No, no me ha gustado, salvo su comienzo y su final (apenas un tercio de la novela). El grueso que se corresponde con todos los recortes e informes sobre el caso de Alberto Burdisso se me ha hecho pesado, aburrido. Supongo el esfuerzo que también debió costarle a Pron ceñirse a esta necesidad, frenar su talento narrativo, su gran imaginación para no traicionar la verdad.
Entiendo ahora el porqué de esa inclusión, lo que realmente significaba para el padre del protagonista, pero a mí, como lectora, en su momento me resultó un coñazo.
Pero claro, una vez terminada la novela, viéndola como una unidad completa, empiezas a reconciliarte con esa parte. Me viene a la cabeza 2666, de Bolaño, la sección que corresponde a todos esos informes sobre chicas muertas. No es una parte amena ni interesante digamos literariamente, de hecho mucha gente se la salta, pero es que su intención no es estética, su intención es la de recoger con la menor dosis literaria, precisamente, una realidad terrible que no puede ni debe ser ficcionada, ni maquillada, ni resumida. ¿Existe una alternativa mejor para registrar algo así? Supongo que si lo que uno busca es ser honesto, no, no la hay.
Resumiendo; la novela de Patricio Pron no es una novela complaciente con los lectores. Es una novela que busca hacer justicia de la manera más honesta, aunque eso le haya supuesto al autor renunciar a muchos aderezos literarios (de los que Pron es además muy capaz). Por eso supongo que Pron estará más que preparado para recibir montones de críticas al respecto. Sin embargo, creo que su recompensa, su satisfacción personal por haber encarado de tal forma esta tarea, le compensará de todo lo que los lectores podamos echarle en cara.
Prefiero leer esta novela digna aunque algo pesada que atrocidades como, por ejemplo, la de Oscuro Bosque Oscuro, de Volpi, que echa mano de unos hechos reales y trágicos para lucir estilo. Ampararse, aprovecharse de esa manera de la historia para el propio ensalzamiento sí que me parece vergonzoso.
Y mira, voy a aprovechar la coyuntura para colgar aquí ese texto que os comentaba sobre un episodio oscuro de mi familia. Porque todos sentimos en algún momento de nuestras vidas la obligación de dejar testimonio, de no permitir que unos hechos sean borrados por completo.
REPARACIÓN
No hay fotos de él, no sé si no las hubo nunca o se perdieron. Quizá podría existir alguna de su bautizo pero, ¿quién la iba a guardar?, ¿dónde encontrarla? Todos están muertos ya. Los padres, sus once hermanos. Así que no tiene rostro, ni expresión, ni una postura desafiante o tímida a la que vincularle. Contaban que tenía el pelo rizado y que era bastante guapo.
A mí sólo me queda su muerte y dos frases que han ido repitiéndose durante ochenta y tantos años en mi familia. Las que dijo a su madre antes de morirse. Sólo dos frases y su trágico final de cuento de Delibes o de Rulfo. Su muerte que eso sí, sigue siendo un zarpazo que me estremece entera y me asoma de golpe al pueblo polvoriento, a las alpargatas gastadas, a los pantalones cortos en el invierno crudo, a las huesudas rodillas, a la aceptación resignada de los humildes e incultos, a esa España harapienta de la que hoy sentimos tanto hartazgo.
Sólo me queda eso, un tembloroso recuerdo a punto de expirar como un esqueje si no se planta a tiempo.
Sé, (es todo lo que he podido averiguar) que se llamaba Bienvenido Álvarez Macua. Noveno hijo de Engracio y de Modesta. Era el gemelo de mi abuela materna, Bernardina. Nació un 20 de Mayo de 1919, en Dicastillo, Navarra y murió en 1925, a los seis años.
Ocurrió durante el bautizo del hijo de un rico del pueblo. A la salida de la iglesia tiraron peladillas a los niños allí congregados, niños que no comían caramelos más que en ocasiones excepcionales, niños que se alimentaban una vez al día a veces únicamente de peladuras de patatas. Quizá para Bienvenido fuese la primera vez. Supongo que era un chico más bien bajito y delgado porque mi abuela, su gemela, también era muy menuda.
Se armó un jaleo tremendo, hubo empujones, codazos, pisotones, un auténtico tumulto desesperado luchando por los dulces que los invitados del bautizo, desde las escaleras del pórtico, contemplaron entre la satisfacción y la burla.
A Bienvenido lo zarandearon, lo derribaron y aplastaron contra el suelo. No sé si llegó a alcanzar alguna peladilla.
Luego, cuando regresó a casa empezó a sentirse mal, cada vez peor. Tampoco sé si lo llevaron al médico o si éste se pasó a visitarlo, de todas formas no ingresó en un hospital aunque la agonía fue lenta. Le habían reventado por dentro. Fue un proceso largo porque Bienvenido tuvo tiempo de ver acercarse la muerte. Nadie se lo diría directamente pero él supo que llegaba su hora. Se lo dijo a su madre y esa es una de las frases que han quedado:
-Madre, ¿para qué nacemos si tenemos que morirnos? Sobre todo yo, tan pronto.
No sé qué le contestaría ella, puedo intuir que tendría que ver con eso de la voluntad del señor y sus insondables designios. Modesta era una mujer dura y amarga. O tal vez no, tal vez no tuvo fuerzas para contestar nada. Yo no habría podido, pero quién sabe, entonces las tragedias tenían otro peso y magnitud.
Cualquier niño de seis años hoy en día acumula un legado de fotos, videos, cartillas, objetos, cuadernos y carpetas diversas que casi podrían reproducir su vida mes a mes. Una biografía documentada que sería más extensa que la de todos los habitantes de Dicastillo juntos en esos tiempos.
Minutos antes de morir, Bienvenido, volvió a hablar a su madre y esas fueron sus últimas palabras según cuentan. Es la segunda frase que conservo.
-Ahora Dios me preguntará que por qué le quité la corroncha a Antonio y yo le diré que porque él me había quitado primero el gancho.
Pongo Antonio por buscar un nombre que suene bien en la frase. En realidad ignoro cuál era el verdadero nombre de ese compañero de juegos. En mi casa se decía Fulanito. Es lo mismo, seguramente el tal Fulanito también andará criando malvas.
La corroncha era el aro con el que jugaban los niños en los pueblos. Hay una escena de una película de Montxo Armendáriz, Tasio, en la que aparecen dos chicos haciendo rodar los aros. Así me lo imagino también a él. Corriendo con algún amigo, compartiendo corroncha, velocidad y caídas. Discutiendo porque me tocaba ya a mí, pues te quedas sin gancho, pues tú ahora sin corroncha.
Quizás a Bienvenido no le dio tiempo de reconciliarse con su compañero. Sin duda lo habría hecho y pronto habrían vuelto a derrapar por las empinadas cuestas del pueblucho. Pero no tuvo tiempo. Y ese es el gran pecado que le pesaba justo antes de morir. Confío en que alguien le dijese que aquello no importaba, confío en que se tumbaran a su lado y lo tranquilizasen, que le cogieran la mano mientras le susurraban que todo iba a irle bien. Que le mintieran diciéndole que allí donde marchaba todo sería mejor. Que esa sórdida religión del pecado y el miedo al final sirviese para algo.
Me pregunto si al niño al que bautizaron aquel día le contaron años después que durante su bautizo murió un chaval del pueblo. Me pregunto si los implicados llegarían a sentirse mínimamente responsables, desde luego no se pasaron a ver a Bienvenido, ni se interesaron por su estado. Me pregunto si al menos lo incluyeron en el relato de su historia familiar.
Me pregunto con qué cara mirarían los padres de Bienvenido, mis bisabuelos, a estos ricos del pueblo con los que se cruzarían a diario, si les guardarían algún rencor, si les dirían algo. No me ha llegado noticia alguna al respecto. Como digo, entonces las tragedias se encajaban de otra forma. Las tragedias de los pobres, por supuesto.
Quedan dos frases de él, dos frases que, si te fijas, casi parecen falsas de tan perfectas. No desentonarían en una narración, casi hasta resultan demasiado equilibradas y potentes. Y aun así son reales. Toda la vida de un niño, toda la realidad de su corta existencia, concentrada en esas dos frases finales, como una de esas epifanías sublimes que tan bien manejaba Joyce.
Se llamaba Bienvenido.
La vida a veces escribe con una mala leche lúcida y despiadada.

Muy entrañable y real y literaria a su vez la (breve) historia de Bienvenido. Tendríamos que plantarnos en el Juzgado de Paz de Dicastillo para buscar en los libros de registro civil lo que allí pone y así ampliar el magnífico relato.
ResponderSuprimirTodos amamos a Andrea.Pero sólo a Andrea.
Gracias por tu lectura, Zombie. Me alegra que la novela esté provocando tan buenas (y contradictorias) lecturas. Un saludo.
ResponderSuprimirPatricio: Gracias a ti por leer el comentario y decírmelo. Creo que un libro que genera tantas lecturas contradictorias también produce más interés y curiosidad que cualquier otro. Espero que sean muchos los lectores que se acerquen a él para sacar sus propias conclusiones.
ResponderSuprimirMns: Me alegra de que te haya gustado el relato, sobre todo porque no sabía si a alguien ajeno a la historia familiar le podría parecer un texto interesante o minimamente literario. Por otra pare, dudo que en el juzgado de Paz se encontrase nada, ha llovido mucho desde entonces.
Un abrazo: Andrea, sólo Andrea
Buen post (o mega-post), Zombie. Me han gustado los dos textos.
ResponderSuprimirSaludos.
Gracias, Clément. En el próximo post quiero escribir sobre 2 libros de poesía, uno de Eva Vaz y otro de Julieta Valero. No sé si te sonarán ;)
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