domingo, 1 de mayo de 2011

Léxico Familiar


Dicastillense antiguo, de Andrea Zach
Léxico familiar, de Natalia Ginzburg
El mentiroso, de Tobias Wolf

Hace mucho tiempo tuve un novio que decía que no me entendía cuando le hablaba en  dicastillense antiguo. Me ponía del hígado que anduviera apuntando en una libretita esas palabras y expresiones heredadas directamente de mi abuela materna, en primer lugar porque yo NO hablaba como mi abuela ni como los de su pueblo. Para nada, yo hablaba bien, me defendía, como los presentadores del telediario.

Es verdad, yo ya no hablo como mi abuela, o cada vez menos. Nadie habla ya como lo hacía  ella. Y siento que debería haber apuntado en un cuaderno todas y cada una de esas palabras únicas, todos esos dichos que ya no volveré a escuchar nunca y que se me van olvidando poco a poco.

Pero ¿por qué? ¿importa algo que todo esto se pierda?
Bueno, en realidad, me importa únicamente a mí, igual que sólo a mí me concierne que se me vayan borrando tantas imágenes de mi pasado. ¿Qué queda de nuestra identidad sin memoria y lenguaje?

Dudo que yo vuelva a oír a alguien quejarse de que le duelen los juaderos (cuando lo escribo sale un gusanillo rojo bajo esta palabra que el imbécil de Word no reconoce, la agrego al diccionario, la salvo como  al cachorro de algún bicho en peligro de extinción), o dudo que  alguien entienda lo que le estoy llamando si le tacho de siniquiscocio, ni mucho menos de fufú..

También han caído en desuso algunos dichos que se manejaban en mi casa con total normalidad e inconsciencia y que hoy en día estarían muy mal vistos por las personas modernas y globalizadas, como el de: “Pesa más que un judío muerto” o “Bendita de la aceitera que da pa dentro y pa fuera”.
Tampoco he escuchado a nadie desde hace años  usar ese refrán tan apropiado con el que mi abuela se hacía cargo de las cosas; “Anda, quitad –nos ordenaba -que más caga un buey que cien golondrinas”, ni ese otro que dirigía frecuentemente a mi padre: “El que calla jode al que habla”.

En nuestra casa, cuando el epicentro era la figura redonda, enérgica y menuda de mi abuela, se hablaba de una forma única que ya no volverá a repetirse. Teníamos un lenguaje constituido de localismos, malentendidos, sobreentendidos y expresiones nacidas de nuestra experiencia familiar que nadie de fuera podía comprender en su totalidad.
Supongo que como ocurre en todas las familias del mundo por otra parte.

A todos nos constituye el lenguaje y nosotros, con nuestra propia vida, lo alimentamos a él. El lenguaje familiar está repleto de códigos secretos, de complicidades que nos unen, nos identifican y distinguen, y a veces nos separan protegen un poco más de los otros.
Y este lenguaje está vivo y cambia con cada uno. Algunas expresiones se mantienen, otras mutan y otras ingresan definitivamente en el silencio. Hay algunas que incluso se expanden y colonizan nuevos y más amplios territorios .

Ahora que yo tengo mi propia familia compruebo que vamos construyendo nuestro particular e irrepetible léxico, con partes heredadas de la familia de mi marido, con partes heredadas de mi familia, y con partes nuevas que surgen en el día a día de nuestra pequeña convivencia. Cosemos con las palabras unos trajes únicos (¿como los de los súper héroes?) que nos diferenciarían del resto del mundo de un solo vistazo. Me bastaría bordar en mi capa de papel “muñeco cagabandurrias”, por ejemplo, para que los míos me localizasen entre millones de hablantes.

Y todo esto me ha hecho recordar a un par de autores; a Natalia Ginzburg, una escritora que me encanta, una de las más grandes, que profundiza en este mismo tema en su magnífica novela Léxico familiar, y a Tobias Wolf y su genial relato El mentiroso, (uno de mis relatos favoritos de todos los tiempos) donde el protagonista establece un vínculo muy peculiar con su padre a través precisamente del lenguaje, de los juegos de palabras concretamente, que constituyen el único puente para comunicar un afecto que no encuentra otras vías de expresión. ¡Qué bueno es este cuento, dios!

No era mi intención hablar de estos escritores, todo ha venido porque hoy me he acordado de un par de esos palabros típicos de mi abuela, pero ya que se han colado por aquí aprovecho para recomendároslos vivamente.

“Esta noche me he despertado vueltica en agua.”

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