LA IMAGINACIÓN NO BASTA
¿Qué supone tener una IDEA?
Una buena idea, quiero decir.
A veces sólo supone que uno ha tenido un momento epifánico de inspiración al tropezar con una silla y machacarse el cráneo contra la ventana mientras veía caer la nieve sobre vivos y muertos, por ejemplo. Puede que no se vuelva a repetir (esperemos que no).
¿Y si tiene un montón de buenas ideas?
Significa que, seguramente, estamos ante una persona creativa, original.
¿Problema? Hay mucha gente con imaginación, con una imaginación desbordante, que es como una puñetera máquina de inventar, vaya, pero por desgracia, hay muy poca gente que posea una infraestructura intelectual (talento, perseverancia, conocimiento, experiencia…) suficiente para conseguir que esa chispa se desarrolle y se convierta en un artefacto interesante.
Eso es lo que le pasa a Shigeru Mizuki en 3, Calle de los misterios. No se puede negar que Mizuki es un autor creativo, de estos a los que les faltan libretas para apuntar todas las ideas que se les ocurren a lo largo del día. Sin embargo, falla estrepitosamente a la hora de llevarlas a cabo. En este libro se le ha ocurrido hablar sobre el tema de la inmortalidad y para ello plantea siete historias distintas, todas de corte fantástico, casi todas con grandes aciertos. Es descorazonador ver cómo ni los magníficos dibujos de Mizuki, ni ese arranque inicial prometedor, ni esa mezcla entre cuento de terror y leyenda tradicional, pueden suplir su falta total de talento narrativo.
-O séase, que le hace falta un guionista con urgencia.
-Exacto. Un buen guionista que le diga cómo evitar ser tan horrorosamente explícito, obvio, y repetitivo, y sobre todo, necesita a alguien que le explique cómo hay que terminar una historia o al menos, cómo NO hacerlo. Porque Mizuki no termina una historia, Mizuki acaba literalmente con ella. ¡Con moraleja y todo de regalo!
-¿Un ejemplo?
-Puedo dar uno, dos, tres y hasta siete, porque lo hace en cada uno de los cuentos. Pero citaré un final para no aburrir, el del primer relato que cuenta el viaje fantástico de un científico a otra dimensión, al mundo que se abre tras la muerte en donde la vida sigue prácticamente idéntica, hasta que un día, de la misma manera misteriosa que llegó allí, regresa otra vez a este mundo. El científico trabajaba buscando la fórmula para la vida eterna y esta es, tras su aventura, su reflexión final:
“La píldora que nos tomamos en el taxi…tal vez contenía algo que nos hace ver lo que normalmente no vemos.” (por dios, todos hemos visto con claridad que era por la píldora)
“Yo no entiendo bien los secretos del universo pero…si aquel extraño mundo en el que hemos estado es realmente la vida después de la muerte, eso quiere decir que la muerte no existe. No tiene sentido seguir buscando la fórmula de la inmortalidad. O sea, hay que disfrutar la vida con calma.” (vale, gracias por la aclaración y la gran conclusión novedosa y revolucionaria)
“Desde la casa del número 3 de la calle de los misterios se pudieron oír, por primera vez, unos profundos ronquidos de tranquilidad” (por si no nos había quedado claro)
Bueno, pues esto ocurre todo el tiempo y uno termina sintiendo que le están tratando como a un imbécil.
¿Y qué tiene que ver Mizuki con Matías Candeira?
Afortunadamente nada. O mucho, según se mire, porque Antes de las jirafas es precisamente el ejemplo contrario: lo que sucede cuando las buenas ideas cuentan con una buena infraestructura literaria para su desarrollo.
(por cierto, única portada de Páginas de Espuma que me ha gustado)
Los cuentos de Candeira también son imaginativos, hay un cruce en ellos entre la ciencia ficción y el mundo del cómic muy interesante, y en cada uno se respira una atmósfera extraña, de estado continuo de excepción fantástico, que crean en el lector un desasosiego muy peculiar. Se ve que el autor se ha metido sus buenas dosis de literatura de género ¡e incluso ha pensado sobre ello! (lo que demuestra además que uno puede ser fan de este tipo de literatura y no tener el seso sorbido).
Pero Antes de las jirafas no es un libro que pueda catalogarse con esta única etiqueta. Lo fantástico, en este caso, es como el disfraz que uno se pone en Carnaval, un disfraz de monstruo que trata de ocultar nuestra identidad, nuestras miserias y frustraciones, pero que, si nos fijamos bien, las revela con mayor evidencia.
Candeira no nos da explicaciones ni respuestas, deja el misterio abierto, con esa deliciosa ambigüedad que permite que el lector reflexione, se interrogue, saque sus propias conclusiones.
-Puf, ya lo estoy viendo, los típicos cuentos raros que son como una puta adivinanza y que si no resuelves te dejan con cara de tonto, ¿no?
-No. Hay un límite que sólo el talento y el mejor olfato literario saben establecer con acierto y que permite que el relato no cruce desde la ambigüedad hacia las tinieblas, a la oscuridad más críptica.
Candeira va dejando astutamente, aquí y allá, con un lenguaje de orfebre, miguitas luminosas cargadas de simbolismo, para que no nos perdamos, para que el camino se ilumine y veamos hacia dónde nos conduce, pero sin abocarnos a una única salida.
Aquí me acordé de la defensa que Pron hace del malentendido en la lectura de un relato algo que los autores suelen temer equivocadamente con toda su alma.
Me juego el brazo sano a que tras la lectura de cada relato de Antes de… se producirán cientos de interpretaciones distintas y esto, lejos de ser un fallo, no habla sino de su gran capacidad alegórica y de sugerencia.
Un libro, en general, imaginativo, ameno, interesante, bien armado y bien escrito, y con algunos cuentos mágicos de los que no se agotan nunca.


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