Ingeniosos.
Esta es la palabra que primero se me enciende cuando busco un adjetivo para calificar estos relatos (luego ya iremos con los poemas que también hay intercalados en sus páginas).
Ingeniosos. Sí, todos tienen, cuando menos, algún toque de ingenio, de ocurrencia feliz. (Fijaos en el título mismo, si ir más lejos, qué buenísimo es, de los que no se olvidan)
Ingenioso es un calificativo peligroso, soy consciente. No es negativo pero suena a premio de consolación: “Mire, señora, su hijo quizá no sea muy inteligente, pero tiene mucho ingenio.” Traducción: no ahorre para la universidad que con una FP de soplador de vidrio va que se mata.
Por eso mejor me explico:
Los mejores relatos, y hay unos cuantos que de veras me han gustado, son a mi parecer precisamente aquellos en los que este ingenio se supera a sí mismo y se pone al servicio de la historia, del “malestar” que cuenta. Entre ellos citaría: Aluminosis, Algo resentido de este pie, Del verbo perder, El mueble auxiliar, En el país de los ciegos o El increíble poder de los faquires.
Como digo, en estos relatos, el ingenio está presente a varios niveles: en el argumental, en el enfoque del tema (que suele ser siempre muy de andar por casa; muy al alcance de todos), y en el lenguaje (irónico, inquisitivo, preciso). Esta combinación de ingenios es lo que eleva las historias de divorcios, soledades y vidas desencantadas por encima de la vulgaridad; la que les proporciona su atractiva originalidad y frescura.
En otros cuentos, sin embargo, me ha parecido que el ingenio, la ocurrencia feliz, no llegaba a más: la historia se desarrolla con corrección formal, pero no cuenta nada nuevo.
Por ejemplo: el relato titulado, Tempus Fugit, narra en clave de humor la historia de una mujer que ha estado pensando en suicidarse y cuando llega la muerte: esa señora huesuda, con guadaña y reloj de arena, a encenderle el gas de la cocina, ella se da cuenta de que no está tan segura, de que tiene que pedirle un poco más de tiempo a la vida. Entonces accidentalmente se rompe el reloj de arena y ella se hace inmortal, lo que acaba por no molar demasiado.
A mí, personalmente, en cuanto suena el timbre en un relato y un encapuchado se presenta: “Hola, soy la Muerte, date prisa que estoy en doble fila”, me asalta un desconsuelo tremendo. Digo: "noooo, por favor, otra más noooo". Ya se hizo una vez, (y dos y tres y cuatro, y se harán, se harán más, seguro), tuvo su gracia, fue una ocurrencia divertida (me acuerdo del genial relato de Woody Allen El séptimo sello, por ejemplo, que fue escrito en los años 60 y que cuenta cómo la Muerte es desplumada en toda clase de juegos por el típico granuja neoyorquino al que iba a buscar), pero ya NO sorprende, hasta se ha asimilado culturalmente: ¡Si hasta hay unos dibujos animados en los que la amiga de los niños protagonistas es la misma Muerte! (Billy & Mandy, creo que se llaman).
Bueno, pues de este tipo hay vario relatos ingeniosos a secas, que son, obvio, los que menos me han gustado.
También diría que se me ha hecho un poco abusiva la voz tan definida y uniforme (salvo en un par de cuentos) con que dota a todos sus narradores. No es que no me guste esta voz, el problema es que estando casi todos los relatos contados desde una primera persona resulta chocante que se expresen de la misma forma; con la misma fina ironía y humor negro, con la misma originalidad para los giros idiomáticos, para las imágenes y expresiones. Para eso mejor habría elegido un narrador en tercera, que resultaría más coherente y aceptable.
Para ilustrar esto había pensado seleccionar varios párrafos de distintos cuentos y colocarlos seguidos para que vieseis que podríamos pensar que es el mismo personaje el que está hablando, pero me da pereza, así que si queréis lo hacéis vosotros mismos y a ver si estáis de acuerdo o no.
Los poemas, sí, los poemas. Yo no soy zombie de poemas. Así que tampoco me hagáis mucho caso.
Ingeniosos.
Ni fú ni fa. Están bien, pero no para caerse de culo.
Creo que el que más me ha gustado ha sido el de Urgencia de ser monja. (Me toca tan de cerca…) Sobre todo el final:
"..tremendas ganas de volver al convento
a comer lo que me pongan.
Y todo esto siempre de azul marino
con zapatos de cordones y medias de color carne tupidas
como en una menopausia eterna."
En definitiva; un libro recomendable, con algunos relatos ingeniosos y originales en el mejor sentido de ambos términos.


Necesitamos zombies como tú.
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