viernes, 13 de mayo de 2011

Las Cenizas de la Abuela

El domingo pasado mi familia y yo protagonizamos lo que perfectamente podría  haber sido una película de Berlanga titulada Las cenizas de la abuela. Mi hermana, deseosa de darle un toque más cool, insistía  en comparar nuestro accidentado periplo con Pequeña Miss Sunshine (a mí también me vino a la cabeza Mientras agonizo de Faulkner), pero no nos engañemos, el contexto y los personajes no daban para una producción internacional.

El pueblo de mi abuela, donde sacudimos arrojamos las cenizas, es un claro ejemplo de cómo opera la teoría de la relatividad: se trata de un lugar que está a media hora de nuestra ciudad, y al mismo tiempo, a 200 años luz de todos nosotros (vale, no exageremos, tan solo a unos 60 años terrestres). Yo nunca había estado antes.

No hubo ceremonias, ni actos conmemorativos, ni corona de flores o sentido epicedio.

-Normal, teniendo en cuenta que  sólo habíais tenido cuatro años para prepararos…

-Bueno. Sí que hicimos algo. Lo que más le habría divertido a ella. Tras vaciar la bolsa de plástico con las cenizas en un ribazo (cosa que se asemeja terriblemente a vaciar los ceniceros de un coche) le cantamos la canción de Arellano. Y nos partimos el culo, eso también es cierto.

 La canción de Arellano es una canción que inventaron los de dicho pueblo hace tres mil años (y aquí no exagero) para presentar a ¡todos! los habitantes del pueblo por su nombre o su mote y que toma su música de una zarzuela española que no sé cómo se llama, pero el tono es así:

Lala larala larala,
laralala, lalala, lalala,
lalalala lalala lalalaaaa…

-Ah, ya caigo. Es muy famosa.

Voy a escribir aquí la letra de la canción, para que perdure por los siglos de los siglos amén, pues es un documento histórico que se habría perdido si mi hermana mayor no la hubiera copiado en el menú de mi boda hace ya ocho años, cuando mi abuela nos la cantó con su habitual alegría y falsete (la cantaba en todas las celebraciones familiares). Yo nunca he conseguido aprendérmela del todo, pero mi abuela, que al final no sabía ni en qué día vivía, nunca se olvidó de una sola palabra.

CANTAR DE ARELLANO

Julio Mendoza y del Monte
Timoteo, Lucrecio y Macaya
el Marciano y el Pablo Maroto,
Juan Sotero, Alegría y el Goyo Lacarra.
Y si esto no suena bien
le pondremos a Marcial Conejo
y pondremos también a Lacabe
que es de justicia.
Valle, Valle, Valle,
Domingo Cabra
De Media Tarja y olé
Cagacazos y el Sacristán.
La Troncha del señor Basiliso
la Lidia de Federico,
por ella y los demás,
¡y se acabó!

Creo que nunca conseguiré acordarme de todos los nombres pero lo que no se me va a olvidar jamás es la imagen de mi abuela cantándola y meándose de risa.

El Momentico

1 comentarios:

  1. Vaya estilazo tiene la chica!La elegancia personificada!

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