miércoles, 16 de febrero de 2011

HERVIR UN OSO, de Jonathan Millán y Miguel Noguera


 I

Ayer martes antes de entrar a currar me pasé por una nueva tienda que han abierto de libros, cómics y titadas varias de esas que cualquier urraca como yo desearía llevar a su nido por el simple deseo de poseer y contemplar (libretitas, chapas, postales, bigotes falsos, etc.) Mi  intención era la de sacarme  la espina que me había quedado clavada tras la decepcionante lectura del cómic de Shigeru Mizuki comprándome algo de veras interesante. Así que me tiré un buen rato curioseando por las estanterías hasta que una portada me llamó la atención. Hojeé el libro, me gustó y me arriesgué a pagar los 16 euracos del ala. Hoy, que tenía la mañana libre, me lo he leído con tranquilidad y fe.
Una MARAVILLA. ¿¡Cómo no me lo había recomendado nadie antes!? ¿¡Cómo no había leído nada sobre él!? ¿Cómo no es un libro de culto YA? ¿Lo es? No me extrañaría que lo fuese y no me hubiera enterado, porque también es cierto que no estoy muy al día aquí en mi  solitaria cloaca.
El libro lo forman cincuenta piezas magistrales; limpias y claras  en su planteamiento, en su dibujo y diseño, pero cargaditas de intención, ironía, crítica, perspicacia y  singular belleza.
Me ha recordado al cómic Inefables, de Lewis Trondheim, en lo que respecta a la idea de construir historias aparentemente simples pero afiladas desde lo más pequeño y cotidiano, aunque  su estética es  bastante distinta; mucho más rica e innovadora en Hervir un oso.
Y además hasta aparecen un par de zombies por ahí, ¿qué más podría pedir yo? Os dejo un ejemplo:


Pero los mejores inefables de este libro, en mi opinión, son los del Gato Rausán, El Exorcista (con un diseño ingeniosísimo), “Cuéntame cómo pasó” a la velocidad de la luz (con el que me partí el culo), Lógica de pesadilla, Pre-créditos, Recipiente Límite (pura poesía visual),  Aplaudir al monstruo de Amstetten (turbadoramente clarividente), Coincidencia altamente improbable en El Árbol de los Muertos, y todos los pequeños e igualmente lacerantes  gags, chistes, escenas o como quiera uno llamarlos, de las páginas amarillas que se intercalan de vez en cuando entre estas historias.
Pocas veces se produce una comunión tan perfecta y equilibrada entre guión, dibujo y diseño. Es para disfrutarlo de cabo a rabo y vuelta a empezar.
Hacedme caso, en serio: no dejéis de probar el caldo disparatado y genial que suelta este oso hervido porque tiene muchísima sustancia y mejor sabor.



II

La siguiente historia (basada on amazing real facts) estaba olvidada en el fondo de un archivo virtual esperando un formato adecuado para darle cauce. Ahora sé que le iría  muy bien el diseño, la estética  de Hervir un oso. El problema, evidentemente, es que yo no sé dibujar. Así que, en honor a Millán y Noguera, inauguro el cómic telequinésico ©, donde las ilustraciones son una proyección ectoplásmica de mi mente que la avanzada psique del lector deberá captar, descifrar y volver a componer en su cabeza. He dividido el texto en fragmentos–viñetas numeradas, y he subrayado los elementos que aparecen en cada ilustración para que sea más sencilla dicha operación psíquica.
  
                         El escarabajo aullador


  1. Busco en guías de insectos y lo tecleo en Google, hablo a mis amigos, incluso a los vecinos, sobre él. El escarabajo chillaba, lo digo, lo dibujo, lo escribo. Es como si precisara expulsar esta sonora imagen una y otra vez, no sé si para asumirla, traspasársela a alguien o, sin más, entenderla.

  1. Un escarabajo grande, blanco, con estrías negras, horizontales en el tórax y en el  abdomen. Medía por lo menos ocho centímetros (miradlo en una regla, es un montón para un escarabajo) y era grueso, brillante,  y chillaba con un grito agudísimo que quemaba como la picadura de una medusa.

  1. Chillaba porque los gatos jugaban con él a la pelota en el porche de  la entrada. Estaban intrigados también los gatos.

  1. Chillaba porque mi padre lo metió en una cajetilla vacía de Winston en un rescate sin precedentes.

  1. Chillaba porque mi hijo trató de pisarlo una vez lo depositamos en la tierra del huerto. Lo llevamos a rastras hasta el porche (al niño)  y lo dejamos compartiendo frustración asesina con los gatos. Cuando regresamos el animal había desaparecido.

  1. A mí, su chillido estridente, se me clavó en la carne. Me resultó espeluznante. Esa es la palabra; sí: espeluznante. El mundo hasta entonces mudo de los insectos, de pronto se rompía con un chillido largo, como una montaña rusa con vagones  abarrotados de ies.

  1. [Disposición en Mosaico]Los bichos zumban, vibran, algunos como mucho hacen sonar sus alas pero, hasta el momento, permanecían mudos, morían resignados bajo nuestros zapatos, se ahogaban en silencio en las piscinas, eran espachurrados mansamente contra la frontera invisible de una ventana.

  1. No me lo quito de de la cabeza. Hay unas 350.000 especies de coleópteros en el mundo, alrededor de 28.000 en Aragón, allí es donde lo descubrimos. He leído sobre ellos: exoesqueleto, élitros, alas membranosas. No he encontrado al que vimos. El que más se le parece es uno llamado Goliath. Originario de África. Adjunto foto.  La dueña de la casa me dice que a veces los insectos viajan dentro de la madera. Debió llegar así, como un inmigrante involuntario.

  1. En  ninguna parte figura que chillen, pero éste chillaba como un demente. Os lo aseguro.¿Chillaba como una forma de defensa o chillaba porque intuía la muerte? ¿Puede un coleóptero, blanco con rayas irregulares negras en el abdomen y el tórax, gritar ante la muerte? Se me erizan los pelos sólo de recordarlo.

  1. Han pasado ya varias semanas. La imagen, el chillido, se van apaciguando, y me doy cuenta de que tampoco he logrado crear nada a partir de él, al menos nada tan intenso como la impresión primera, cuando le oímos gritar mientras los gatos se lo disputaban en aquel  partido sádico de fútbol y parecía el símbolo inequívoco de algo.   Algo que a mí se me ha escapado igual que hizo el propio bicho.

  1. Supongo que en ocasiones ese aliento extraño que sopla de repente en nuestra nuca  no es puramente magia, (al menos, si no lo sabes interpretar), es más bien como el polvo dorado que queda suspendido unos instantes, atravesado de luz, cuando un coche cruza a toda prisa por un camino, y que luego se posa, volviendo a revelar nada más que la realidad sólida e inmediata.

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Texto: Andrea Zach
Proyección Ectoplásmica de Ilustraciones: Andrea Zach
Captación y Reproducción Imágenes: Cada lector


3 comentarios:

  1. Me ha encantado, sobre todo el final.

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  2. Gracias, Emma, eso es que has captado y reproducido muy bien en tu mente las ilustraciones telequinésicas :)

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  3. Me encanta el gato rausán!!

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