viernes, 29 de abril de 2011

Almas Grises, Philippe Claudel

 Un anónimo en facebook formspring me pregunta si soy capaz de escribir una crítica en plan "serio", yo le contesto toda chula que sí, él/ella me reta a hacerlo. Así que lo hago, todo sea por callarle la boca a un desconocido que seguramente ni llegará a leerse el siguiente post. Di  también que acepto el desafío porque no me cuesta una mierda, esta crítica la tenía guardada de un curso que realicé hace tiempo (¡anda, no, si te parece me pongo a escribir un truño de siete páginas a estas horas!)

Pero, antes de nada, lo primero  para afrontar una crítica "profesional" como dios manda, es encabezarla con una foto del autor con la manita así, en plan  escritor super campechano pero listo.



Almas Grises
Philippe Claudel
Narrativa Salamandra, 2005

Philippe Claudel (Nancy, 1962) profesor, cineasta, pintor y escritor, recibió el premio Renaudot por esta su quinta novela, que también fue elegida como “Libro del Año” por los libreros franceses y la revista Lire. Almas Grises forma parte de la trilogía compuesta por La nieta del señor Linh y El informe Brodeck y ha sido comparada por algunos críticos con las novelas más oscuras de Simenon y el húngaro Sándor Márai.

            El pueblo francés donde transcurre la historia está situado a muy pocos kilómetros del frente y sólo una colina permite a sus habitantes protegerse del horizonte en llamas de la I Guerra Mundial.
Pero la  empinada loma no es suficiente para aislarlos del ruido de los bombardeos, del viento que trae el olor de la muerte o de las riadas de soldados destrozados que llegan a la clínica y, mucho menos, para salvarlos de su propia condición humana, tan terrible y dañina que es capaz de asesinar al ser más inocente que vive entre ellos: la pequeña Belle de Jour.
            Es este asesinato el que sirve de excusa a Philippe Claudel para contar una historia vencida por la fatalidad y que va mucho más allá del simple desarrollo de una novela policíaca al uso. Como ya preconiza el narrador que cuenta la historia veinte años después, él va a reconstruir los hechos para aliviar sus remordimientos, “aunque nada cambie nada de nada”.
En esta mirada atormentada que va y viene ágilmente del presente al  pasado y que va tornándose cada vez más amarga, el narrador se detiene a describir con un lenguaje expresivo, casi cinematográfico, una serie de interesantes personajes y subtramas, aunque, efectivamente, no llegue a una conclusión definitiva, ni a la hora de esclarecer el crimen, ni a la de hallar un antídoto contra ese terrible mal que afecta tanto a los individuos  como a su sociedad.
La única certeza en este plúmbeo paisaje, tanto externo como interno, la arroja el algo shakesperiano personaje de la mendiga borracha: “Las cosas no son ni blancas ni negras, lo que reina es el gris. Los hombres, sus almas…, pasa lo mismo”, dice, y añade: “En el fondo la vida no es más que la búsqueda de migajas de oro”.
El Amor se señala reiteradamente como una de estas  posibles tablas de salvación, pero también se trata de una esperanza fallida; las esposas mueren, los novios perecen en la guerra, los niños inocentes son asesinados …, y los amantes todavía quedan más rotos y desamparados.

El autor teje con sutileza y un amplio despliegue de recursos –desde el flashback a  las cartas personales–, la trama de esta novela que avanza y retrocede constantemente, abriendo nuevas incógnitas, profundizando todo el tiempo en el tema central de la historia, salpicándola de ideas brillantes y presentando un abanico de personajes retratados en general con originalidad y detallismo aunque, en ocasiones, también hallamos almas bien lejanas del gris imperante; completamente negras como la del juez Mierck o de un blanco purísimo como la de Lysia y que, en contraste,  resultan demasiado monocromas y simples.
Hasta el vívido paisaje y su climatología parecen constituirse en un personaje más, muy al estilo de Cumbres Borrascosas con sus laberínticos páramos. Y no es la única coincidencia, también aquí el amor, al igual que esa pasión irracional entre Catherine y Heathcliff, se muestra como una fuerza, una verdad, que no necesita mayor justificación y el narrador nunca trata de explicar la naturaleza del mismo, algo con lo que tal vez los lectores actuales no comulguen tan fácilmente.

Philippe Claudel ha sabido ordenar y narrar con maestría todos estos ingredientes que componen la novela, sin embargo, opino que se ha excedido en la dosificación del drama. A partir del suicidio de la joven maestra la historia se precipita en una sucesión de tragedias sin pausa que no dejan al lector un momento de respiro, y por ello precisamente, corre el riesgo de conseguir el efecto contrario: una saturación emocional que los periodistas hoy en día denominan con mucho acierto, “síndrome de la piedad cansada”.
Además, la manera de lograr este dramatismo final está algo traída por los pelos y adolece de uno de los principales fallos que suelen malograr muchas novelas de género policiaco; el arriesgarlo todo en un inesperado último giro que deje al lector con la boca abierta pero que no se sostiene lo suficiente con los datos que se han ido aportando. Y Claudel, en este sentido, se saca un par de sospechosos conejos de la chistera sobre los que no quiero extenderme para no desvelar el misterio del desenlace pero que no son en absoluto necesarios ni para cerrar la historia, ni para la reafirmación del tema, y que no consiguen sino restar veracidad al protagonista y a su relato.
Una pena porque conforman un grisáceo nubarrón en el cielo radiante de una novela casi perfecta.

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