sábado, 23 de abril de 2011

Thomas Pynchon, un escritor sin orificios, de Rubén Martín G.


Martín G. se sintió un poco tonto al leer a Pynchon (¡Martín G. al que su madre debía dormir leyéndole pasajes de Faulkner y del Ulises! (los festivos)) entonces, en vez de aprovechar el ímpetu de su frustración para tirar los libros del norteamericano a tomar viento con una fuerza que los elevaría por los tejados barceloneses,  cogió su mala leche (también en el sentido argentino) y decidió vengarse escribiendo un ingenioso libro sobre  Pynchon que hiciese sentirse tontos a otros lectores. Sobre todo si eres tan panoli como yo y te lees el libro de Martín G. sin haber leído a Pynchon previamente.

-¿Cómo se te ocurre leer un libro que va sobre un autor que no conoces?
-Pues por eso precisamente. Además, también Tao Lin ha escrito un libro que se titula Richard Yates y que luego resulta que no va sobre el escritor Richard Yates, con lo que me gusta a mí Richard Yates… Así que pensé que a lo mejor el de Pynchon iba sobre marujas aficionadas a la necrofilia, por ejemplo.

Pero no; este libro es algo así como el club del consuelo y desahogo de los lectores pynchonianos, pynchonienses, pynchotarras?

-Pynchoetarras?
-Ehhh…, podría ser, el autor de las cartas que componen la obra tiene un toque de terrorista anárquico, de aquellos del XIX.

El lema de ese club podría ser (en latín o en francés): “Quien bien te quiere te hará llorar” o “Del amor al odio hay solo un paso”.

-¡Cuenta lo del Concentrator 2000!
-Vale, ya voy. Pero antes una anécdota.

El libro es pequeño y suave, tan pequeño que ir a comprarlo a la librería más grande de la ciudad fue mi primer error. El ordenador sentenciaba que el librito estaba allí pero nadie era capaz de encontrarlo en aquella selva de varias plantas. Comenzó la búsqueda una confiada empleada que, tras dar unas cuantas vueltas infructuosas, llamó a otra empleada más veterana, y ésta última llamó después a otra y luego a otra y a otra, y yo presenciaba este encadenamiento de empleadas que revoloteaban arriba y abajo mientras tatareaba, sin poder evitarlo, la canción aquella del elefante que se balanceaba en una tela de araña y se iba a llamar a otro elefante.
Al final, había seis elefantas buscando el librito de Martín G. y una cola de unos diez clientes aguardando a que alguien les atendiese con ojos asesinos fijos en mi persona.

¿Por qué les costó tanto encontrar a Martín G.? Lo averigüé al leer el libro. Thomas Pynchon, un escritor sin orificios es una obra distinta, original,  difícil de catalogar. Es una crítica ficticia, según se autodenomina ella misma, pues eso es lo que se merece un autor que escribe para lectores ficticios.

“Pynchon ha escrito para lectores ficticios y merece una crítica ficticia, repetimos, y una ficción de lectura aún más salvaje. Por suerte, a cada segundo, son menos los que han leído a Pynchon y más los que fingen haberlo leído.”

-Deberías haber fingido que habías leído a Pynchon.
-Es que en realidad  he leído a Pynchon, pero se me hizo tan obvio que lo olvidé todo de inmediato, me dejó completamente fría, así que  metí sus libros en una caja de madera y los mandé al Polo Norte.
-En plan Coyote.
-Sí.
-¿Puedes contar ya lo del Concentrator 2000?
-Bueno, va.

Resulta que hace mucho tiempo, un sabio librero me regaló un curioso artefacto que él mismo había diseñado y al que dio el nombre de Concentrator 2000 (a ver; eran los años 80). El artilugio sirve para lectores con déficit de atención.

-¡Ja, qué eufemismo!.
-Vale: para lectores cortos o semi cortos.
-Como tú.

El aparato se acopla a la parte trasera de un asiento, (una silla preferiblemente) y se conecta a la cabeza del sujeto (lector) por medio de unos electrodos que registran el nivel de concentración en la tarea (lectura) que realiza el cerebro. Si el sujeto lector se desconcentra, es decir, si empieza a recitar frases hueras como un párvulo que decodifica la cartilla, el Concentrator 2000 se activa y le arrea una patada en el culo que le saca inmediatamente de su letargo y le obliga a leer como dios manda, poniendo los cinco sentidos en cada vocablo.

Pues bien, yo me jactaba de no haber necesitado nunca la ayuda del Concentrator 2000. Hasta ahora.
Hasta Thomas Pynchon, un escritor sin orificios.
Hasta toparme con el señor Rubén Martín G y su minúsculo librito de Lutecio que tampoco tiene que digamos demasiados orificios por los que hacer palanca.

-Pero bueno, ¿ha merecido la pena después de todo?
-Sí, creo que sí.

Como digo, el libro no tiene demasiados orificios, pero haberlos, haylos. Y por esos orificios pequeñitos, como la ironía, su original concepción, las curiosas ilustraciones que la acompañan, el ingenio, las notas a pie de página, el reírse incluso de sí mismo (y del dentudo de Pynchon), la obra respira y nos da un respiro a los lectores incluso más negados y menos aptos para leer esta obra.

Así que supongo que los que habéis leído a Pynchon os correréis de gusto.

-Deduzco entonces que tú también acabarás leyendo a Thomas Pynchon.
-Ni de coña!

Pida el Concentrator 2000 con el libro de Martín G.









2 comentarios:

  1. MAldita sea, acabo de leer esta entrada ahora, dos meses después de escrita. La verdad es que hace mucha ilusión ver que el librito ha tenido la oportunidad de ser leído justo como a mí me gustaba imaginar que no podría ser leído, pero que debía leerse.
    Gracias, de verdad.

    Rubén

    *mi Concentrator 2000 está que arde

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  2. Bueno, más vale tarde que nunca, y muchas gracias a ti por el comentario.
    Te diré que desde tu libro no he tenido necesidad de usar el Concentrator, lo guardaré en la alcantarilla hasta tu próxima publicación, a no ser que te animes a sacar uno plegable de regalo con cada ejemplar :)

    Saludos
    Andrea Z.

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