jueves, 26 de mayo de 2011

Los libros que me marcaron I

El desierto de los Tártaros
de Dino Buzzati

Estoy de parón lector. Ya llevo ¿cuánto; un par de semanas? No sé, la cosa es que se me acumulan los libros en la mesilla y me agobia verlos esperándome ahí tan desvalidos mientras se llenan de  polvo.
Así que mientras encuentro tiempo y ganas para retomar mis lecturas he decidido hablaros de libros que me han marcado. Creo que no está mal, de vez en cuando, mirar atrás y compartir tus fuentes, las lecturas que te metieron el gusanillo de la literatura.

Una de estas lecturas es El Desierto de los Tártaros, de Dino Buzzati. Me acordé de él ayer, cuando colgué el poema Volcán Islandés, que también habla de esperas infructuosas.

Cuando pienso en El desierto de los Tártaros lo primero que acude a mi cabeza es el lento goteo del deshielo, el sonido del agua corriendo por los canalones, la nieve creciendo y decreciendo con su ritmo pausado y casi eterno en los glacis del olvidado castillo. Creo que es una de las obras en las que mejor se ve la estrecha relación que puede llegar a establecerse entre personaje y espacio.
En esta magnífica novela el protagonista, Giovanni Drogo, y su escenario, La Fortaleza con su  horizonte infinito, están tan estrechamente conectados que el lector no puede rememorar el uno sin el otro. En mi caso, como digo, llega primero el mundo que Buzzati creó con tanta viveza y precisión, y luego aparece el personaje, caminando arriba y abajo, demarcando este espacio con el paso estéril de sus botas lustrosas.



Ese continuo goteo del agua simboliza una vez más al goteo del tiempo, destilado minuto a minuto, hora tras hora, día tras día en una cíclica sucesión de estaciones siempre tan parecidas, casi idénticas. Ese tiempo aparentemente detenido, ese agua que se escurre por las murallas de piedra, no es sino la vida del soldado Drogo que se escapa lenta pero inexorablemente. Uno siente ganas de gritarle que reaccione, que abandone su indolencia, que salga a buscar su camino fuera, que no caiga en el letargo del castillo, que no se deje engañar por el espejismo del desierto que se extiende ante sus ojos. Porque esa espera, esa promesa apenas pronunciada por el viento, es un veneno que entra, gota a gota, en la sangre de todos los novatos que llegan al viejo baluarte y en algunos casos acaba contaminándola para siempre.
Pero al mismo tiempo, comprendemos tan bien lo que impide a Giovanni abandonar La Fortaleza. Todos hemos sido como él, porque el teniente Drogo es un personaje sin unos rasgos demasiado sobresalientes, un muchacho corriente, con el que resulta fácil identificarse, y también hemos creído sentir, siendo jóvenes, que el destino nos reservaba un guiño único, un futuro glorioso, y que sólo era cuestión de tener paciencia para que el regalo llegara, teníamos toda la vida por delante.
Pero, cuanto más tiempo aguarda uno, más le cuesta abandonar la espera que conforme crece se vuelve más peligrosamente absurda (como la de los protagonistas de Esperando a Godot).Uno se dice, igual que hace Giovanni: “No puedo abandonar ahora, después de haber esperado tanto, sería como quitarle todo el sentido al largo tiempo invertido, además ¿qué pasa si los Tártaros aparecen justo al doblar yo la esquina?.”

Sobre esta trampa hemos sido advertidos a lo largo de toda la historia, es un tema tan viejo como el hombre. Séneca dijo en su momento: “La mayor rémora de la vida es la espera del mañana y la pérdida del día de hoy” y  hasta John Lennon decía que algunos están dispuestos a cualquier cosa con tal de no vivir aquí y ahora.
Se ha reflexionado innumerables veces sobre este argumento, sin embargo, pocos lo han reflejado tan magistralmente como Buzzati.
Reza el refranero popular que nunca escarmentamos en piel ajena, pero esta novela está cerca de conseguirlo –siempre hay que poner un poco de nuestra parte– pues nos sacude con todo el peso y la pena de una vida malograda, desperdiciada en vano: nadie ha esperado jamás tanto como el teniente Giovanni Drogo.

En su espera lo va perdiendo todo, va quedando más solo y más aislado, tan fuera del mundo como el anacrónico bastión y sus estrictas, ridículas, normas militares.
Es inmejorable el pasaje donde regresa a su hogar tras los primeros dos años en La Fortaleza, cuando aún parece que hay esperanza para retomar la vida. La sensación de pérdida, de desarraigo, de lo propio tornado en algo ajeno, está construida con una brillantez y sensibilidad irrepetibles. Porque Dino Buzzati no es sólo un observador sobresaliente de lo cotidiano, de las pequeñas cosas y gestos, es que sabe relacionar y utilizar como nadie estos detalles para crear sensaciones que nos atraviesan y nos cambian.
Las sutiles mudanzas que estos hechos triviales ejercen en la conciencia y en la conducta del protagonista recuerdan a la profundidad psicológica del mejor y más melancólico Chéjov. La escena en la que Giovanni se reencuentra con su antigua novia en el jardín de su casa es una muestra inmejorable de estos vaivenes del alma que ocurren en silencio y sin aspavientos: parece que no ha ocurrido nada y, sin embargo, se marca un momento de inflexión, de no retorno, definitivo.

Pero Buzzati es magnánimo y no quiere abandonar completamente a Giovanni y le da la ocasión de redimirse ante su muerte de, por una vez en su desastrosa vida, tomar la iniciativa y encararse con coraje al enemigo. Como dijo en una ocasión  Oscar Wilde : “A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto, toda nuestra vida se concentra en un solo instante.”
Giovanni recupera las riendas de su vida en su último instante pero ni siquiera este valioso acto es capaz de despojarnos de la enorme tristeza que se ha ido filtrando en nuestro corazón: el tiempo que se ha perdido es irrecuperable.





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