miércoles, 23 de febrero de 2011

Postales secretas


Hace un par de años, no recuerdo cómo, di con  esta página: The secret postcards.
Hoy me he acordado de ella y he ido a ver si seguía funcionando. Sí, todavía está ahí. Es lógico, se nutre únicamente de  secretos, sin conservantes ni colorantes, sólo secretos escritos en una postal de creación propia,  y este es un combustible inagotable. Porque ¿cuántos secretos acumulamos cada uno de nosotros a lo largo de un día, de una semana, de un año, de una vida? No hablo sólo de los grandes secretos, tipo:



hablo también de pequeñas intimidades cotidianas con las que se van cargando nuestros bolsillos, cosas nimias e inconfesables (o al menos que no nos apetece reconocer ante nuestros allegados), estilo:



Uno a veces desearía desparramar por el suelo todos estos secretos que son como una bolsa llena de canicas; para ver el ruido que hacen contra el parqué, para ver el cuadro en movimiento que componen,  para ver cómo ruedan y se pierden bajo el sofá, para ver si alguien se resbala con ellas y se parte la crisma.


Como digo, la fuente es infinita. Somos secretos con patas. Estamos hechos de un 90% de agua y un 10% de pensamientos, fantasías, gestos que ocultamos a los demás y que morirán seguramente con nosotros.
Pero la Red, paraíso del anonimato, nos permite expulsarlos, compartirlos, reflexionar en alto sobre ellos,  reírnos e incluso alardear de ellos sin tapujos y total inmunidad.



Está página es el muro anónimo donde desahogar nuestros grafitis prohibidos. Y allí quedan grabados para siempre. Todo muy bien, muy sugerente, muy atractivo, muy liberador, tope cool.

Sin embargo, hay algo extraño flotando en el aire, algo inconcreto, uno de esos ruidos  nocturnos  que no sabes de dónde viene ni a qué se debe, que incluso podría estar dentro de ti y que si te concentras mucho hasta puede desaparecer por un instante.
No sé, es una sensación como de pérdida, como si esas canicas no fueran sólo objetos prescindibles, como si en realidad se tratase de rodamientos de nuestra maquinaria íntima, una maquinaria que debe funcionar a oscuras, que debe protegerse de elementos externos.
En fin, no me siento capaz de explicarlo mejor. Lo que sí tengo claro es que no dejaría mis postales perdurando en ese ilimitado tablón de anuncios.




0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada