Ayer, por primera vez en mi vida y en mi muerte, oí a alguien afirmar que sufría “el síndrome del impostor”.
Inmediatamente corrí a buscarlo en Google:
El “síndrome del impostor”, término acuñado en los años setenta, se refiere al temor de no ser tan capaz o inteligente como creen los demás. Este tipo de personas le atribuyen su éxito a factores externos como la buena suerte, o a factores como la personalidad en vez del talento. Según ciertos estudios psicológicos, dos de cada cinco personas se consideran a sí mismas impostoras.
Joder, ¡así que hasta existe un término en psicología para definir esta sensación que con tanta frecuencia me putea! ¡Y desde hace cuarenta años!
Creo que ya hablé sobre ello en algún post, a ver, momento, lo busco…. sí, aquí, en el de Mis circunstancias, de Lewis Trondheim. Decía:
“Ahí [Trondheim] ya se ganó mi pétreo corazón. Llevo toda la vida arrastrando esa sensación, sintiéndome como una impostora en todos los trabajos que hago: por mucho que me esfuerce y me prepare para hacerlos bien siempre hay una vocecilla cabrona que me grita de pronto: ¡Impostora! ¡Eres un fraude! . Soy mi mejor troll saboteador.”
Ahora descubro que ni siquiera es un sentimiento (¡patología!) original que atormente a unos pocos elegidos (gruñones e inseguros, pero al fin y al cabo, unos pocos escogidos), no, señores: ¡Dos de cada cinco personas la padecen, por dios bendito! ¡Se cuenta entre las más vulgares hemorroides del alma humana!
Es decir, que tú metes cinco zombies en un golf gti y, según esto, tres de ellos deberían pegarse el viaje dando la lata sobre el tema, lamentándose de no llegar nunca a experimentar la satisfacción del trabajo bien hecho, de sentir que no son merecedores de sus logros porque, como decía Bernhard a todas horas, ¡no son más que unos malditos diletantes!
Sin embargo yo NUNCA me he encontrado con alguien que compartiera conmigo (al menos verbalmente) este sentimiento. ¡Manda huevos que me haya pegado la vida subiéndome al coche con los otros dos tipos segurolas de la estadística!
Por eso me impresionó tanto la confesión de Trondheim, porque era la primera vez que alguien retrataba lo que yo sentía con esa precisión. Por eso me sentí, como señalaba, tan identificada con él. ¡Santa ingenuidad!
Fsssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss (moral deshinchándose).
Qué mal rollo.
-Pero, chica, ¿no es mejor ver que lo tuyo no es tan raro? ¿no te sientes así más arropada, más humana?
-Es lo malo, que me siento excesivamente humana. Ya sabes: “Mal de muchos, consuelo de tontos”. ¿Quién decía aquello de que todos somos iguales en la felicidad pero que la desgracia tiene su propia fisonomía (o algo parecido)? ¿Tolstoi? Pues va a ser que ni eso, amigo.
Yo, cuando me asaltaban estas inseguridades, me reconfortaba pensando que eran los gajes de un alma tan compleja y atormentada como la mía. No seré feliz, no tendré talento, pero joder, ¡qué espíritu tan irrepetible y único en su especie!
Pero es justamente lo contrario; soy más simple y común que el mecanismo de un chupete.
Bueno, todavía me queda una cosa que sólo me pasa a mí. Al menos hasta el día de hoy no he encontrado a nadie que le ocurra lo mismo.
-A ver, ¿qué tontería es esa?
-Me emborracho de sueño.
-¿Mande?
Sí, cuando duermo más de lo acostumbrado me emborracho, mi cerebro zombie es tan limitado que se cansa de inventar absurdeces (supongo que es como una sobredosis para él) y entonces genera siempre el mismo sueño donde ando como beoda; no logro abrir los ojos, y si los entreabro, no consigo enfocar la vista, todo está borroso, en blanco, me mareo, me tambaleo…es un agobio (físico, real) de la ostia, tanto, que ya no puedo más y la única opción es despertarme.
-Para sentirse orgulloso, efectivamente.
Joder, voy a buscar en Google si ya existe el síndrome de “la borrachera onírica” o similar. O a ver si al menos es una patología que sólo afecta a dos de cada cinco millones (a mí y a alguien como Barney, supongo).

Ojalá todos los seres humanos tuvieran el síndrome del impostor. La tierra sería un lugar mucho más agradable. Escribes bien.
ResponderSuprimirUn saludo.
Gracias, Clément. Pero no creas, yo pagaría por no tenerlo, la insatisfacción perpetua es muy cansa!
ResponderSuprimirSaludos